miércoles, 18 de septiembre de 2019

EL DÍA DE LA MADRE, EL PROFESOR DE FILOSOFÍA Y LA GUERRA CONTRA LA MATERNIDAD







Artículo publicado en El Correo de Madrid

Dos episodios relacionados entre sí: uno con algo de repercusión en los medios, el otro absolutamente privado. Cada uno a su manera, nos abren una pequeña ventana de comprensión sobre el mal profundo de la sociedad actual.

El primero, un anuncio publicitario en ocasión del Día de la Madre que generó una de las polémicas más estúpidas que yo recuerde y dio pie a que el gobiernuzo de taifas valenciano, dominado por las hordas de la degeneración, iniciara un expediente sancionador. Supongo que quedó en nada, pero el aviso estaba dado. El problema con aquella publicidad era que presentaba a las madres como “muy entregadas”, “poco egoístas” y “sin quejas”. Más allá de la finalidad comercial, a su manera se trataba de un elogio a las madres y transmitía una visión positiva de la maternidad. Cuesta trabajo ver qué había de malo en ello, pero fue suficiente para provocar ataques incontrolables de urticaria, a esos que están siempre al acecho y van a la caza de “estereotipos” y de “sexismo”; como los cerdos que se usan (o se usaban) para encontrar las trufas enterradas donde nadie más puede hacerlo, ellos son capaces de hallar sexismo y estereotipos en lugares insospechados.

El segundo episodio fue protagonizado por un profesor de filosofía que, en su clase de instituto y como parte de un discurso más general, tuvo la osadía de hablar positivamente de los valores de la maternidad y su importancia para la mujer. Esto le valió una reprimenda por parte de sus superiores y fue parte de los motivos (puramente ideológicos) por los que posteriormente perdió su trabajo. Se trata de un pequeño episodio que no es un caso aislado ni anómalo, sino que representa la situación general: el “golpea a uno para educar a cien” de siniestra memoria se ha reciclado como una consigna no escrita del actual sistema educativo, un tabú que prohíbe mencionar la maternidad como algo positivo o reivindicar sus valores. Quien lo hace es reprendido o represaliado, como le sucedió a este profesor.

En los dos casos que he comentado hay necedad, retorcimiento y deformación mental, sectarismo, ceguera. Todo ello es verdad y sin embargo si nos quedáramos aquí no llegaríamos al fondo de las cosas. En efecto hay necedades no casuales sino orientadas, retorcimientos y deformaciones mentales no al tuntún sino bien dirigidos, sectarismos no gratuitos sino con una finalidad precisa.

Lo que estamos viviendo es algo más grande y que trasciende el ámbito puramente individual. Estamos ante una campaña masiva, capilar, permanente contra la maternidad; la existencia de esta campaña revela la de un poder que la proyecta y ejecuta, invisible pero no tanto y que de cualquier manera se revela por sus efectos; es capaz de censurar la publicidad, las palabras de los personajes públicos, el contenido y el discurso de los medios; puede imponer directivas de obligado cumplimiento a los colegios para que las chicas no reciban mensajes positivos acerca de la maternidad, articulándose en una represión directa contra cualquiera que se salga del guion de obligado cumplimiento.

Desgraciadamente esta campaña antimaterna ha calado hondo en la mentalidad de la mujer moderna, que ya no ve la maternidad como una alta misión y una posibilidad vital de realización sino como un impedimento y un obstáculo.

Naturalmente, esto denota la total falta de criterio y de personalidad de la mujer media actual. La emancipada de todo y de todos. Pero tan limitada mentalmente que ha apurado hasta las heces y con entusiasmo la gran copa de vulgaridades, de miserias intelectuales, de paupérrimos criterios de medida e ideales de vida que le han vendido. No sólo se ha dejado convencer de que debe dejar de ser sí misma y competir con los hombres en todo, sino que además se ha dejado convencer de la estupidez definitiva: que la única cosa que ella puede hacer y los hombres nunca podrán, la maternidad, es demasiado poco para ella.

Este esfuerzo sistemático para llevar a las mujeres al rechazo de la maternidad, para lograr que las mujeres no quieran tener hijos, es un envenenamiento de nuestro presente y un sabotaje de nuestro futuro, una guerra criminal y canalla contra nuestra civilización. Todos los que colaboran en ello: movimientos políticos, intelectuales de la degeneración, féminas desviadas, eunucos mentales, cobardes colaboracionistas; todos ellos forman la gran chusma que está destruyendo nuestro futuro, la horda oscura portadora de una cultura de la muerte y de la nada, los artífices del gran aborto que amenaza acabar con nuestro porvenir sin darle siquiera el tiempo de nacer.

MAX ROMANO

viernes, 13 de septiembre de 2019

TODOS SOMOS PLÁCIDO DOMINGO. CONTRA EL FANATISMO HISTÉRICO Y LA CAZA DE BRUJAS





El caso de Plácido Domingo acusado de ese delito nebuloso, indefinible que se llama “acoso sexual” es un episodio más de la gran campaña de acoso y derribo contra el varón. Esa gran cacería que la feminizada y antimasculina sociedad occidental (especialmente la norteamericana) ha organizado contra el hombre.

Se ha creado una atmósfera envenenada de histeria colectiva y de linchamiento mediático que cada vez va a más; pero sobre todo se ha ampliado de manera aberrante el concepto de “acoso” hasta perder cualquier contenido objetivo y verificable, convirtiéndolo en un arma para perseguir al varón. Estamos llegando a la monstruosidad de que cualquier aproximación a una mujer puede ser considerada acoso porque éste se define sobre la única base de los sentimientos de “incomodidad” y la subjetividad de la mujer. O su mala fe impune y empoderada.

El nivel de histeria es tal que esta acusación es prácticamente una condena, aunque ese sentimiento de “incomodidad” y la percepción subjetiva llegue con un retraso de decenios. Quizá no siempre una condena en los tribunales, pero sí para la mediocre opinión de una sociedad mentalmente secuestrada. Los normales criterios y parámetros jurídicos no se aplican aquí porque es un delito de lesa majestad contra la fémina. La analogía es imperfecta, sin embargo, porque en tiempos pasados los delitos de lesa majestad estaban claramente definidos, mientras que en estos tiempos degenerados la objetividad del derecho ha sido sustituida por la arbitrariedad y la subjetividad femeninas.

El objeto de todo esto es, evidentemente, criminalizar la iniciativa masculina para hacer vivir al hombre en un estado de inseguridad y sometido a presión constante; que haya un pretexto para denunciar al varón cuando haga una proposición a una mujer. Naturalmente esto no sucederá la mayor parte de las veces; pero él sabrá que jamás pisa terreno firme, que se la juega sobre arenas movedizas. Precisamente de eso se trata.

¿De verdad vamos a condenar socialmente a un gran artista porque una mujer dice que se le acercó demasiado en cierta lejana ocasión, o porque otra se sintió incómoda por una proposición suya hace veinte o treinta años? ¿Qué clase miserable de sociedad estamos creando?

Se podría pensar que estos son sólo excesos remediables, una sobreprotección a la mujer que se ha “pasado de frenada” y llega a perseguir al varón. Esto será cierto pero es insuficiente y se parece mucho a esconder la cabeza en la arena para no ver lo principal: la deliberada campaña contra la masculinidad, la voluntad de envenenar las relaciones entre hombres y mujeres.

No terminaré estas consideraciones sin una nota de optimismo: la ovación calurosa que el público de Salzburgo ha dedicado a Plácido Domingo en su primera actuación tras las acusaciones. Una bofetada pequeña, pero éticamente inmensa, al fanatismo histérico feminista.

Y estas pequeñas bofetadas son las que, cada uno a nuestra manera y en nuestra vida cotidiana, podemos y debemos propinar al rostro frío y muerto de la corrección política.

MAX ROMANO

jueves, 5 de septiembre de 2019

EL PELELE DE TRAPO, LOS PELELES DE CARNE Y EL BAILE DE LOS MALDITOS





Es o era tradicional, en varias fiestas de nuestra geografía, el ritual de la “quema del pelele”; ese muñeco de trapo que festivamente es dado en pasto a las llamas y puede simbolizar varias cosas, se le puede cargar de significado un poco “a gusto del consumidor” por así decir.

En particular, la quema del pelele ha sido resucitada en ocasión de fiestas y celebraciones feministas, o fiestas tradicionales que el supremacismo hembrista ha contaminado  identificando el pelele quemado con la “violencia machista” o el “maltratador”.

A nadie se le escapará, creo, que lo que ahí se quema simbólicamente es el varón y la masculinidad. El significado es transparente, por mucho que las féminas promotoras de la quema intenten con penosas acrobacias verbales disimularlo y negarlo.

Y mientras el pelele de trapo arde, lo que da auténtica grima es ver a los peleles de carne y hueso de sexo masculino aplaudiendo mientras les queman en efigie. Naturalmente ellos también saben, en el fondo, que el pelele son ellos. Puede que se lo nieguen a sí mismos, pero en algún rincón de su mente lo saben perfectamente, aunque no lleguen a formular el pensamiento. Una conciencia que corroe el ser y genera un oscuro malestar. Intentarán sí olvidarlo, enmascararlo, negarlo; distrayéndose con estupideces o dedicándose a estupideces o hablando estupideces; o fingiendo ser felices y creer en todo ese gigantesco montón de basura de la igualdad y el feminismo y la perspectiva de género.

Sin embargo el punto de partida y de llegada es el mismo: en el fondo saben que ellos son el pelele y no pueden no saberlo. Como no puede no saberlo el varón actual que vive permanentemente dentro de un gran ritual de quema del pelele y siente ese mismo oscuro malestar.

Como un ejemplo particularmente desagradable de estas “celebraciones” recuerdo el vídeo de un “ritual de magia abortista” en el que un pelele del tamaño de un feto era golpeado, hecho blanco de escupitajos vejado de varias maneras antes de ser quemado por “machista” y “patriarcal” y “asesino” y demás flatulencias mentales que las “nuevas brujas” (ellas mismas se definen así) repetían festivamente, alegremente, en compañía de seres de aspecto masculino no menos entusiastas que sus compañeras. Por cierto que dando forma humana al pelele de trapo, reconocían que para ellas el feto es ya un ser humano (para representar un simple grumo de células, como fingen creer, bastaría una bola de trapo sin brazos ni piernas ni cabeza) y por tanto reivindicaban derecho de vida y muerte sobre él en virtud del poder del Santo Coño.

Eran personas jóvenes, apenas salidas de la adolescencia, pero nos equivocaríamos en considerarla simplemente una gamberrada o cosas de muchachos sin importancia. Muy al contrario era un preciso ritual operativo de odio contra la maternidad y contra el hombre, un conjuro mágico en sentido propio (porque la magia es poder sobre las mentes) contra la vida y contra el futuro. Y no son cuatro trastornadas sino la expresión de potentes fuerzas que actúan en nuestra sociedad, invisibles a los necios que no ven más allá de sus narices.
El pelele quemado era, aquí también, la representación de los pobres peleles que jaleaban el aquelarre; el ritual de escupitajos y vejaciones la expresión simbólica del tratamiento que reciben a manos de sus amas, aplaudido y coreado por  ellos mismos en un perverso juego de espejos autorreferente.

¡Bailad, peleles de carne, bailad el baile del Santo Coño! ¡Bailad mientras os queman en efigie y agradecéis vuestra vida de esclavos y pedís perdón por haber nacido con pito!

¡Bailad, bailad, malditos!, como rezaba el título de una vieja película. Porque son, ellas y ellos, los malditos de la no-vida y la negación del futuro. La quema en efigie del feto, símbolo de la vida, del futuro y de la renovación, es elocuente. Son el no-futuro, el agujero negro de la civilización del cual nada puede salir.

O quizá simplemente un desagüe de alcantarilla que se ha atascado y ha rebosado inundándolo todo. Bien pensado, quizá sea ésta la imagen que mejor describe tantos aspectos de la sociedad actual y mucho de lo que está sucediendo.

MAX ROMANO