sábado, 14 de abril de 2012

AZOTES DE NUESTRO TIEMPO: RACISMO ANTIBLANCO


El tema de esta entrada, uno de los Azotes con pleno derecho, es algo que mucha gente ni siquiera reconocerá. Intoxicada por una cierta propaganda, la mayoría asocia en primer lugar la palabra racismo con la maldad de los blancos y el trato vejatorio de éstos hacia otras razas, especialmente los morenos. En efecto, hemos sido condicionados a pensar que los “malos” son siempre los blancos y los “buenos” son todos los demás.

Estas afirmaciones pueden parecer excesivas y arbitrarias; sin embargo el racismo antiblanco es una política deliberada, llevada a cabo por los gobernantes -en su mayor parte blancos- de los países blancos, o mejor dicho que lo fueron en el pasado y cada vez lo son menos. No entro en si esto es bueno o malo, interesando aquí sólo el rechazo contra la raza blanca que expresan los gobiernos, la cultura y las “élites” –por llamarlas de algún modo- de nuestros países.

Hay una interesante y muy reciente entrada en Círculo Identitario Nietzsche sobre este tema específico. También en Los Diarios de Winston hay buenos e informativos artículos que se pueden consultar como el de la esclavitud que se menciona más abajo. El artículo del Círculo es:


Puede parecer simplista de entrada hablar de blancos, morenos, asiáticos, y toda la variedad de tipos y razas humanas, e incluso mal fundado o directamente absurdo querer distinguir entre razas que cada vez están más mezcladas. ¿Quién hay que definir como blanco y quién como moreno, árabe,etc…? ¿No se nos dice además que somos todos iguales?

Objeciones inconsistentes porque resulta que -como siempre- algunos son más iguales que otros. Se nos dice que hay que tratar a todos como individuos sin que importe el color, pero cuando se trata de definir quién tiene el certificado de Minoría Oprimida, quién es merecedor de privilegios y ayudas que no se merecería como individuo, se sabe muy bien quién es blanco y quién no.

También resulta que cuando se trata de señalar quién es el malo y quién es el bueno según la caricatura grotesca de la historia y la sociedad que nos ofrece  la mentalidad progresista, ahí se acaban los individuos y empiezan las razas: se sabe perfectamente quién es blanco y quién no.

Se puede resumir en pocas palabras esta perversa forma mentis, diciendo que las razas no existen -nos lo repiten obsesivamente hasta en la sopa- excepto para decir que los blancos son los malos. En ese contexto y sólo para esto el concepto de raza, presuntamente refutado, adquiere realidad.

Empecemos con dar una definición de racismo que considero medianamente buena y adecuada a lo que queremos transmitir:

“Sentimiento de rechazo, odio, desprecio o aversión a uno o más grupos étnicos o raciales así como la discriminación por estas causas, entendida como el trato indigno que un grupo racial recibe”

Se sobreentiende que esta actitud, para poderse llamar racismo, debe estar motivada por la pertenencia al grupo racial y no por las cualidades como individuo.

Los primeros efectos de la propaganda antiblanca se pueden observar en cuestiones banales. Por ejemplo todos hemos escuchado mil veces la coletilla exculpatoria “pero yo no soy racista” cuando se critica o condena a individuos que lo merecen pero que no son blancos, o se constata simplemente la mayor incidencia de comportamientos criminales en ciertos grupos raciales.

Aquí hay ya un primer condicionamiento mental que -ciertamente- alguien ha  introducido en las mentes, una especie de presión moral para que el no blanco goce de una cierta “benevolencia adicional”. Lo cual implica evidentemente un tratamiento negativo hacia el blanco, no como individuo sino por el color de su piel, lo que entra de pleno en la misma definición que se nos da del racismo.

El concepto de discriminación es uno de los más manipulados por la demagogia progresista e igualitaria, hasta el punto de que se ha hecho irreconocible. Discriminar es en su significado original distinguir, establecer criterios para separar y manejar diferencias, tratar de manera distinta personas y grupos distintos. Uno discrimina cuando se trata de elegir una persona para una tarea o como compañero, uno discrimina entre grupos por ejemplo a la hora de establecer un programa de atención sanitaria por grupos de edad o por sexo, basándose en las diferencias entre tales grupos.

El sentido negativo de trato inferior hacia un grupo determinado, y sobre todo su connotación peyorativa, es una perversión del significado que viene directamente del prejuicio igualitario, según el cual todos los grupos son iguales por naturaleza. O también viene, en un igualitarismo menos ingenuo y pocas veces expresado abiertamente, de considerar las diferencias como inmorales. Por tanto deben ser, si es posible, eliminadas, pero en cualquier caso no se debe hablar de ellas y se deben ocultar. De aquí que toda discriminación sea considerada como inmoral. La palabra, el mismo concepto se vuelven algo a condenar.

Ciertamente cada individuo responde por sí mismo y debe ser considerado según sus cualidades, pero las diferencias entre razas y comunidades existen, y apenas se consideran grupos humanos y no individuos aparecen con la máxima evidencia.

Como mínimo es indudable que las desigualdades entre las razas a nivel de inteligencia, carácter, habilidades, si no justifican tratar a una persona concreta según las características de su raza, pues es correcto que a cada uno se le valore según su calidad personal, sí revelan como injusta y aberrante cualquier política de discriminación positiva y privilegio hacia una raza o un grupo, basada en una presunta igualdad a priori entre grupos.

En el tema de la discriminación positiva vemos por tanto una evidente realidad de racismo antiblanco, tanto que sólo la mala fe puede negar su existencia. El retorcimiento mental y el verdadero nombre de los autoproclamados antirracistas se muestra ya en el uso del concepto y la misma palabra de discriminación, considerado un pecado mortal pero aquí defendido porque va contra los blancos.

Políticas basadas en falsos prejuicios de igualdad racial, engaños e imposturas que se mantienen sólo con la ocultación de la realidad de las diferencias raciales, junto con una infame y difundida actitud que ve con buenos ojos hablar de desigualdades raciales sólo cuando la comparación es desfavorable para los blancos.

Aquí se les ve claramente el plumero, aparece el odio de fondo contra la raza blanca que anima a los antirracistas. Éste es evidente en cuanto nos damos cuenta de que según sus mismas definiciones el racismo en primer lugar es el suyo. Pero la manipulación funciona porque se han apropiado de esa palabra, como de tantas otras; racismo es a estas alturas una palabra de propaganda, que sirve sólo para culpabilizar y demonizar a quienes no comulgan con el progresismo y el racismo antiblanco.

Pasando a otro ejemplo de lo mismo, especialmente escandaloso es el tratamiento totalmente diferente de ciertos episodios de violencia en que el factor racial puede intervenir. Se ha comentado algo sobre esto en  en la entrada Gobernados por Traidores. Como decía en ese artículo el patrón es muy evidente: cuando la víctima es blanca y los agresores de otro color, la víctima es invisible; sobre todo si la agresión tiene un aspecto racial se pone mucho cuidado en censurar esta información. Todo lo contrario si la víctima no es blanca y el agresor sí. Se insistirá machaconamente sobre el racismo blanco y si no existe ninguna motivación racial los medios se la inventarán. Veremos un rasgarse las vestiduras y una indignación general con manifestaciones incluidas, actos de contrición públicos y retórica barata durante días.

Se trata de una directiva en toda regla: un crimen o una agresión se califica de racial cuando el perpetrador es blanco y la víctima no. En caso contrario es un crimen como cualquier otro. La pauta es tan clara que da risa, en estos temas como en muchos otros, oír hablar de medios y periodistas independientes, cuando tan evidentemente siguen una línea dictada desde arriba.

También podríamos hablar como un fenómeno relacionado, de la exaltación de todo lo que no está en la tradición de los pueblos blancos. Tal exaltación no está en realidad asociada a un interés genuino por esas culturas, sino que es, en primer lugar, un culto de lo extranjero en función de rechazo por lo blanco. En segundo lugar es también una exaltación de la idea sentimental y superficial que ciertos intelectuales blancos progresistas de salón tienen de las otras culturas. Culturas que en realidad rechazarían horrorizados si se las tomaran en serio, si fueran más allá de la música –inauténtica por lo demás-, la comida étnica y en general la versión soft de la multiculturalidad para el consumo de turistas y oenegetas de buenas intenciones.

Se podría hablar también de episodios de violencia y persecución de poblaciones blancas en África en los años recientes, como el expolio y la limpieza étnica contra los granjeros blancos en Zimbabwe –que eran los que daban de comer al país- y la violencia contra la población blanca sudafricana.

Aquí los antirracistas no tienen nada que decir y púdicamente pasan de puntillas sobre el tema, cuando no lo justifican implícitamente con el racismo por parte de los blancos en esos países y sus indebidos privilegios como terratenientes y propietarios de explotaciones.

Suponiendo por hipótesis que se acepte tal punto de vista, está claro sin embargo que no se trata de justicia sino de odio contra el blanco. Y aún más cuando se considera la opinión real de muchos progresistas y antirracistas, pocas veces expresada abiertamente, según la cual los blancos están en el continente negro como invasores y expoliadores, aunque lleven varias generaciones y hayan creado gran parte de la riqueza de esos países.

Curiosamente a la misma gente le parecería monstruoso usar idénticos argumentos al contrario y hablar de Europa como el continente blanco. Misterios de la psique humana. 

También se escucha a veces que España debería compensar a los países sudamericanos por los males del colonialismo y los daños y sufrimientos infligidos a las poblaciones autóctonas. Esto naturalmente es un risible discurso demagógico contra el cual ni vale la pena gastar palabras, pero ha calado en la población inmigrante y en los antirracistas que les siguen la corriente. Pero más allá de lo que cuatro necios y líderes políticos semianalfabetos puedan pensar, es evidente que tal demagogia es posible sólo en una atmósfera general de propaganda antiblanca y generación artificial de un sentimiento de culpa, alimentado por las siniestras lenguas de serpiente del marxismo cultural.  

El doble rasero con el que se consideran los episodios cruentos y oscuros de la historia es otra impostura. Esclavitud, guerras e imperialismo, voluntad de poder…prestando oídos a cierta propaganda, parece que solamente el hombre blanco ha utilizado la violencia y la guerra y los demás son unos santos. Pero la verdad es –con abstracción de cualquier cuestión ética- que la violencia y la guerra han sido siempre los motores de la historia, son los medios con que se han construido todas las naciones y los imperios. Cualquier pretensión de establecer razas buenas y malas es pueril y patética.

La esclavitud por ejemplo ha sido practicada por muchos pueblos y sin ir más lejos por los árabes con los europeos, y con los negros hasta bastante después de su abolición en las sociedades blancas. Hoy en día en muchos países árabes hay gran cantidad de trabajadores extranjeros en condiciones muy cercanas a la esclavitud, aunque no lleven formalmente este nombre, y que sufren los peores abusos. Todo ello nos hace ver cuán tendenciosa es la identificación de blancos como esclavistas y cualquier veleidad de hacer recaer una responsabilidad histórica en la raza blanca.

Sobre este tema concreto de la esclavitud aconsejo el excelente escrito de Winston que ha puesto las cosas en su sitio y proporciona una buena cantidad de informaciones, además de dejar claro que la abolición de la esclavitud en el mundo fue en primerísimo lugar impulsada por Occidente. El artículo es el siguiente: 



En otros pueblos esta enfermiza pulsión a la autoinculpación es inexistente o por lo menos mucho más débil. Por ejemplo los japoneses son bastante impermeables a este tipo de necedades, excepto la parte más degenerada y mentalmente floja de la población. Para ellos y hablando en general más que la culpa existen las relaciones de poder. El complejo de culpabilidad que los vencedores de la segunda Guerra Mundial han instilado en la nación y el pueblo alemán, la destrucción del orgullo nacional de un pueblo por los pecados de los padres, en Japón encuentra sus límites. Aunque los ocupantes americanos hayan hecho lo posible para destruir la cultura japonesa y sustituirla con su modelo de vida -con bastante éxito- no han podido lavarles el cerebro para que se sientan culpables más que en una cierta medida .

En la manera de ver las cosas del nipón, los americanos han transformado la sociedad y las instituciones japonesas porque han vencido y el vencedor manda. Punto. Ciertamente no porque Japón haya cometido un pecado inexpiable, porque sea moralmente malvado o peor que los demás. Los jerarcas japoneses fueron ahorcados porque ganaron los yanquis y no porque fueran “criminales contra la humanidad”.

Por otra parte quienes han arrasado dos ciudades con bombas atómicas y unas cuantas más con bombas incendiarias lo tienen bastante crudo para convencer de su superioridad moral. A menos naturalmente que exista ya desde antes una cierta propensión al sentimiento de la culpabilidad y del pecado, propensión que quizás ayude a explicar el fenómeno del racismo antiblanco.

Concluyendo ya e intentando abarcar el cuadro global, existe sin duda una conexión profunda entre las ideologías de izquierdas, el marxismo cultural en general y el racismo antiblanco que corroe y debilita las naciones que han sido la cuna de nuestra cultura. Se trata de una campaña de largo alcance que representa ni más ni menos que la inoculación de una enfermedad. Una infección de culpabilidad racial que debilita ese organismo que es la sociedad, portadora y vehículo material de una tradición  que sin ella está condenada a desaparecer. Esto es lo que está en juego.

Otros pueblos no están carcomidos por este odio contra ellos mismos, ni debilitados con tanta gilipollez buenista. Tienen un sentido sano de su propia identidad y a menudo una agresividad, un revanchismo contra el blanco malamente disimulado. No es que sean malos ni que esto sea injusto: dejándonos de lloriqueo y sentimentalismo barato, se trata de que simplemente cada uno juega sus cartas,  y quien es débil, incapaz de afirmarse o pierde la voluntad de mantener su identidad –que es lo que los criminales antirracistas han hecho a los pueblos blancos- está a merced de los demás que se aprovechan de ello y sacan ventaja. El ingenuo sentimentalismo de los progresistas está llamado a desaparecer y a estrellarse con la dura realidad en cuanto los nudos empiecen a llegar al peine.

Seguramente merece una indagación más en profundidad esta traición de las clases dirigentes europeas contra su propia gente, que aún es la raza mayoritaria en Europa, la que ha construido la tradición y la cultura en que nos reconocemos. Tema complejo y sobre el que hay varios puntos de vista, seguramente cada uno con su parte de verdad.

Según un cierto punto de vista el hombre blanco ha representado la Historia, en palabras de Giorgio Locchi, y la tendencia igualitaria, de la cual el marxismo cultural es una expresión, que persigue el fin de la historia, su anulación y final, la inmersión de la Humanidad en un eterno presente. Sigue de ello la lucha contra todo lo que es blanco y europeo.

Según otros el quid de la cuestión puede estar en otro lugar, en la mezcla de razas o en la imposición de mentalidades extrañas al modo de ser europeo. O puede depender de una multitud de factores contingentes. Pero estas cuestiones tan amplias requerirían un libro entero.

Sin embargo es indudable, volviendo a lo concreto y a lo que tenemos cerca, la existencia de un racismo antiblanco que es política de Estado de unas élites traidoras.

Política que se complementa con el apoyo a fuerzas e ideologías destructivas como el feminismo, el fomento de la homosexualidad y la ideología de género, en un proyecto coordinado uno de cuyos fines bien podría ser el hundimiento demográfico de las poblaciones blancas y por tanto la imposibilidad a largo plazo por parte de éstas de perpetuar y transmitir su tradición y una visión del mundo propia.