domingo, 7 de agosto de 2011

AZOTES DE NUESTRO TIEMPO: ASISTENCIA PSICOLÓGICA

Esta entrada del blog fue la primera versión para el capítulo correspondiente del libro "Azotes de Nuestro Tiempo" publicado en 2017. Se dejan algunos párrafos como muestra.

De vez en cuando las noticias nos recuerdan que pueden ocurrir tragedias, no en países lejanos donde sabemos que hay guerras, conflictos, pobreza, sino en nuestra sociedad opulenta. Creíamos haber desterrado completamente la inseguridad y el azar terrible que en cualquier momento puede segar nuestra vida, pero en realidad nunca será posible eliminar totalmente este elemento, a pesar de la tecnología a la que pedimos, o exigimos, que nuestra existencia sea totalmente segura y organizada. En cualquier momento puede suceder algo inesperado que nos devuelva a la realidad y nos recuerde que la muerte es parte de la vida.

[...]

Consecuencia de ello es el negarse a admitir la muerte, querer eliminarla o borrarla de nuestra conciencia, que es una tendencia creciente en nuestra sociedad. Tratar la muerte como un tema tabú o de mal gusto, hacer como si no existiera. Y más en general pero en la misma línea, la frívola pretensión de considerar como un derecho no sufrir experiencias desagradables y negativas.

[...]

Ya de entrada podría sostenerse que el simple hecho de que una persona extraña pretenda compartir con nosotros una tragedia constituye un acto de impertinencia y falta de respeto: alguien se quiere introducir en nuestra esfera más íntima. Hay quien lo siente así, incluso cuando la intención es sincera.

[...]

El aspecto fundamental aquí, el hecho cargado de significado, es que el sistema en que vivimos pretenda gestionar el dolor humano, introducir un enjambre de figuras, inútiles en la mejor de las hipótesis, que pretenden ir más allá de la mera asistencia material y entrar en la elaboración de nuestros lutos, estados de ánimo, ansiedad y sufrimiento. En todo ello parece evidente una falta de pudor y de límites, una obsesión delirante por regular y gestionar todo, por entrometerse en un ámbito exquisitamente privado e íntimo, en el que no deberían intervenir personas extrañas, por muy buena que sea la intención.

[...]

Nuestros padres y abuelos nunca tuvieron necesidad de estas figuras ni las habrían aceptado. Tenían el pudor y la sabiduría de elaborar los momentos dramáticos de su existencia solos, o con las personas que significaban algo para ellos y que compartían su vida. Y afrontaban estos momentos con una entereza y una dignidad absolutamente desconocidas para las nuevas generaciones asistidas por psicólogos. Porque sabían que el sufrimiento es parte de la vida, y sabían que parte del arte de vivir es saber afrontarlo con las propias fuerzas.

[...]

La misma sociedad que se llena la boca con la “autonomía del individuo” quiere reducirnos a una masa de lloricas que necesita asistencia psicológica institucionalizada para asumir la pérdida de un ser querido, cuando durante miles de años hemos sido capaces de hacerlo sin ello.

[...]

Delegar nuestra vida interior a extraños, engrasar nuestro espíritu, cambiarle alguna pieza de vez en cuando como hacemos con el coche,  vivir mecánicamente y ser “felices” sin inquietudes –las inquietudes y hasta la insatisfacción consigo mismo son simples patologías que deben ser tratadas por oportunos profesionales- y haciéndose pocas preguntas, prefabricadas como las respuestas.

No hay comentarios: