viernes, 24 de abril de 2009

IGUALDAD Y ESTUPIDECES DE GÉNERO


En la entrada de hoy voy a comentar unas interesantes declaraciones de Miguel Lorente Acosta sobre la educación en clases separadas de niños y niñas. Nos hemos ya ocupado de este nefasto personaje en el blog, concretamente cuando hablamos del posmachismo y el hombre domesticado. En efecto este individuo, delegado del gobierno para la violencia de género y brazo derecho de la ministra del Privilegio Femenino Aído –lo cual ya dice todo-, cada vez que abre la boca consigue resumir en pocas palabras la mentalidad del hombre feminista y el fanatismo igualitario de la izquierda, en toda su abyección. Las declaraciones están en este enlace que recomiendo leer acompañado de un chupito para resistir la náusea:


Estas declaraciones realmente no tienen pérdida. La segregación en el colegio “impide la identificación entre hombres y mujeres”. ¿Y por qué deberían identificarse hombres y mujeres? Somos distintos: es justo y hermoso que sea así. Estoy harto de ver hombres degenerados que se comportan como mujeres y mujeres degeneradas que se comportan como hombres. Este lamentable fanatismo de la igualdad del que este personaje se hace portavoz pretende reducir la humanidad a una masa amorfa de zombies todos iguales. Porque la zombificación es el único modo en el cual podemos ser todos iguales.

Sigamos con la exposición de tan aberrantes ideas: Los niños verán a las niñas como “un desigual, un otro distinto a lo que ellos son como hombres”...

Esto debe ser el colmo de la injusticia... por lo visto es un pecado capital que las mujeres sean vistas como distintas a los hombres. Alucinante. Demencia pura. Pero el fondo lo tocamos cuando sugiere que la separación en las aulas del colegio fomenta la...

¡VIOLENCIA DE GÉNERO!

Manda huevos...ahí teníamos que llegar, a la idea fija de esta gente. Por lo visto si un violento pega una paliza a su mujer o la apuñala es porque en el colegio no tuvo la oportunidad de estudiar en una clase mixta. Como chiste -malo- en un programa de telebasura podría pasar, pero es que el hombre lo dice en serio. Y si consideramos que esta gente es la que gobierna España, que hay millones que "razonan" de esta manera y que estas delirantes empanadas mentales son la directa consecuencia de la ideología progresista que ha impuesto su ley entre nosotros, entendemos por qué nuestro querido país se está yendo a la mierda, y por qué nos estamos convirtiendo en una masa de tarados y borregos.

Pero siempre hay espacio para la lucha. Lucha ante todo interior, que uno vence cuando decide ponerse de pie y no esconder la cabeza en la arena. Cuando intenta actuar porque es su deber como hombre defender su idea del mundo, y si es necesario hacerlo solo. Pero en realidad somos muchos, aunque la propaganda del régimen quiera convencernos de lo contrario.

Y además diez hombres libres valen por mil borregos domesticados.

domingo, 12 de abril de 2009

AZOTES DE NUESTRO TIEMPO: JUECES MISIONEROS

Como el lector intuirá fácilmente, el tema de esta entrada es la llamada Justicia Universal. Concepto jurídico según el cual los tribunales de justicia de un país no reconocen límites a su jurisdicción y por tanto se consideran con derecho a meter las narices y a intervenir en cualquier parte del mundo para perseguir crímenes, especialmente cuando la justicia del país en cuestión no pueda o no quiera hacerlo. Naturalmente no se trata de perseguir carteristas en Bangladesh ni rateros de apartamento en Vladivostok, sino las actuaciones de gobiernos de otros países, presentes o pasados, que en la opinión de los jueces misioneros vulneran lo que ellos entienden como principios de Justicia Universal.

En la España actual tenemos la Audiencia Nacional como tribunal pionero en este delirio de omnipotencia, y un defensor de este concepto de justicia en el famoso juez Baltasar Garzón, acerca del cual no nos interesa en este momento la polémica política sobre sus actuaciones sino su pretensión de enmendarle la plana al mundo entero y saltarse a la torera la soberanía de los demás países. Ejemplos no faltan: una denuncia admitida a trámite el año pasado contra dos ministros y otros cinco altos funcionarios del gobierno chino por un supuesto delito de crímenes contra la humanidad, a raíz de la represión de los desórdenes en el Tibet; una denuncia contra abogados norteamericanos relacionada con los abusos de la cárcel de Guantánamo que está siendo estudiada; saliendo del ámbito español tenemos la orden de arresto contra el presidente del Sudán Bashir por parte del tribunal Internacional...hay bastantes ejemplos y es una tendencia en auge.

Las reales posibilidades por parte de los autoproclamados jueces universales de efectivamente poder castigar a los acusados son variables de unos casos a otros, según quién haya detrás de ellos. Naturalmente es una cuestión de fuerza y política como siempre ha sido: los americanos y los chinos se pueden reír tranquilamente en la cara de nuestros juececillos; en cuanto al amigo sudanés podrá ser castigado sólo si pierde el poder y sus enemigos lo entregan al tribunal farsa de La Haya. Pero se tratará siempre de política y no de justicia. Como es inevitable.

Pero aunque no se llegue a la ejecución de la sentencia la condena siempre es posible, si la Justicia se empeña en jugar hasta el final este absurdo juego de naipes solitario y autorreferente. Lo que importa –y así lo entienden probablemente los jueces misioneros- es por ahora el valor simbólico, que se reconozca y acepte como normal el derecho y la legitimidad del poder judicial del estado X –naturalmente democrático, es decir autoungido con superioridad moral- para intervenir en hechos acaecidos en un país extranjero; no solamente si hay implicados ciudadanos de X –lo que ya es discutible- sino en asuntos totalmente internos a la otra nación. Como he mencionado no se trata de delitos comunes, castigados por los tribunales ordinarios, sino de acciones de un cierto tipo, que no son perseguidas por la justicia en el otro país, ante lo cual los tribunales del país X se consideran con derecho a hacerlo, por encima de la soberanía nacional, en cuanto vulneran presuntos derechos o valores universales.

Por lo menos, hay que reconocer a estos jueces, y en general a los defensores de la Jurisdicción Universal, el punto a su favor de que actúan movidos por ideales de justicia y no por motivaciones políticas; ello los pone ya un peldaño por encima de esa farsa que han sido y serán siempre los procesos por crímenes de guerra. Tribunales farsa que no son otra cosa que la justicia del vencedor, comenzando por el proceso de Nuremberg (continuación del esfuerzo bélico de los aliados, por explícita admisión del tribunal) hasta el Tribunal de La Haya para los crímenes cometidos en las guerras que acompañaron la disolución de Yugoslavia. Procesos tendenciosos que utilizan siempre dos raseros distintos, castigando los crímenes reales o inventados de los Malos –los vencidos- e ignorando los de los Buenos –que son siempre los vencedores-. En realidad no puede ser de otra manera, porque una sentencia judicial necesita un brazo armado, un poder para ser aplicada. Y en una situación de conflicto entre entidades soberanas lo que manda es el resultado de la confrontación y las relaciones de fuerzas. Hacer intervenir en ello la Justicia es solamente arropar el veredicto en un manto hipócrita de palabras para legitimarlo moralmente.

Esta última consideración toca uno de los puntos esenciales: se puede hablar de Justicia super partes cuando existe un poder capaz de imponerla, que garantiza el orden en el espacio jurídico al interno del cual existe y opera la administración judicial. De lo contrario las sentencias no son en definitiva mucho más que opiniones. Pero –he aquí el punto- el ámbito de las relaciones entre entidades soberanas con poder propio trasciende el de aplicación de la administración judicial. En efecto el Derecho Internacional esencialmente pertenece al ámbito de los acuerdos o tratados entre naciones: una nación lo respeta porque así lo ha decidido –o ha sido obligada por otras más fuertes- pero no porque exista una policía mundial capaz de imponer esa legalidad. Por tanto cualquier pretensión de aplicar una justicia super partes a las naciones está condenada a la impotencia, porque un país que tenga fuerza suficiente no podrá ser jamás obligado a nada –al menos en asuntos realmente importantes- y si se la quiere dotar de un brazo armado, automáticamente la justicia será parcial. No es que las leyes sean inútiles en ámbito internacional, todo lo contrario: incluso en cuestiones políticas, evitan que haya que recurrir al conflicto continuamente para resolver los problemas, evitan la ley de la selva. Pero no se debe olvidar que su base última son las relaciones de poder y que éstas son las que cuentan; lo demás es palabrería.

En la raíz de todo este tema está el engaño de los valores y criterios universales, que la corriente de pensamiento del universalismo igualitario, dominante en las organizaciones internacionales y que podemos considerar el corazón del evangelio progresista, se obstina en imponer a todo el mundo, pasando por encima de las diferencias enormes de historia, cultura y ser de los pueblos.

Observemos además que -por supuesto- hay una universal falta de acuerdo sobre lo que son valores universales. La célebre fatwa de Jomeini contra el escritor Salman Rushdie es otro ejemplo de jurisdicción universal. Porque así lo entienden cientos de millones de musulmanes, y se la trae bastante floja que la Audiencia nacional considere valores universales los Derechos Humanos, porque para ellos es universal la sharia o ley islámica. ¿Entonces? Está bien claro y la historia lo muestra: los valores universales los impone quien tiene fuerza para ello. Es sólo un ejemplo pero podría extenderse el discurso al infinito. ¿Serán otros valores universales la Igualdad y el Feminismo? A lo mejor los stakanovistas misioneros de la Audiencia Nacional mañana perseguirán a los países que no están aún dominados por los fanatismos igualitario y feminista, a los que no acepten políticas de discriminación positiva y cuotas.

Inquietante y paralela expresión de la misma mentalidad es la creciente tendencia del Poder Judicial a extender su intervención en todas direcciones, metiendo las narices en todos lados, en la vida privada y familiar, en cualquier aspecto de las relaciones personales, paralizando al poder político y en definitiva usurpando territorios que no deberían corresponderle. Este poder claramente ha salido de sus límites, que son los de la Administración de la Justicia, y pretende guiar la sociedad. El tema da para mucho y sería poner demasiada carne en el asador hablar aquí de ello, por tanto me limitaré a observar que este delirio de omnipotencia de los jueces está estrechamente ligado a la aspiración de sustituir los valores de la personalidad y de la autoridad con reglas y mecanismos. De aquí todos los fenómenos que se pueden notar en las democracias occidentales avanzadas: proliferación de normas, controles y vigilancia sobre todos nosotros, mediocridad absoluta de los políticos que llamar nulidades es quedarse corto, arrogancia del poder judicial que se entromete en todo y que pretende pasar por encima de la soberanía política.

En definitiva la misma clase dirigente que intenta imponer su visión universalista en todos los ángulos de mundo es la misma que trabaja para destruir nuestra identidad como europeos y como españoles. Y de hecho los daños mayores no los hacen a miles de kilómetros de distancia sino aquí: disolver la noción de ser europeo o español y reducirnos a una masa dócil de individuos aislados sin pasado, futuro ni identidad...porque en la mentalidad que hay detrás del universalismo está enraizado –podemos decir por definición- el odio contra todo lo que hace irreducible un pueblo a criterios universales, lo que le da su ser y su personalidad única. Invadir el espacio del Otro en nombre de pretendidos criterios universales tiene como contrapunto inevitable trabajar para la destrucción de la propia identidad en nombre de los mismos criterios universales. Raza, cultura, tradición...no tienen cabida en la cuadrícula que nuestras traidoras clases dirigentes en Occidente quieren imponer a toda la humanidad. Pero mientras en el resto del mundo la gente sabe muy bien quién es, los únicos imbéciles que no queremos saber quiénes somos y –para colmo- cuando lo recordamos nos sentimos culpables por ello, intoxicados y envenenados por una ponzoñosa propaganda, somos los occidentales.