lunes, 18 de junio de 2018

EL BARCO DE INVASORES, EL PAPANATAS ESPAÑOL Y LA ESTÚPIDA ALEGRÍA DEL ITALIANO


Publicado el 14-06-2018 en El Correo de Madrid




Bonito barco. Limpio, arreglado y según todas las apariencias en excelentes condiciones, es el famoso Aquarius perteneciente a una de esas asociaciones colaboracionistas en la guerra contra los pueblos de Europa, cómplices en esa invasión demográfica que supone la inmigración ilegal. Como salta a la vista, no es ni una patera ni una nave destartalada; sería oportuno preguntarse de dónde sale el dinero necesario para su actividad, que no debe de ser muy poco.

El señor Pedro Sánchez, acogiendo el barco de inmigrantes ilegales Aquarius rechazado en los puertos de Italia y Malta, se ha estrenado con una declaración de intenciones, la primera de lo que será su (esperamos) breve reinado. Ratón en lo alto del queso de un poder fuera de toda proporción con sus méritos y estatura política, comienza ya a provocar daños. Esta primera señal ha sido un mensaje, o más bien una invitación en toda regla, a las mafias de la inmigración ilegal y a todos los que aspiran a entrar ilegalmente en Europa.


Inmigrantes ilegales y no migrantes, como nos quiere imponer el lenguaje-de-mentira políticamente correcto. Las palabras son importantes. Ilegales porque existe una legalidad que regula el derecho a entrar en un país y quien se la salta hace algo ilegal. Por mucho que pueda berrear la propaganda babosa del “ningún ser humano es ilegal” a la cual replicaremos con la consideración evidente de que ilegal no es la persona, sino su presencia donde no le quieren, lo cual le convierte en un invasor. Inmigrantes porque van de un lugar de origen (el suyo) a uno de destino (el nuestro) mientras que la palabra migrantes, cuyo uso nos quieren imponer, contiene en sí la negación de que existan lugares de pertenencia, implica o sugiere la aberrante y suicida idea de que toda la tierra es la casa de todos, de que cualquiera tiene derecho a establecerse donde quiera pasando por encima de la voluntad de quienes viven allí.


El carácter odioso y criminal de esta concepción resulta transparente si la trasponemos al plano personal, a pequeña escala. Es como si personas ajenas a mí, a las que no he invitado y saben perfectamente que no las quiero en mi casa, exigieran el derecho a entrar y establecerse en mi vivienda. Cuando les cierro la puerta e intentan entrar por la ventana, inevitablemente alguno se romperá la crisma. Pero no soy yo el responsable de ello, como no lo soy si llevan un niño a cuestas y también el niño se rompe la crisma. Por motivos humanitarios, si veo que se ha caído y está agonizando bajo mi ventana podré ayudarle o llamar una ambulancia; incluso admitiré que tengo la obligación de hacerlo, pero eso no le dará el derecho a entrar a vivir en mi casa. Menos aún debo aceptar que lenguas de serpiente intenten crear en mí un complejo de culpabilidad por ello y traten de obligarme, con técnicas de burda manipulación emocional, a abrir la puerta de mi vivienda.


Sin embargo, lo que parece evidente a este nivel no se comprende con la misma claridad cuando nos elevamos a esa gran casa común que es la propia nación. Y el motivo es, precisamente, que han destruido en nosotros la idea de Patria, del territorio como nuestra casa, la casa de un pueblo concreto diferente de los demás. Han destruido el sentido de la identidad, de pertenecer a un pueblo y tener una casa común, para sustituirla con la pequeña mentalidad que termina en la puerta dela propia casa.


Lo anterior no significa que debamos rechazar al otro por principio, que debamos echar el cerrojo y no admitir a nadie. Pero sí que tenemos derecho a elegir quiénes entran y quiénes no, exigirles a quienes se establecen entre nosotros respeto y un comportamiento correcto, expulsar a los que no cumplen con ello.


El caso del barco Aquarius y los demás medios utilizados para favorecer la invasión de Europa a través de la inmigración ilegal es significativo, nos muestra hasta qué punto esta guerra contra los europeos goza de la complicidad de los políticos europeos y en general nuestras clases dirigentes. Todo ellos excepto, naturalmente, las fuerzas políticas que los medios manipulados llaman populistas, precisamente porque se hacen eco de la voluntad de sus pueblos en vez de la voluntad de quienes pagan el sueldo a los periodistas; una ironía que los superpagados juntaletras de los grandes medios por algún motivo no consiguen percibir.


No hay nada malo en salvar a los náufragos o a la gente que está en peligro de muerte, siempre que a continuación se les devuelva a África. No se puede o no se debe dejar a la gente ahogarse en el mar sin mover un dedo. Ahora bien, esto es una cosa y otra muy distinta ir a buscar la gente en las pateras, incluso hasta las costas de África, para recogerla y traerla a los puertos europeos. Las ONG que hacen esto son, además del soporte logístico para la invasión de Europa, asociaciones criminales en el pleno sentido del término. Pues evidentemente una organización de personas asociadas para favorecer una actividad ilegal es una asociación criminal.


Por eso no se comprende por qué estos barcos, cuyo objeto es favorecer la inmigración ilegal, no son apresados por las fuerzas del orden y confiscados, por qué los líderes y los financiadores no son procesados. Y la respuesta es muy sencilla: porque las clases dirigentes europeas, sus políticos, sus medios de comunicación y los poderes reales que hay detrás de todos ellos, están embarcados en una guerra contra Europa y los pueblos europeos, son los dirigentes, los colaboracionistas y los tontos útiles en la invasión demográfica de Europa.


Para concluir, notaremos cómo a la irresponsable invitación del papanatas español en el gobierno se acompaña, en lamentable contrapunto, la estúpida alegría del ministro italiano por haber conseguido desviar el barco hacia España. Esto denota una mentalidad muy limitada y no comprende algo muy básico: que la cuestión atañe a toda Europa, que es nuestro continente entero el que está en peligro de ser sumergido por la invasión demográfica del Sur.

Triunfo habría sido el que se obligara al barco a volver a África y dejar allí a los rescatados de las pateras. Todo lo demás es alegrarse de que, en medio de un incendio, la casa del vecino vaya a ser pasto de las llamas un poco antes que la mía.

1 comentario:

agustin diaz dijo...

Ni pongo ni quito una coma.
Has puesto palabras a las ideas que pululan por mi cabeza y yo no era capaz de expresar.