miércoles, 13 de junio de 2018

LA RENTA BÁSICA DE CIUDADANÍA, EL SUEÑO HÚMEDO DEL NIÑO MIMADO


Este artículo fue publicado el 4 de junio de 2018 en El Correo de Madrid

La renta básica de ciudadanía es una propuesta que aparece de manera recurrente; la sostienen amplios movimientos de opinión y es apoyada por algunas fuerzas políticas, por ejemplo en Italia por parte del M5S, una de las dos “patas” del gobierno que se acaba de formar en ese país. Ha sido incluso llevada a la práctica en algunos países o regiones: por ejemplo en Alaska y en las monarquías petroleras del Golfo Pérsico.


Estos ejemplos son muy reveladores: esta renta básica, que es cobrar un sueldo por el mero hecho de ser ciudadano sin hacer nada, se puede mantener por los beneficios de la industria del petróleo y el gas. Es decir que es un lujo que los habitantes de esas regiones pueden permitirse porque están sentados, por así decir, sobre un tesoro.


Naturalmente, en estos casos, aunque económicamente sea posible la renta básica tiene una serie de implicaciones; la principal es la de crear generaciones de inútiles subvencionados y parásitos, saboteando el futuro de la nación y haciéndola totalmente dependiente, no sólo de ese recurso que proporciona la riqueza, sino también del trabajo de extranjeros. En este caso reivindicar la renta de ciudadanía equivale al proyecto de una vida vegetativa solicitando una parte de esa riqueza que (desde el punto de vista del mantenido) brota de un grifo, del cual se bebe porque es de todos.


Sin embargo, en el caso de las naciones que no están sentadas sobre un tesoro natural, como sucede en Europa y en general en las naciones industrializadas y técnicamente avanzadas, el discurso es muy diferente. Aquí la riqueza no crece de los árboles ni brota del subsuelo; esa riqueza es principalmente el resultado del trabajo, de la educación y una habilidad técnica construidas con esfuerzo, utilizando recursos naturales que son limitados.


Entonces, cuando la riqueza es principalmente el producto del trabajo, reivindicar una renta básica de ciudadanía equivale exactamente a proclamar el derecho a ser mantenido por el trabajo de los demás. Es la filosofía, si así queremos llamarla, del vago, el oportunista, el parásito y el caradura de toda la vida.


Entendámonos. No voy a defender esa ética del trabajo de raíz protestante que, si bien tiene sus méritos, cae en excesos cuando considera el trabajo un fin en sí mismo y centra la realización del ser humano en el trabajo; peor aún en su aberrante versión calvinista, que es simplemente un malamente travestido culto al dios dinero. Sin embargo una cosa es relativizar el valor del trabajo, comprender que la vida es mucho más que esto, otra muy distinta asumir la forma mental del parásito y el niño mimado.


Es justo y defendible denunciar que producimos muchas cosas inútiles, combatir la doctrina del crecimiento económico, reivindicar valores de sobriedad y ascetismo, así como la ética del ocio; deplorar la absurda agitación de la sociedad actual y su estúpido activismo a ultranza cuya mejor imagen la tenemos por cierto en los gimnasios, donde decenas de personas corren sobre una cinta para no moverse y no ir a ninguna parte. Pero tiene también que existir un equilibrio entre lo que damos y lo que recibimos.


Personalmente me opongo al consumismo, a la estúpida ideología del crecimiento a toda costa, a los dioses impíos de la producción y la economía y la proactividad. Pero eso no quita que me guste disfrutar de ciertas cosas, que para vivir la vida como yo creo que debo vivirla utilice el trabajo de muchas otras personas. Utilizo un automóvil para desplazarme y para mi esparcimiento, máquina compleja que tiene detrás miles de horas de trabajo de otros. Disfruto asistiendo al concierto de una orquesta sinfónica, cuyos miembros han empleado miles de horas en adquirir y afinar una difícil habilidad, todo ello para que yo pueda gozar de ese concierto. Y así podríamos seguir al infinito. Por tanto utilizo y necesito para mi vida el trabajo de muchas otras personas; es simple reciprocidad que yo deba asimismo aportar mi trabajo para tener derecho a utilizar este trabajo ajeno.


Pido disculpas al lector por este discurso que es verdaderamente banal, elemental y básico; pero parecemos haber llegado a tal nivel de decadencia que se ha vuelto necesario explicar estas cosas. Se trata en efecto de un razonamiento extremadamente sencillo y al alcance de cualquiera; sin embargo no les entra, a esa masa de niñatos malcriados que han crecido con el convencimiento de que tienen derecho a algo a cambio de nada.


Lo comprendería si la pretensión fuera trabajar poco o nada, llevando de manera consecuente una vida reducida al mínimo, desde el punto de vista de las necesidades materiales. Una vida de asceta o eremita renunciando a caprichos, viviendo y comiendo de manera frugal, cultivando la propia comida, con alojamientos básicos, etcétera. Puedo respetar esto y comprenderlo, sería una elección de vida con la cual, incluso, uno podría estar de acuerdo hasta cierto punto.


Pero no es esto los que quieren nuestros paladines de la renta básica y sus reivindicativos. No. Lo que quieren es móviles de última generación, conexión de banda ancha a internet, motos y automóviles, irse de vacaciones para recargar las pilas y cuidar su bienestar integral, que alguien les sirva la comida y la bebida, vestir bodrios de marca, vivir en buenas casas y alargar la mano en las estanterías del supermercado para conseguir su alimento. Todas esas cosas, absolutamente todas, son posibles exclusivamente gracias al trabajo de los demás. Pero ellos las quieren disfrutar sin poner, de su parte, ni una sola de las preciosas horas de su tiempo. Prefieren pasarlas fumando marihuana en un sillón mientras proclaman que son creativos.


Y no contentos con todo lo anterior quieren además, como suprema, impúdica reivindicación, tener el derecho a votar y participar de la vida política.

MAX ROMANO

domingo, 3 de junio de 2018

LOS SALVAJES DENTRO DE CASA Y SUS PADRINOS INDECENTES




Cada vez más ciudadanos de España y Europa entera tienen un tipo muy particular de experiencia multicultural en sus barrios: conatos de revuelta étnica y a veces disturbios a veces a gran escala, a menudo con graves violencias como hemos visto en varias ciudades europeas y veremos cada vez más. En efecto es sólo cuestión de tiempo y de números que la situación se agrave, porque la invasión migratoria de Europa y España sigue su curso.


Una invasión contra la que nuestras clases dirigentes no nos defienden; al contrario, nos la están imponiendo sin habernos jamás consultado. Por tanto más que de pusilanimidad cabe hablar de traición. Traición a su patria, a su pueblo, a la civilización de la que todos somos herederos y que tenemos el deber de continuar. Pero es que patria, civilización, identidad cultural no significan nada para quienes nos gobiernan.


Desde luego no para la rama encorbatada del partido único llamada centro-derecha, mientras que los otros, la rama descamisada llamada centro-izquierda y aún más la rama desaseada directamente las odian, a nuestra patria, nuestra historia y nuestra tradición.


Los amagos de revuelta que empezamos a ver en nuestro país son las pruebas piloto de la sociedad multicultural. Algaradas que se desencadenan sin un verdadero motivo, con cualquier pretexto, disturbios que no tienen nada detrás sino el odio y la hostilidad de los salvajes por el país que les acoge, donde viven de ayudas o de ilegalidad. Zonas de no-España dentro de España, donde cada vez menos existe la ley y los políticos felones (que naturalmente viven en muy diferentes lugares) no quieren o no se atreven a imponerla.


Ahora bien, los salvajes que incendian las calles no son solamente alógenos. Los hay de dos tipos: los de dentro y los de fuera. Por un lado están los invasores inmigrantes ilegales, que vienen a traernos el tercer mundo a nuestra casa; por otro nuestros hijos degenerados del bienestar, los falsos antisistema de la izquierda radical que son, en realidad, los más devotos siervos del sistema y la corrección política. Los primeros entienden sólo el lenguaje de la fuerza, porque es lo que siempre han vivido; nuestro error es no hablarles ese lenguaje, error grave porque para ellos cualquier tolerancia es signo de debilidad. Los segundos son nuestra chusma parásita de bárbaros internos, gamberros malcriados y revolucionarios de salón. El error de sus padres fue no darles las bofetadas que se merecían en su momento, antes de que fuese demasiado tarde.


Esta es la sociedad multicultural real, la de verdad y no el cartel multicolor de la propaganda inmigracionista, donde se ven sólo personas bien educadas, amables y respetuosas, que aportan su saber y su trabajo.


Seguramente será así en el barrio de las embajadas, donde viven los funcionarios internacionales o los empleados de las grandes multinacionales; no lo dudamos. Pero para la gran mayoría de la población la sociedad multicultural significa barrios sin ley, inseguridad, ayudas sociales copadas por los de fuera, que nos lo pagan quemando las calles, con el menosprecio de nuestra identidad y nuestra historia.


Estamos en una palabra ante la invasión de los bárbaros externos, ayudada por la chusma de bárbaros internos y sus indecentes padrinos en la política que trabajan para extinguir nuestra identidad y nuestra civilización.

Max Romano

LA MANADA, LA JAURÍA Y LA LÓGICA DEL CLAN

Queridos lectores:


El mes pasado el autor de este blog, Max Romano, ha comenzado a colaborar con el periódico El correo de Madrid, anteriormente llamado Sierra Norte Digital. Los artículos publicados en este medio también los publicaré aquí, excepto los que sean reposición de algún texto ya aparecido en el blog. De este modo el Oso Solitario vuelve a ponerse en movimiento y a dar nueva vida a esta página. 

Por cierto, recomiendo en general todos los artículos de opinión del Correo de Madrid y especialmente los de mi amigo Luys Coleto.

El primer texto publicado por Max Romano se ocupa de la sentencia del famoso proceso de La Manada de hace unas semanas, un tema que seguirá dando que hablar en el futuro. En el Facebook de Sierra Norte Digital cierto número de féminas y "varones" indignadas me pusieron de vuelta y media por este artículo, lo cual visto el tono de las críticas, y las carencias de comprensión lectora por parte de sus autoras, no hace sino confirmar la validez de las consideraciones expuestas.

LA MANADA, LA JAURÍA Y LA LÓGICA DEL CLAN

Artículo publicado el 14-05-2018 en El correo de Madrid


En ésta mi primera colaboración con Sierra Norte Digital, creo que vale la pena hacer alguna consideración sobre el juicio de La Manada, a pesar de que seguramente nuestros lectores estén saturados de información y opiniones sobre un tema que estos días nos encontramos hasta en la sopa. Pero es que la abundancia de palabras puede servir tanto para informar como para desinformar, para difundir tanto la verdad y el rigor como la histeria y el sectarismo. Y parece evidente de qué lado cae la mayor parte de las palabras dedicadas al juicio de La Manada, en los medios y en la política.


Empezaré por decir que yo también estoy indignado con el veredicto y la sentencia. Porque unos hombres han sido condenados por una relación sexual que, según todos los indicios, fue consentida. Naturalmente no tengo acceso a los elementos que han valorado los jueces, pero he hecho algún pequeño esfuerzo para hacerme una idea de las cosas. Esfuerzo por cierto seguramente mayor al que ha hecho esa chusma vociferante que no necesita informarse de nada, porque sus conclusiones y opiniones de género son independientes de la realidad y de los hechos.


Si se hubiera estimado que no había consentimiento habría sido emitida una condena por violación, pero evidentemente la realidad no cuadraba con esta tesis. Y probablemente a este punto entra en juego la mala conciencia de los jueces (de dos de ellos para ser precisos) y su incapacidad de resistir a la presión social: por parte de los medios, de la mal llamada opinión pública secuestrada por la jauría feminista que ya emitió desde el principio su veredicto de culpabilidad. Mala conciencia que se revela evidente en la acrobacia legal con la que han emitido una condena por delito de abusos sexuales.


Pues no. Si la mujer fue obligada, se imponía una condena por violación en grupo. Si en cambio no lo fue, los acusados debían ser absueltos. Así lo ha estimado en efecto uno de los tres jueces, que ha sufrido por ello un linchamiento mediático y el ataque increíble de un ministro de justicia (con minúsculas) que ha demostrado no ser digno del cargo que ocupa. Justicia significa, en efecto, valorar los hechos a la luz del Derecho vigente, con rigor e impersonalidad. No significa decidir que la mujer tiene razón por principio; esto último es la lógica del clan, en este caso las feministas y sus perrillos falderos domesticados, lamentables caricaturas de hombre. Para ellas y sus tristes esclavos la mujer que ha denunciado tiene razón porque es mujer, el veredicto de culpabilidad está contenido en la denuncia y, por tanto, escrito con tinta indeleble desde el primer momento.


Lógica de clan o de tribu, la propia de una humanidad inferior y de las formas más primitivas de sociedad humana. Diametralmente opuesta a la lógica impersonal del Derecho, la objetividad y el rigor, condición básica para una elevación social y civil.


Quizá sea superfluo puntualizar esto, pero no escribo esto en defensa de los individuos en particular que se comportaron como cafres, de manera sin duda muy desconsiderada, pero que no constituye delito si fue consentido. Se trata de un episodio más de una humanidad degenerada que hoza en el fango, de comportamientos que en realidad ni siquiera se pueden definir animalescos: las especies animales tienen sus rituales de acoplamiento y sus códigos de comportamiento que regulan la sexualidad. Como también los tiene toda sociedad humana, a menos que haya caído en la degeneración y la decadencia. Se llaman por ejemplo pudor, ritual del cortejo, sentido de la intimidad, moral y ética sexual en sus múltiples variaciones a lo largo de las culturas y las épocas.


Volviendo a la sentencia, la campaña mediática en acto y toda la explosión de histerismo a la que estamos asistiendo tienen un sentido muy preciso: endurecer aún más la legislación sobre delitos sexuales con el objeto de colocar al varón en una situación de completa indefensión. Se quiere llegar al punto en que la palabra de una mujer que denuncia tenga un valor absoluto y sea en sí misma una condena, con independencia de cualquier otra consideración. El varón nunca podrá probar su inocencia porque su palabra y todos los elementos que pueda aportar tendrán un valor exactamente igual a cero, frente al valor infinito de la palabra de ella. Estará por tanto a la merced de cualquier furcia que, tras relaciones sexuales consentidas, decida por un motivo u otro denunciarlo por violación. Este es el objetivo final de la agenda feminista al cual nos estamos acercando poco a poco.

Max Romano