Este artículo fue publicado el 4 de junio de 2018 en El Correo de Madrid
La renta básica de ciudadanía es una propuesta que aparece de
manera recurrente; la sostienen amplios movimientos de opinión y es apoyada por
algunas fuerzas políticas, por ejemplo en Italia por parte del M5S, una de las
dos “patas” del gobierno que se acaba de formar en ese país. Ha sido incluso llevada
a la práctica en algunos países o regiones: por ejemplo en Alaska y en las monarquías
petroleras del Golfo Pérsico.
Estos ejemplos son muy reveladores: esta renta básica, que es
cobrar un sueldo por el mero hecho de ser ciudadano sin hacer nada, se puede mantener
por los beneficios de la industria del petróleo y el gas. Es decir que es un
lujo que los habitantes de esas regiones pueden permitirse porque están
sentados, por así decir, sobre un tesoro.
Naturalmente, en estos casos, aunque económicamente sea
posible la renta básica tiene una serie de implicaciones; la principal es la de
crear generaciones de inútiles subvencionados y parásitos, saboteando el futuro
de la nación y haciéndola totalmente dependiente, no sólo de ese recurso que
proporciona la riqueza, sino también del trabajo de extranjeros. En este caso
reivindicar la renta de ciudadanía equivale al proyecto de una vida vegetativa
solicitando una parte de esa riqueza que (desde el punto de vista del
mantenido) brota de un grifo, del cual se bebe porque es de todos.
Sin embargo, en el caso de las naciones que no están sentadas
sobre un tesoro natural, como sucede en Europa y en general en las naciones
industrializadas y técnicamente avanzadas, el discurso es muy diferente. Aquí
la riqueza no crece de los árboles ni brota del subsuelo; esa riqueza es
principalmente el resultado del trabajo, de la educación y una habilidad
técnica construidas con esfuerzo, utilizando recursos naturales que son
limitados.
Entonces, cuando la riqueza es principalmente el producto del
trabajo, reivindicar una renta básica de ciudadanía equivale exactamente a
proclamar el derecho a ser mantenido por el trabajo de los demás. Es la
filosofía, si así queremos llamarla, del vago, el oportunista, el parásito y el
caradura de toda la vida.
Entendámonos. No voy a defender esa ética del trabajo de raíz
protestante que, si bien tiene sus méritos, cae en excesos cuando considera el
trabajo un fin en sí mismo y centra la realización del ser humano en el
trabajo; peor aún en su aberrante versión calvinista, que es simplemente un malamente
travestido culto al dios dinero. Sin embargo una cosa es relativizar el valor
del trabajo, comprender que la vida es mucho más que esto, otra muy distinta asumir
la forma mental del parásito y el niño mimado.
Es justo y defendible denunciar que producimos muchas cosas
inútiles, combatir la doctrina del crecimiento económico, reivindicar valores
de sobriedad y ascetismo, así como la ética del ocio; deplorar la absurda
agitación de la sociedad actual y su estúpido activismo a ultranza cuya mejor
imagen la tenemos por cierto en los gimnasios, donde decenas de personas corren
sobre una cinta para no moverse y no ir a ninguna parte. Pero tiene también que
existir un equilibrio entre lo que damos y lo que recibimos.
Personalmente me opongo al consumismo, a la estúpida
ideología del crecimiento a toda costa, a los dioses impíos de la producción y
la economía y la proactividad. Pero eso no quita que me guste disfrutar de
ciertas cosas, que para vivir la vida como yo creo que debo vivirla utilice el
trabajo de muchas otras personas. Utilizo un automóvil para desplazarme y para
mi esparcimiento, máquina compleja que tiene detrás miles de horas de trabajo
de otros. Disfruto asistiendo al concierto de una orquesta sinfónica, cuyos
miembros han empleado miles de horas en adquirir y afinar una difícil habilidad,
todo ello para que yo pueda gozar de ese concierto. Y así podríamos seguir al
infinito. Por tanto utilizo y necesito para mi vida el trabajo de muchas otras
personas; es simple reciprocidad que yo deba asimismo aportar mi trabajo para tener
derecho a utilizar este trabajo ajeno.
Pido disculpas al lector por este discurso que es verdaderamente
banal, elemental y básico; pero parecemos haber llegado a tal nivel de
decadencia que se ha vuelto necesario explicar estas cosas. Se trata en efecto
de un razonamiento extremadamente sencillo y al alcance de cualquiera; sin
embargo no les entra, a esa masa de niñatos malcriados que han crecido con el
convencimiento de que tienen derecho a algo a cambio de nada.
Lo comprendería si la pretensión fuera trabajar poco o nada,
llevando de manera consecuente una vida reducida al mínimo, desde el punto de
vista de las necesidades materiales. Una vida de asceta o eremita renunciando a
caprichos, viviendo y comiendo de manera frugal, cultivando la propia comida,
con alojamientos básicos, etcétera. Puedo respetar esto y comprenderlo, sería
una elección de vida con la cual, incluso, uno podría estar de acuerdo hasta
cierto punto.
Pero no es esto los que quieren nuestros paladines de la
renta básica y sus reivindicativos. No. Lo que quieren es móviles de última
generación, conexión de banda ancha a internet, motos y automóviles, irse de
vacaciones para recargar las pilas y cuidar su bienestar integral, que alguien les
sirva la comida y la bebida, vestir bodrios de marca, vivir en buenas casas y
alargar la mano en las estanterías del supermercado para conseguir su alimento.
Todas esas cosas, absolutamente todas, son posibles exclusivamente gracias al
trabajo de los demás. Pero ellos las quieren disfrutar sin poner, de su parte, ni
una sola de las preciosas horas de su tiempo. Prefieren pasarlas fumando
marihuana en un sillón mientras proclaman que son creativos.
Y no contentos con todo lo anterior quieren además, como
suprema, impúdica reivindicación, tener el derecho a votar y participar de la
vida política.
MAX ROMANO
1 comentario:
Bravo. Tienes razón, parece mentira, pero hoy es necesario explicar cosas que hasta hace muy poco todo el mundo tenía claras.
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