domingo, 8 de marzo de 2020

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "CRONICAS DE UN OCCIDENTE ENFERMO" EN VALLADOLID

Queridos lectores:

El próximo sábado presentaré an Valladolid el libro "Crónicas de un Occidente enfermo", segundo de la Trilogía del Oso tras "Azotes de nuestro tiempo". En la presentación se podrán adquirir ambos con un descuento sobre el precio de venta.

Los libros se pueden también comprar por internet, en los siguientes enlaces:

Crónicas de un Occidente enfermo

Azotes de nuestro tiempo

Espero contar con vosotros el sábado. Saludos del Oso.


viernes, 6 de marzo de 2020

EL MEA CULPA DEL PLÁCIDO DOMINGO, AUTO-INCULPACIÓN EN EL RÉGIMEN DEL FEMINISMO TOTALITARIO





Me sorprenden, pero no me impresionan y menos aún las considero motivo para cambiar de opinión, las declaraciones de Plácido Domingo en las cuales, aparentemente, reconoce la veracidad de las acusaciones de acoso sexual que una serie de mujeres han lanzado contra él.

En su momento dediqué un artículo a este caso, defendiendo al tenor y denunciando esa caza de brujas que es el llamado movimiento Me Too. Por ello será necesario volver ahora sobre el tema. No para rectificar nada sino para reafirmar los conceptos expresados entonces y mi defensa del tenor. 

¿Pero no ha reconocido Domingo ser culpable con sus declaraciones? ¿No es de sabios rectificar cuando uno se ha equivocado?

En primer lugar e independientemente del caso personal de Plácido Domingo, siguen siendo verdades como puños: que bastan acusaciones sin pruebas para hundir la carrera de un hombre; que existe una infame justicia paralela feminista y condena sobre la sola base de la acusación de la mujer; que una fémina puede lanzar acusaciones indemostrables después de años o decenios y es el acusado quien tiene que demostrar su inocencia, en vez de la acusadora su culpabilidad. Toda esta basura es el resultado del dominio del feminismo sobre la sociedad occidental, denunciarlo es una obligación moral en intelectual, aunque el señor Domingo fuese el hombre más culpable del mundo.

¿Pero es culpable, y de qué precisamente? Dejaré de defenderle y rectificaré en este punto (no en el anterior) cuando se demuestre -o él mismo reconozca- que es culpable de haber abusado de su posición de poder para con presiones, amenazas o chantaje, forzar o intentar forzar a mujeres para tener relaciones sexuales. O también, como falta menos grave, que haya intercambiado favores a cambio de sexo perjudicando a otras personas, pero en este caso tan condenable sería él como ellas. Mala práctica sin duda esta última, pero que han existido desde que el mundo es mundo y en las que no existe ninguna violencia ni acoso, sino un recíproco beneficio; se deberían tratar de la misma manera que la corrupción (pues se trata de eso) y en las que la fémina es tan responsable como el varón.

Lo que no es acoso sexual de ninguna manera es que a un señor en posición de poder le gusten las mujeres y les haga proposiciones, o que utilice como arma de seducción su prestigio y su posición. De seducción, no de chantaje, aunque las mentes deformadas o en mala fe de las feministas sean incapaces de apreciar la diferencia). Eso es un problema entre el señor Domingo, su señora y las señoras por él solicitadas, algo que pertenece a las relaciones personales y no debería ser fiscalizado por la justicia mientras no se cruce la barrera del abuso de poder.

Lo que es repugnante y aberrante es que se confunda todo y se meta en el mismo saco, que deliberadamente no se precise qué es ese “comportamiento inapropiado” que podría ser tanto un verdadero abuso de poder como una proposición o un cortejo algo insistente. ¡Qué expresión tan hipócrita y tracicionera, “comportamiento inapropiado”! Sólo una sociedad deforme y neurótica puede poner al mismo nivel un chantaje sexual y una relación consentida entre dos personas con posición jerárquica diferente.

Lo que es odioso, monstruoso es que el criterio para definir el acoso no sean comportamientos objetivos, que no haya una frontera definida, sino que sea la sensación subjetiva de la mujer, que ella se haya sentido incómoda. Esta locura está ya aquí y cada vez más está sofocando las relaciones humanas.

¿Qué ha reconocido Plácido Domingo en sus (torpes) declaraciones? Desde luego no ha reconocido ningún tipo de delito ni de abuso de poder, como puede ver cualquiera que busque sus palabras textuales. Nada que ver con la manipulación y tergiversación de sus disculpas que nos han transmitido los medios, que han tenido fácil juego en transformar unas disculpas genéricas y bastante confusas en un reconocimiento de culpabilidad.

Ignoro qué hay detrás de tales disculpas; si es pura confusión mental y una incapacidad de encuadrar el hecho de que en el matriarcado histérico occidental (especialmente los Estados Uterinos de América) la iniciativa sexual masculina se ha convertido en algo perseguible; si es una discutible estrategia de defensa legal, simplemente el resultado de malos consejos, o si el cantante es incapaz de oponerse a la neurosis colectiva que se ha apoderado de la sociedad en que vive.

Naturalmente las feministas y sus heterodirigidos mentales han exultado ante este mea culpa: para ellos demuestran la justicia y la necesidad del Me Too, la validez del aberrante principio según el cual la mujer siempre tiene razón, que “hay que creerla sí o sí” como nos recuerdan las vomitivas palabras, por todos conocidas, de nuestra vice-empoderada por méritos feministas.

Yo en cambio considero estas declaraciones como algo mucho más siniestro. Recuerdan de manera ominosa las autoinculpaciones de los acusados en los juicios políticos de las purgas estalinistas y los procesos de la Revolución Cultural en la China de Mao: también allí los imputados se acusaban a sí mismos y solicitaban su propia condena. Sin ir tan lejos, nos hacen pensar en el reconocimiento de culpabilidad que exigen aquellos sistemas judiciales, o ambientes, donde no importa tanto la realidad de los hechos sino que el acusado se someta a unas reglas del juego precisas que dicen: el sistema es infalible, más vale agachar la cabeza y pedir perdón si se quieren limitar los daños.

Y es que las declaraciones de Plácido Domingo tienen exactamente ese sabor. Son un signo -uno más- de que todo Occidente vive ya en un régimen totalitario feminista, donde a un acusado de delitos de género le sale más a cuenta aceptar su culpabilidad y agachar la cabeza que defenderse. Esto no sorprenderá a nadie: dentro de un régimen totalitario “clásico” que persigue delitos políticos o ideológicos, un acusado puede defenderse sólo cuestionando el sistema y esto, naturalmente, es lo que no se le permitirá bajo ningún concepto.

En el Occidente actual existen, sin duda, muchas garantías legales y a menudo excesivas, hasta el punto de que se llega a proteger más al delincuente que a la víctima, excepto en el caso de que una mujer acuse a un varón por delitos de género. Se ha ido construyendo poco a poco un sistema legal de persecución contra el hombre, introduciendo legislación basura y principios monstruosos (la palabra de la mujer vale más que la del varón, inversión de la carga de la prueba, centralidad de la percepción subjetiva de la mujer contra hechos objetivos y demostrables) cuyo resultado es que, en muchos casos, un hombre se puede defender contra acusaciones de abuso y acoso solamente atacando y cuestionando el sistema. Y esto no se puede tolerar, por tanto le será más conveniente declararse culpable.

Hemos llegado al punto en que la gente se acusa a sí misma cuando la Gorgona feminista se lo exige. Ya tenemos aquí y ahora la revolución cultural femibolchevique contra el enemigo de clase; ya tenemos y son moneda corriente las grandes purgas de la vagina dentata travestida de justicia contra los disidentes. Todo ante la indiferencia de una sociedad de papanatas. Y es que la tiranía sobre las mentes es la mejor policía política, es la fábrica perfecta de esclavos contentos de serlo que se reprimen a sí mismos.

domingo, 6 de octubre de 2019

LA CABEZA EN LA CAJA, LAS PERRAS DE PAJA Y EL HUMOR NEGRO CON PERSPECTIVA DE GÉNERO






Artículo publicado en El Correo de Madrid

Los aficionados a la crónica negra y truculenta habrán degustado con placer el episodio reciente de la mujer que, al parecer, asesinó a su compañero y tras unos meses le hizo llegar a una amiga su cabeza en una caja. Es que hay mujeres que no se lo toman nada bien, cuando el hombre quiere dejarlas; se revelan, literalmente, mujeres de armas tomar.

Naturalmente no habrá ningún minuto de silencio por el asesinado y decapitado por parte de nuestras mediocres administraciones con perspectiva de género. Nunca lo hay en estos casos, como nunca lo ha habido ni lo habrá por los niños asesinados por mujeres.

Pero sí que ha habido una tertulia televisiva donde se hablaba del caso de la cabeza en la caja, de manera ligera, cómica, casi simpática, ironizando. Parecía que estaban comentando alguna película de bajo presupuesto de esas que uno ve con los amigos para desternillarse de risa por lo mal que están hechas.

Que no se me entienda mal. No tengo nada en contra del humor negro; el humor auténtico es cruel, puede y debe ser ofensivo; el humor negro en particular ha acompañado siempre a la humanidad. Pero la crueldad ha de ser para todos. Porque como es casi banal observar, si la decapitada hubiera sido ella maldita la gracia que le habría hecho a nadie; no sólo se habrían convocado minutos de silencio con perspectiva de género sino que las instrucciones dadas a los contertulios habrían sido de signo opuesto: cargar las tintas sobre la crueldad y la maldad de los hombres, en vez de banalizar el suceso, como les han ordenado en este caso siendo la cortadora de cabezas una mujer.

Los participantes en esa tertulia televisiva ni siquiera son culpables de una especial malignidad, ni manifiestan un nivel de infamia fuera de lo común; encarnan sólo la horrible mediocridad conformista de la sociedad actual y no son ni mejores ni peores que el resto de la chusma televisiva, la chusma mediática y la chusma política.

Simplemente han expresado una verdad social de nuestro tiempo: que el varón no vale lo mismo que la mujer, que está permitido reírse del hombre y sus males mientras, muy al contrario, cualquier cosa que moleste a una fémina es un delito de lesa majestad.

Esta es la soberana mierda de sociedad en que vivimos y éste es el repugnante doble rasero actualmente vigente. Por todo ello es un deber cívico y una obligación moral boicotear, sistemáticamente, cualquier minuto de silencio, cualquier manifestación de repulsa y cualquier iniciativa que tenga que ver con esa emergencia inventada llamada “violencia de género” porque detrás de ello se esconde, siempre, la guerra contra la masculinidad y la persecución del varón.

¿Hasta cuándo? ¿Cuándo empezaremos a respirar aire puro y desaparecerá este doble rasero? Nunca mientras dure esta sociedad de castrados mentales, pusilánimes, mediocres y perras de paja.

¿Perras de paja? Sí porque esto es el poder femenino y la sociedad hembrista: un dominio de perras de paja cuyo poder se basa exclusivamente en haber anulado al hombre, convirtiéndole en un pelele patético, un borrego conformista, un guiñapo mental, intelectual y moral. Las perras de paja no tienen nada que proponer, ningún contenido de civilización, son capaces sólo de dominar sobre un mundo de peleles.

Las mujeres tomarán la posición que mejor consideren. Pero para los varones, la situación ya no admite medias tintas ni neutralidades: se es un pelele o se es un hombre. Y el criterio para distinguir unos de otros es perfectamente claro, de una pureza casi apolínea: es pelele quien acepta los criterios y las vigencias actuales, es hombre quien reconoce que vivimos en una tiranía feminista que odia la masculinidad; naturalmente con la obligación implícita de luchar contra ella y derribarla.

MAX ROMANO

domingo, 22 de septiembre de 2019

LAS MUJERES SON MÁS TONTAS QUE LOS HOMBRES. LO ESTABLECE EL MONOPOLY FEMINISTA.




Artículo publicado en El Correo de Madrid


Así como suena: va a salir una nueva versión del juego que se presenta como un “monopoly feminista” porque las reglas dan una ventaja a las mujeres. Naturalmente cada uno jugará como le venga en gana pero las reglas son las que son. Si es que no se trata de una broma, pero aunque así fuera diría la verdad, involuntariamente, sobre lo que realmente significan el feminismo y la “paridad”: regalarles privilegios a las mujeres.

En referencia a las reglas del juego, evidentemente asignar 240 “dólares” a las féminas y 200 a los hombres cuando pasan por la casilla de salida es exactamente lo mismo que afirmar la incapacidad de la mujer para jugar en igualdad de condiciones; tratándose de un juego intelectual y no físico, equivale a decir que la mujer es más tonta.

¿Cuánto más tonta? El diseño del juego asigna a las mujeres un 20% de discapacidad mental porque las féminas necesitan un 20% de ventaja para competir con el varón (40 puntos de ventaja sobre 200), con perdón por lo poco elaborado del razonamiento. Seguramente un juego perfecto para alguien que quiera enseñarles a las niñas que son más estúpidas que sus compañeros varones. Además en este juego el varón siempre quedará mejor parado: si gana dirá que es a pesar de la desventaja, si pierde a causa de ella: en cuanto a la fémina, se podrá decir de ella, si gana, que es porque partía con ventaja, en cambio si pierde a pesar de la ventaja debe de ser realmente torpe…

Naturalmente hay otras cosillas en el juego, como invertir en “inventos creados por mujeres” lo cual se aprovecha para colar, de tapadillo, falsificaciones feministas. Por ejemplo lo de que el wifi fue “inventado por una mujer” es algo que sólo puede “venderse” a lectores desinformados. Hedy Lamarr, además de ser hermosa y dotada actriz, hizo contribuciones a unos desarrollos técnicos que muchos años después harían posibles tecnologías inalámbricas como el wifi, bluetooth, etc. Sin quitar ningún mérito a esta mujer, efectivamente fuera de lo común, ni fue la única que contribuyó en este campo ni mucho menos “inventó el wifi”. Una más de las muchísimas manipulaciones y tergiversaciones feministas que circulan, repetidas hasta la saciedad hasta que pasan por ser la verdad.

Volviendo al 20% de discapacidad intelectual que estima el monopoly feminista para la mujer, la situación recuerda a esas partidas de ajedrez donde un maestro jugaba con un jugador de nivel muy inferior, al cual se asignaba una ventaja de una o dos piezas para que tuviese al menos una oportunidad. Pero aquí la desigualdad era aceptada, asumida desde el principio, y nadie soltaba estupideces sobre igualdad y “empoderamiento”.

Una analogía algo mejor sería una carrera de velocidad donde a los blancos se les diera una ventaja inicial para que pudieran competir con los negros. Así los atletas blancos tendrían la oportunidad de vencer, pero creo que ninguno con un mínimo de dignidad aceptaría una competición así.

Siguiendo en esta línea, una imagen más extrema será útil. Imaginemos otra vez una carrera donde, junto a atletas bien formados y entrenados, participen también cojos, contrahechos, gordos y vagos incapaces de disciplina física que reivindican el “derecho a ganar”. Para darles una oportunidad y lograr el ideal de igualdad, el segundo grupo arranca decenas de metros por delante y al final, efectivamente, llegan todos más o menos igualados. Sucede también que uno de los discriminados positivamente, mórbidamente obeso (de forma menos cursi el gordaco de toda la vida) y con derecho a la autoestima, obtiene la tercera posición por los pelos; como además resulta ser un poco retrasado se pavonea impúdicamente y hace ostentación de su medalla frente a los verdaderos atletas a los que ha “vencido”.

Esto no es lo que yo pienso de la mujer, que quede bien claro. Pero sí es lo que piensa de la mujer el feminismo de los privilegios y de la discriminación positiva.

Y saliendo un poco del tema, es también una imagen que captura toda la miseria de la sociedad igualitaria.

MAX ROMANO