lunes, 23 de enero de 2012

AZOTES DE NUESTRO TIEMPO: Marketing Telefónico


Todos nosotros conocemos esas molestas e invasivas llamadas que nos hacen a casa para proponernos alguna oferta comercial. Generalmente por la tarde para tener más probabilidades de que responda alguien, cuando por lo menos las amas de casa –las que quedan- no están fuera, o cada vez más frecuentemente por la noche, en horas inoportunas en las cuales o estamos cenando o descansando, o cada uno con lo suyo, pero de cualquier manera, maldita la gracia y la falta que nos hace recibir una llamada informándonos de la última promoción de nuestra compañía telefónica, o de la competencia que se empeña en ilustrarnos lo conveniente que sería cambiarse con ellos y lo bobos que somos si no lo hacemos. O para vendernos vino o libros o cualquier otra estupidez que no necesitamos.

Que si una tarifa especial, que si tantos megas, en una retahíla de números y frases estereotipadas que les han enseñado muy bien a decir. Insistentes, no aceptarán que les digamos que no nos interesa y que no queremos escucharles: les han enseñado también que no se deben detener de frente a esta reacción, que es la típica en la mayor parte de las personas, que deben combatirla para vender el producto y vencer la resistencia del potencial cliente. No les importa que siendo tan invasivos muchas personas se molesten: les importa que estadísticamente este comportamiento es para ellos conveniente, logran más resultados aunque consigan cabrear a más gente. Todo ello está estudiado. Como está estudiada y enseñada en oportunos cursos de formación la actitud intolerable de muchos de estos empleados de call center: los hay desde pesados a impertinentes y hasta francamente groseros.

Pero tiene poco sentido y en definitiva es inútil tomarla con ellos: son unos curritos que hacen lo que les ordenan y les han enseñado a hacer, en un trabajo mal pagado y ciertamente poco gratificante. A quienes hay que criticar es a quienes planean y organizan este marketing agresivo, y a quienes lo permiten.

En ciertos períodos las llamadas son frecuentes: cuando se lanza una campaña comercial, cuando se quiere batir la oferta de los competidores, y también cuando incautamente hemos dejado nuestros datos personales en alguna parte, rellenando algún formulario o solicitando alguna tarjeta. Se puede observar cómo un cierto tiempo después recibimos más llamadas inoportunas, aunque no tengan nada que ver con el motivo por el que dejamos nuestros datos. Evidentemente, protección de datos personales o no, privacy o no y demás zarandajas, tales datos se filtran en una red subterránea de canales de información.

Quizás nos hemos acostumbrado ya tanto a esto que a la mayor parte de la gente le parece normal y aceptable. A mí no. De hecho me molesta tanto que a veces ni cojo una llamada proveniente de un número desconocido, y si la cojo y escucho el típico sonido de fondo del call center cuelgo inmediatamente. Ya no tengo ganas ni de hablar para decir que me dejen en paz.

Campañas, vencer la resistencia del cliente, presionarlo…las mismas palabras y conceptos sugieren que se trata de una guerra, no sólo entre marcas sino principalmente contra nosotros, el enemigo cuya resistencia se debe vencer. Se nos debe convencer a gastar lo más posible, a consumir, con cualquier medio, a adquirir algo que no necesitamos realmente o que incluso nos es perjudicial. Todo sea por el dios del consumo.

El marketing telefónico y la profunda falta de respeto que implica, es simplemente una de las consecuencias del punto de vista que considera a las personas al servicio de la economía.

Tenemos una sociedad llena de prohibiciones y reglas para las personas, un bosque de normativas cada vez más espeso que denota una auténtica obsesión, que llamaría enfermiza, por regular todo y organizar nuestra vida. Pero en cambio la libertad económica es sagrada y las razones de la economía pasan por encima de cualquier otra consideración. Las personas están cada vez más controladas, pero las empresas sí que tienen libertad para molestarlas en su casa a cualquier hora con impertinentes campañas comerciales.

Se cambian las fechas de las fiestas, que están ahí por motivos religiosos, históricos, de tradición, políticos, en nombre de la racionalidad económica que evidentemente es lo primero. Se eliminan las restricciones al comercio ligadas a los ritmos tradicionales y las fiestas, en nombre de la libertad de la economía, aunque ello signifique asfixiar al pequeño comercio y dejar todo en manos de pocas, grandes empresas. Economía y mercado no deben encontrar trabas a su libre expansión que quiere la ocupación de todos los espacios. Si no hay consumo y actividad económica no hay vida: éste es el mensaje.

Lo primero es lo primero. Entre la libertad de las personas y la libertad del dinero el sistema en que vivimos hace mucho tiempo ha elegido lo segundo. Más claro agua. Las personas están para servir a la economía.

domingo, 15 de enero de 2012

EL REINO DEL DINERO (I): Húngaros

Este es el primero de dos o tres pequeños artículos dedicados al dominio de la economía y la finanza en la sociedad actual. Como punto de partida vamos a tomar unas noticias sobre Hungría.

No es éste un país del que se hable mucho, pero últimamente es blanco de críticas por parte de la Unión Europea y los Estados Unidos. Se expresa preocupación por la “deriva autoritaria” que está tomando el país bajo el gobierno del partido conservador Fidesz, el cual ganó las elecciones del 2010 con una amplia mayoría que ha utilizado para cambiar la constitución e introducir reformas de bastante calado.

Más o menos todos los medios concuerdan en estas críticas según un patrón que ya es habitual, cuando se da la instrucción de presentar a un país, un gobierno o un político como el malo o simplemente para hacerles entender que están sacando los pies del tiesto. Es ya cansino notar cómo los campeones de la libertad de información obedecen a sus amos y se escandalizan con facilidad en estos casos:


La UE estrecha el cerco sobre Hungría

Como se puede ver leyendo los artículos, no sólo la Unión Europea se preocupa por las libertades húngaras, sino también la diplomacia norteamericana. Tanta preocupación indica que se ha pisado algún callo importante.

Las críticas que se le han hecho a las reformas introducidas son múltiples. Empezando por lo menos importante, molesta que en la nueva constitución se mencione explícitamente el cristianismo como parte de la identidad del país, y también que se conceda el derecho de voto a las minorías húngaras que viven en países vecinos, lo que podría acarrear problemas si se convierte en irredentismo.

También se critica la represión de la libertad de expresión y el deseo de controlar los medios por parte del gobierno. Sobre esto, podemos decir que la libertad y la independencia de los grandes medios es un engaño, como demuestra existencia de campañas orquestadas de manera simultánea en todos ellos, que dicen las mismas cosas al mismo tiempo, que callan las mismas cosas, que dan voz y hacen propaganda por las mismas lobbies y con un diseño evidentemente concertado. A pesar de todas las leyes antitrust de este mundo. Por tanto, vemos que la acusación verdadera no es que los medios estén sometidos a un control, sino que sean los poderes equivocados quienes los controlan. Es decir que sea un gobierno nacionalista y no grandes corporaciones internacionales concentradas en pocas manos.

Esto es lo que molesta realmente. Está claro en el mundo real los grandes medios van a ser controlados e intervenidos por alguien y todo depende de quién sea este alguien y el uso que les dé. La pluralidad de información ciertamente es algo positivo pero en el mundo real será siempre relativa, por lo menos para los grandes medios que realmente tienen el poder de influir sobre la opinión pública, y de cualquier manera pretender que éstos sean libres e independientes, sólo porque el gobierno no pueda ejercer un control, es ridículo. Muy al contrario el control es más férreo y tiránico porque no se presenta abiertamente como control político, sino asumiendo la máscara de la racionalidad económica. En definitiva se convierten simplemente en una herramienta para condicionar y manipular un país por parte de poderes externos.

Y esto vale no sólo para la lucha política, sino también para los poderes culturales. Tenemos ante los ojos la avalancha ininterrumpida de propaganda encubierta y de basura, televisiva y cinematográfica, a que se nos somete para realizar los programas de degradación social que reciben el nombre de progresismo. 

Volviendo a las políticas del Fidesz, también se le reprocha limitar la independencia de la Justicia y en general concentrar demasiado poder en sus manos, así como manipular los mecanismos electorales para perpetuarse en el poder. Sin entrar demasiado en detalles -que no conozco como para opinar de ellos- hay que tener presente que quienes desean destruir la soberanía de las naciones necesitan ante todo gobiernos débiles y sin capacidad de maniobra, un poder fragmentado y manipulable, y sobre todo que la libertad de acción de los políticos elegidos por los ciudadanos sea cada vez menor.

Sobre todo desplazando soberanía de éstos a mecanismos o instituciones que no responden ante nadie más que sí mismos. Estas críticas pueden ser más o menos fundadas, pero creo que hay que leerlas de esta manera. Cualquier gobierno que pretenda reconquistar un espacio de maniobra para la política se encontrará siempre con una hostilidad implacable y con este tipo de reacciones.

Todo ello sin considerar que si existe un poder impertinente, invasivo, que se entromete por todas partes y no admite discusión, es el de la Comisión Europea  y sus directivas, que puede ser calificado de una auténtica dictadura burocrática cuyos hilos los mueven grupos de presión ocultos.

Pero todo lo anterior no es más que el contorno y lo accesorio, porque lo que realmente es inaceptable, el callo de que hablaba antes y que el gobierno húngaro ha pisado, es su intención de introducir un cierto grado de control sobre el Banco Central. Los institutos que emiten la moneda son absolutamente intocables para los gobiernos, los cuales no pueden ejercer ningún tipo de influencia, y esto está escrito en los tratados de la Unión Europea. Es la famosa independencia de los bancos centrales, que son quienes fabrican y emiten el dinero, deciden la política monetaria y los tipos de interés.

Todas estas decisiones, naturalmente, son de la máxima importancia para nuestras vidas cotidianas, y es como m ínimo curioso que los políticos que elegimos no puedan intervenir mínimamente en ellas. La sociedad de hoy es pura economía -o así nos dicen- y está gobernada por el dinero, pero precisamente en este terreno quienes toman las decisiones no deben responder ante los políticos que los ciudadanos votan ni ante los mismos ciudadanos. Estos políticos no pueden entrometerse en temas cruciales como la creación de moneda, y su libertad de acción en el terreno de la economía es mínima.

Esto muestra bien claramente lo que vale la democracia en que vivimos.

Naturalmente existen razones para esta separación del poder político y monetario, que esencialmente consisten en la necesidad de garantizar la estabilidad de la moneda y su valor. Unos gobernantes irresponsables, para financiarse, pueden recurrir a emitir cantidades cada vez mayores de dinero que por tanto perdería rápidamente su valor (hiperinflación) convirtiendo en poco tiempo los ahorros de cualquiera en humo y destruyendo la moneda nacional. Esto ha sucedido varias veces en la historia económica y es evidentemente lo que harían nuestros políticos democráticos, que no se preocupan de lo que pueda suceder más allá de una o dos elecciones y ya hacen bastantes daños sin tener este poder sobre la emisión de la moneda.

Sin embargo de ninguna manera la única solución es expropiar de la soberanía monetaria a los gobiernos para ponerla en manos del sistema bancario. El poder de emitir moneda es como cualquier otro y los gobernantes pueden utilizarlo bien o mal, hacer prosperar su país o hundirlo, y en la historia de todo ha habido. El veto a los gobiernos democráticos de ocuparse de política monetaria, esta insistencia en la separación rigurosa de poderes, significa evidentemente sólo una cosa: que a los gobernantes democráticamente elegidos no se les considera lo bastante fiables y serios como para darles la posibilidad de influir en estos temas. Vamos, que en sus manos la economía y la divisa nacional se hundirían.

Y no es ésta la opinión de los críticos de la democracia. Es lo que piensa la democracia de sí misma. Ella misma piensa que los gobiernos que salen de su mecanismo electoral valen tan poco que no se les puede dejar que jueguen con los controles del avión, porque lo llevarían a estrellarse. En definitiva, un sistema que permite a los ciudadanos elegir a sus líderes sólo porque éstos lideran bien poco.

Es natural que cualquier intento, por tímido que sea, de recuperar el papel de la política y de dar a ésta la prioridad sobre la economía, se encuentre con una oposición feroz. En particular la independencia de los bancos centrales es un punto clave para los señores del dinero, que se pasan por la entrepierna quién gane unas elecciones, mientras no les pisen ese callo.

Si alguien lo hace inmediatamente empezará a sufrir presiones para que renuncie a su insano propósito, y siempre se le puede hacer entrar en razón con el chantaje del crédito y la deuda. Para aumentar la presión y ahogar un poco más al país con estos medios nunca viene mal una rebaja del rating

Es así de simple. Un país endeudado o que necesita dinero está en las manos de los usureros internacionales, por lo cual los magiares, cuya situación ha servido como punto de partida para hablar de este tema, difícilmente podrán resistir a las presiones y al final deberán renunciar a sus proyectos.

Al menos por ahora. Pues es cada vez más evidente para muchos europeos que el sistema en que vivimos es un fraude, en el que los partidos y las instituciones que en teoría ejercitan la soberanía popular, no sólo piensan en su exclusivo interés de clase y trabajan para poderes y grupos de presión ocultos, sino que, además, en un mundo que se nos ha condicionado a ver como puramente hecho de dinero y economía, justamente en estos temas los políticos elegidos ni pinchan ni cortan.

Y no se trata solamente de esto. Hay todo un mundo y una ideología detrás de estos poderes, una concepción del mundo y de la sociedad, o más bien de degradación social y empobrecimiento humano, destrucción de las tradiciones y de las patrias, extirpación a la raíz de cualquier valor no reconducible al interés material, que los poderes del dinero necesitan para poder dominar. Un sistema en el que todas sus partes están relacionadas y se sostienen unas a otras.

La toma de conciencia del carácter dañino y nefasto de este sistema se abre camino, lentamente, peleando contra la manipulación y la propaganda. Muchas personas saben dentro de sí mismas, a pesar de todo, que hay algo muy profundamente corrompido en nuestra sociedad. Existe una batalla en curso, subterránea, solapada, una lucha implacable por las mentes y los corazones, entre las fuerzas que persiguen la disolución, la degradación social y la muerte de las tradiciones por una parte, y por otra los instintos sanos, los deseos de identidad, de enraizamiento y de ser algo más que un animal económico, aspiraciones que provienen de una fuente escondida y profunda de libertad que poseemos todos los seres humanos.

Que nada se mueva en la superficie no quiere decir que no esté pasando nada. Los cambios históricos son a menudo repentinos e inesperados. De la evolución de la batalla silenciosa que antes he mencionado depende si un día, cercano o lejano, uno de estos cambios históricos repentinos nos sacudirá como un movimiento telúrico que cuando sale a la superficie genera un tsunami imparable.