domingo, 20 de septiembre de 2020

LAS HEROÍNAS MAMPORRERAS ABRECABEZAS, NUEVO CLICHÈ DEL CINE

 


 

Aunque uno intente mantenerse alejado, en nombre de la inteligencia y de la salud mental, de las producciones basura de la industria del entretenimiento, no es posible aislarse completamente. Por tanto, creo que casi todos saben de qué hablo.

En efecto, todos nos hemos encontrado no una sino muchas veces con esta figura: la heroína mamporrera abrecabezas, que aparece obligadamente en todos los filmes recientes donde haya mamporros. No es sólo un cliché del cine actual, una moda, sino también algo más: es probablemente un requerimiento que deben cumplir hoy en día todas las grandes producciones. Como todos sabemos, el entretenimiento nunca ha sido sólo entretenimiento: existen códigos ocultos, políticas impuestas desde arriba, preceptos y normas no declaradas pero que se hacen cumplir a rajatabla.

La presencia sí o sí de una o varias de estas heroínas detestables es parte de tales directrices ocultas. Una lástima porque esto convierte la visión de casi cualquier película reciente en un sufrimiento y una agonía: cualquier espectador bien nacido se pasa la película entera deseando que le vuelen la cabeza de una puñetera vez a la insufrible heroína, pero por supuesto no sucede nunca.

Muy al contrario, es la insoportable quien reparte a diestro y siniestro, sobre todo a varones. Y no sólo en películas de acción; fijémonos bien en que casi siempre aparece, en las series y películas de cualquier tipo, alguna mujer que le pega a un hombre.

Y es que precisamente se trata de eso, de mostrar esa imagen porque es una de las imágenes símbolo de esta modernidad enferma. Siempre habrá una justificación para ello, naturalmente: cuando no es una justa venganza, es que ella ha sido agredida o humillada, o el otro la ha mirado mal o es un error o es en broma. Siempre se encontrará un pretexto para justificar la escena, pero lo importante no es el pretexto, sino mostrar una mujer que le pega a un varón. Esto es lo que exige el código no escrito.

Esta propaganda amazónica está casi siempre mezclada con la sugestión sexual: la amazona que le parte la cara a los hombres raramente es un orco de Mordor, o un marimacho a la que uno no tocaría ni con un palo, como suelen ser las que realmente y no en la ficción pueden medirse con los varones a puñetazos; casi siempre la mamporrera es una mujer atractiva, con una fuerte carga sexual que siempre queda bien clara. Esto último es importante y un ingrediente fundamental; probablemente necesario para que un varón no completamente imbécil se trague semejantes producciones, pero la razón principal es manipular la psique masculina, para que ésta se deje trabajar como la harina se deja amasar para hacer pan.

En efecto, se trata de reblandecer y descomponer la mente del varón, crear un cortocircuito en la percepción que éste tiene de sí mismo y de su lugar en el mundo, solicitando su instinto sexual en combinación con la exhibición y la justificación de violencia contra lo masculino. Esto cuando el receptor del infecto mensaje es hombre. Si es mujer el objeto es alimentar la agresividad de las mujeres contra los varones, es decir fomentar y jalear la violencia con perspectiva de género pero manteniendo al mismo tiempo la conciencia tranquila; siempre se encuentra un pretexto, recordémoslo.

Como intención secundaria, se trata también de colar aquí el improponible discurso de igualdad de género: que las diferencias fisiológicas y cerebrales no significan nada, que todas las sociedades humanas, en toda la historia, se han equivocado asignando la tarea de la guerra a los hombres.

Ni siquiera se preocupan en esto, por cierto, de incorporar un mínimo de sutileza; de hacer luchar a la mujer de manera diferente, que ésta supere al varón usando también (por ejemplo) seducción, astucia, agilidad, manipulación psicológica, u otras habilidades que se podrían vender como más específicas de la mujer. Nada de ello: la heroína vence a todos los hombres a base de mamporros puros y duros.

Auténtico material para consumidores de entretenimiento ceporros y compulsivos que, literalmente, se tragan cualquier cosa que les pongan delante. Pero éste es también el espíritu de los tiempos: estamos en una sociedad que se vuelve cada día más tonta, tanto los hombres como las mujeres. Uno de los pocos ámbitos en los que hay de verdad paridad de sexos.

viernes, 18 de septiembre de 2020

LA LEY DE FALSIFICACIÓN DE LA HISTORIA, EL NEGACIONISMO DEL FRANQUISMO Y LA ESPAÑA DEL ABORREGAMIENTO

 


 

Artículo publicado en El Correo de España

Filípica contra el pueblo español

Como hay que llamar a las cosas por su nombre, es mejor hablar de ley de falsificación de la historia que es el verdadero nombre de este nuevo aborto legislativo llamado memoria democrática, parido por la horda de enanos políticos que se ha encontrado con el gobierno del país entre las manos.

No sé si algún estúpido mirará los telediarios de la televisión estatal pensando que dan información; supongo que sí por el cuidado que ponen en confeccionarlos. Sin embargo, aunque como fuente de información no valgan prácticamente nada, vale a veces la pena verlos como ejemplo de indecencia. En particular cuando han hablado estos días del proyecto siniestro de la mencionada ley de falsificación de la historia, tan descarada es la propaganda, tan penosos y ridículos los presentadores, tan intelectualmente babosos los “expertos” llamados a pontificar durante interminables minutos, que da grima verlo; casi inspiraría ternura, de no ser porque todo esto va en serio: si nada lo remedia la basura de convertirá en ley y los que defienden, realmente, la memoria y la verdad, serán perseguidos e ilegalizados. Primer objetivo de esta saña enfermiza la excelente Fundación Nacional Francisco Franco, a la que desde aquí apoyamos y apoyaremos de todas las maneras posibles.

Volviendo al telediario del régimen, para guardar las apariencias, después de largos minutos de propaganda se concede también la palabra a quienes critican la ley, durante más o menos diez segundos. Supongo para que el estúpido de más arriba (el que cree que informarse es ver el telediario) piense que se ha dado espacio a varios puntos de vista.

Ley orwelliana podríamos decir: como en la novela de George Orwell 1984 las palabras dicen lo contrario de lo que significan: en el “Ministerio de la Verdad” se falsifica la historia y en el “Ministerio del Amor” se tortura. De igual manera la “memoria democrática” de este gobierno basura que nos aflige significa cancelar la memoria de la historia verdadera, silenciar las voces disidentes e imponer como narración única la sectaria, falsa y deforme falsificación de la historia. Incluso incluyéndola en los programas escolásticos como han incluido la bazofia feminista, de género, etcétera.

El objetivo último es sustituir la historia con una narración oficial exactamente como, en Europa, lo que se nov vende como “Historia de la Segunda Guerra Mundial” es la propaganda de guerra de los vencedores impuesta por ley. De hecho, quizá dentro de no mucho de hablará de negacionistas del franquismo para criminalizar a quienes defiendan la historia real y se les perseguirá legalmente; algo que por lo demás ya está en la ley. Y se tratará también de la propaganda de guerra de los vencedores porque, si bien perdieron la Guerra Civil, por el momento han ganado la guerra cultural. Pero eso es otro asunto que nos llevaría lejos.

En el Parlamento efectivamente se ha hablado de ley orwelliana (Espinosa de los Monteros). Está muy bien decirlo, es una crítica pertinente y debería ser definitiva: ya sólo la evidencia de que esta ley basura es orwelliana sería suficiente para tumbarla, ante un Parlamento y un pueblo con un mínimo de nivel, ante políticos que realmente creyeran en lo que dicen cuando babosean de democracia y libertad. Pero…

¿Cuántos parlamentarios han leído 1984 de Orwell y lo han comprendido? Siendo muy generosos quizá el 50% y a lo mejor el 10% recuerdan lo que decía el libro. En cuanto a la población en general muchísimos menos; pero no se trata de los libros que cada uno haya leído o no, sino de que a la mayor parte de la gente le importa un comino la verdad y la libertad.

Un amigo mío italiano proponía una personalísima y venenosa etimología de la palabra latina populus y por tanto de la correspondiente italiana popolo. Decía que venía de “popopopo…” es decir de intentar hablar con la boca llena, que es lo que realmente le preocupa a la gran masa del pueblo. No sé si esto es válido en general y siempre; probablemente sí a menos que ese pueblo esté vertebrado por unas ideas y unos valores que le puedan elevar y ennoblecer. Más o menos como a nivel individual la tendencia natural es decaer y hundirse, porque es lo más fácil, a menos que uno haga el esfuerzo para ir hacia arriba y no hacia abajo.

Seguramente la etimología es válida para el pueblo español, hoy, si vemos en lo que se ha convertido. Aborregado hasta lo inverosímil, ya ha dejado atrás lo de pan y toros. Al menos el pan era bueno y los toros una noble tradición que tenía ecos de la antigüedad mediterránea. Hoy se conforma con comida basura y entretenimiento de alcantarilla. Pero sobre todo deja que le pongan los pies encima de la cabeza, que le roben y que le quiten derechos sin pestañear.

A veces pienso, y más de un amigo me ha dicho lo mismo, que le habría venido bien al pueblo español un dictador de verdad, sanguinario y despiadado, en lugar de Franco tan malamente recompensado por los nietos de aquella España a la que hizo progresar durante decenios. Una buena tiranía comunista con un millón o dos de fusilados y decenios de miseria, que nos habría vacunado para siempre de esta gentuza del puño en alto que habla a despropósito de “genocidio” y llama memoria democrática a su cubo de basura lleno de mentiras que nos quieren hacer comer sí o sí.

Miremos, hoy, a nuestro alrededor ¿Cómo le va a importar a la mayoría de la población la verdad histórica, la libertad de discusión, etcétera? Desde luego para ello no se puede contar con el pueblo del popopopopulus; menos aún con la “opinión pública” que es la opinión publicada por los periodistas conformistas, putas baratas del sistema; tampoco evidentemente con los intelectuales de moda, que son sus putas de lujo, o si queremos escorts puesto que se dan aires.

Por supuesto en nada de lo anterior hay que leer menosprecio alguno por las prostitutas auténticas, que en su honesta y útil labor no engañan a nadie.

En la lucha por la verdad y la libertad contamos con nosotros mismos y con la parte del pueblo español que no se ha dejado corromper y degenerar. Que no son muy pocos, pero sí son pocos.

En efecto, el cuadro intelectual, ético y (si nos gusta la palabra) existencial de la sociedad española hoy lo vemos pintado, como si fuera un gran fresco, en las clases dirigentes con su policromía exuberante de tipologías indecentes.

Los rencorosos sectarios y miserables; los ignorantes y mediocres cuya ambición y satisfacción cuasi sexual está en pisotear a quienes son mejores que ellos; los pusilánimes oportunistas y cobardicas; los arribistas indiferentes a cualquier cosa que no se refleje directamente en su cuenta bancaria; los parásitos cuya aspiración vital es vivir del cuento, incluyendo féminas inútiles que, mientras berrean de emancipación femenina, basan su carrera en méritos de almeja; las ratas que son la antítesis del verdadero guerrero, sin escrúpulos a la hora de despreciar la vida humana y matar sin dar la cara, pero que lloriquean como nenazas cuando se les toca un cabello.

Todos y cada uno de esta lista incompleta de personajes deleznables, muy presentes en la galería de horrores de la política española, no salen de la nada, sino que tienen su correspondiente base social que es igual que ellos y de la cual son imagen especular.

¿Visión negativa y pesimista? Puede, pero de nada sirve ocultarnos la realidad. Sin embargo, como he escrito muchas veces las cosas no se miden sólo con el número sino con el valor de las ideas, con la calidad humana y con la voluntad. Y pienso también que en el pueblo español hay reservas de dignidad y fondos de orgullo que están ahí y pueden ser reportados a la luz, aunque para arrancar la costra de gilipollez acumulada tras cuarenta años de democracia no sea necesario un raspador sino un martillo neumático.

MAX ROMANO

viernes, 11 de septiembre de 2020

Negacionismo, la palabra policía que se ha convertido en símbolo de libertad y rebelión frente al control mental de masas




¿Qué es un negacionista en el lenguaje político-ideológico actual? Daremos una respuesta breve pero pertinente al final de este artículo.

Empezaremos con el uso más reciente, impúdico y ridículo de la palabra negacionismo. Me refiero a la nueva expresión negacionismo de la mascarilla y del coronavirus que han acuñado los medios de comunicación. La utilizan para sazonar artículos cuyo objeto no es informar sino desacreditar, denigrar intentando mantener la ficción de la objetividad informativa. En este caso se trata de la plataforma Médicos por la verdad y en general todos aquellos que discuten la versión oficial de lo que está pasando con la epidemia del coronavirus, que rechazan las medidas que se toman, la gestión de la situación, las mascarillas, etcétera.

Unas medidas que recientemente, como sabemos, han llegado a inéditas restricciones liberticidas como prohibir fumar en la calle, con el pretexto de que favorece la difusión del virus. Papanatas escogidos para salir en los informativos se muestran encantados con ello y que les quiten (sobre todo a los demás) otra pequeña libertad. Es que en este país gusta mucho prohibir: cualquier politiquillo en las Administraciones públicas, cualquier  mediocre que ostenta un cargo o carguillo, parece que está sólo esperando la ocasión: para prohibirnos algo más, para regular algo que no estaba regulado. Debe de ser que así se sienten alguien, que de esta manera se sienten redimidos de su nulidad.

Volviendo a la práctica de poner en la picota a los “negacionistas” el lenguaje empleado es el de toda la vida cuando se trata de poner fuera del círculo de lo admisible una idea, una tendencia, una opinión; delimitando así el campo en que el poder admite sus “debates” y sus “intercambios de ideas” domesticados. El uso de la palabra negacionismo es como una firma, la marca de fábrica de ese procedimiento de control mental sobre la opinión pública, que consiste en establecer desde arriba lo que es una opinión y lo que no es opinión sino negacionismo.

No se les habrá escapado a los lectores que esta palabra-policía se usa especialmente en otros dos contextos: negacionismo del cambio climático, negacionismo del Holocausto. En ambos casos el así llamado “negacionista” es por supuesto el que niega. ¿qué niega? lo que el Poder ha decidido que es la verdad verdadera.

No tengo el mismo nivel de conocimiento acerca de estos tres negacionismos. Empezando por el que conozco peor, el negacionismo del coronavirus, no creo que muchos nieguen que existe una epidemia; pero hay cosas que necesitan respuesta y fundados motivos de perplejidad. Aparte de que es evidente cómo están aprovechando esta situación para meterle el miedo en el cuerpo a la gente e imponer un sistema de control y vigilancia que difícilmente aceptaría en otra situación, todavía nos tienen que explicar de manera convincente por qué en la pandemia de 1968 con un millón de muertos en todo el mundo (virus H3N2 de la gripe aviar) no se confinó a la gente, ni se creó un clima de histeria y alarma mundial como si fuera el apocalipsis.

Quizá haya una buena razón para ello; pero desde luego no me van a convencer llamando “negacionistas” a quienes se oponen a la gestión de la pandemia hoy. En cuanto al uso de las mascarillas no puedo juzgar si los de Médicos por la verdad tienen o no razón, pero sí sé que hace pocos meses las autoridades nos decían que no eran necesarias; ahora salen con que lo decían porque no había mascarillas. Es decir que hace unos meses lo que nos contaban era basura. Entonces, yo no tengo por qué aceptar que lo que hoy nos dicen sea correcto y no el enésimo montón de basura.  A menos que haya un confronto de opiniones profesional, en vez de palabras-policía, con quienes están en desacuerdo que no me parecen indocumentados.

En cuanto al negacionismo climático, también aquí hay razones para dudar de que nos estén narrando la película correcta, de que no se trate más que de un tinglado mediático-propagandístico y una doctrina que se nos quiere imponer por parte de quienes tienen el poder de condicionar la opinión pública. Esto no quiere decir naturalmente que haya que ignorar el tema del medio ambiente; los daños al ambiente y la degradación del entorno existen, el modelo de crecimiento económico y consumo a ultranza es destructivo y nefasto.

Pero precisamente porque es un tema tan importante, es por lo que no debe ser dejado en manos de ecologistas de ciudad y fin de semana, animalistas, antitaurinos, izquierdistas varios y revolucionarios de salón. Esta patulea jamás corregirá los daños provocados por el modelo de desarrollo capitalista porque son parte de él. Son la válvula de escape y el entretenimiento de los chavales que juegan a ser rebeldes antes de integrarse en la normalidad del gran conformismo.

Que la religión del cambio climático sea parte de la ideología oficial nos lo confirma de manera clamorosa una sabrosa página de la ADL (Anti Defamation League) donde encontramos sus recomendaciones de censura en internet (campaña stop hate for profit) dirigidas a las redes sociales (recomendación n.4):

“Find and remove public and private groups focused on white supremacy, militia, antisemitism, violent conspiracies, Holocaust denialism, vaccine misinformation, and climate denialism.”

El ADL, para quien no lo sepa, es uno de los más potentes grupos de presión del lobby sionista en Estados Unidos, dedicado a perseguir y hacerle la vida difícil a quienes critican el Estado de Israel o el mismo poder del lobby y su manera de condicionar la sociedad y la política americana. De pasada diremos que en Estados Unidos el lobby judío es una realidad por todos conocida y asumida, a diferencia de Europa donde no sólo opera en la sombra, sino que se nos quiere convencer de que no existe.

Es evidente por qué quieren imponer la censura en internet contra lo que llaman “antisemitismo” y “negacionismo del holocausto” puesto que el sueño húmedo de este grupo de presión es sofocar la libertad de pensamiento, de expresión y de investigación histórica en todo lo atañe directamente a sus intereses, en lo económico, lo histórico y lo político.

Aquí no comentaré más sobre el tema del revisionismo histórico, simplemente lo siguiente. Lo que nos venden como “historia de la Segunda Guerra Mundial” no es más que la propaganda de guerra de los vencedores, y como tal contiene una gran cantidad de exageración, de omisión y directamente de falsedad.  ¿Cuánta medida? La policía del pensamiento hace imposible, por el momento, saberlo. La manera sería precisamente lo que llaman “negacionismo” que es la actitud correcta y habitual en cualquier campo de estudio (excepto en éste): valorar las pruebas, los documentos, los testimonios, y someter a revisión crítica las cosas. Sin que nadie tenga que ir a la cárcel por ello, se le expulse de su trabajo y su cargo académico, se prohíban sus libros y se cierren librerías. Todo lo cual ha sucedido y está sucediendo en España y Europa.

Dicho esto, menos claro pero entendible, en el contexto de la política americana, es por qué una asociación perteneciente al lobby israelita tiene interés en censurar en internet el “supremacismo blanco” y el mundillo de las “milicias”. Lo que ya es casi surrealista que el lobby se preocupe por censurar el “negacionismo climático” y la “desinformación sobre las vacunas”.

Pero no se trata de surrealismo. Es simplemente que todo forma parte del mismo paquete envenenado, la misma mercancía averiada que nos quieren vender.

Y así llegamos a nuestra conclusión y a responder a la pregunta planteada al principio. ¿Qué es un negacionista? Es el que no quiere la mercancía averiada. El que se niega a comulgar con las ruedas de molino, a tragarse las mentiras que el poder quiere enchufarnos en la cabeza a la fuerza. El que representa la libertad humana y la rebelión contra el paquete envenenado que nos venden a precio de oro.

MAX ROMANO