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sábado, 17 de noviembre de 2018

EL DERECHO A CURARSE Y LAS TERAPIAS ALTERNATIVAS. CONTRA EL TOTALITARISMO CIENTÍFICO





Terapias alternativas y no necesariamente pseudoterapias como regularmente se las llama en todos los medios; esta palabra pertenece a la misma categoría de populismo que, en el lenguaje político actual, significa cualquier posición política con amplio respaldo popular, pero que no gusta a quienes les pagan el sueldo a los periodistas. El uso concorde y unánime de estos términos, la falta total de una verdadera pluralidad de posiciones, indican en ambos casos la existencia entre bastidores de potentes intereses y grupos de poder.

He de precisar que no estoy en contra de la medicina “oficial” o basada en el método científico, validada por métodos estadísticos, basada en la química y la tecnología. Sus éxitos son evidentes. Digo solamente que puede haber otras maneras de practicar la medicina, que tienen detrás una larga experiencia y tradición, y no hay por qué tirarlas a la basura sólo porque no estén validadas científicamente.

Digo también que existen una casta médica, una lobby farmacéutica, un sistema de intereses constituidos alrededor de la medicina. La lobby farmacéutico-tecnológica no es un eslogan izquierdista sino una realidad, un oligopolio de grandes empresas; sería un caso único en la historia humana si no defendiese su interés corporativo. En cuanto a la casta médica, aunque no dudemos de la sinceridad y la honestidad personal de los médicos, las opiniones y la manera de ver las cosas suelen depender de con quién uno se junta.

La actual campaña contra las medicinas alternativas muestra una voluntad totalitaria. No se pretende simplemente informar sobre la falta de fundamento científico de las llamadas pseudoterapias ni perseguir prácticas demostradamente perjudiciales. Lejos de limitarse a esto (perfectamente legítimo) lo que se quiere es: impedir que los defensores de estas terapias puedan hablar y exponer su posición; perseguir a los médicos que se atrevan a interesarse por ellas; expulsarlas de las universidades mientras, por cierto, auténticas basuras ideológicas disfrazadas de ciencia (como la ideología de género) campan a sus anchas.

Puede sorprender el uso de la expresión totalitarismo científico en una persona con formación científica (aunque no médica). Pero no encuentro mejor manera de llamar a la actitud de negarle validez, verdad y eficacia a todo lo que no tenga fundamento científico.

Me parece evidente aquí una intención totalitaria y liberticida. Porque pertenece a cada uno la decisión de curarse o no curarse como quiera, mientras no ponga en peligro la salud pública. O de recurrir a algo que la ciencia no reconoce, pero no por ello necesariamente falso. Como mínimo, aunque fuese sólo una ilusión, el poder curativo de la mente a través del efecto placebo (que la medicina conoce perfectamente) puede funcionar mejor que un medicamento testado.

Y es que los métodos científicos y estadísticos dejan fuera amplias regiones de realidad, especialmente lo que no es repetible, lo que depende de la individualidad o de la mente humana. Sin embargo todo ello es no sólo importante sino fundamental en las cuestiones de la salud, la enfermedad y la curación.

MAX ROMANO

sábado, 20 de julio de 2013

UN MUNDO SIN ALEGRÍA



A menudo los niños, como se sabe, ven las cosas más claramente que los adultos y de manera inmediata. No por casualidad se dice que el filósofo ha de tener algo de niño dentro.

El otro día, en una salida a la montaña, mi hija observaba un grupo de chavales que iban delante de nosotros caminando; alegres y de buen humor, reían a menudo. Entonces con sus once años me hizo una de esas preguntas que sólo los niños saben hacer y le ponen a uno en graves dificultades. Preguntas que son como un estilete y van al fondo de la cuestión.

¿Por qué los niños y los chavales se están riendo siempre y los mayores ya no se ríen, como si hubieran perdido las ganas?

Naturalmente la observación es sumamente exacta y captura la realidad de una sociedad en la que, no solamente todo el mundo está genéricamente cabreado por defecto, dispuesto a saltar y a sentirse molesto por cualquier estupidez, sino que en un sentido profundo carece de alegría.

Desde luego no será porque no buscamos la felicidad. Leemos revistas de salud y libros de realización personal y autoayuda, tenemos entretenimiento para aburrirnos, nos podemos atiborrar de comida como cerdos y a menudo lo hacemos, con el único límite del terrorismo diagnóstico de los niveles de colesterol y triglicéridos; tomamos drogas y alcohol, se fornica con absoluta libertad casi a cualquier edad, tenemos parques temáticos, centros de ocio, felicidad electrónica para dar y tomar. Por no hablar de la legión de psicólogos, asistentes y expertos cuya misión es ayudarnos a encontrar la felicidad, y las investigaciones de sesudos estudiosos que intentan arrancar científicamente su secreto.

Sin embargo, como puede ver una niña de once años que ignora toda esta morralla, la sencillísima, pura verdad es que no tenemos ganas de reír. Por lo demás cualquiera puede ver, por ejemplo mirando caras por la calle y sobre todo las de los conductores, todo el mundo está amargado y desquiciado. A pesar de tener todos los goces del mundo.

Pero es que goce no es lo mismo que alegría. Es significativa a este propósito la observación de Konrad Lorenz, cuando comenta que la palabra y el concepto de “alegría” (Freude) están totalmente ausentes – curiosa ironía - en la obra de Freud, que en cambio habla siempre de “goce” (Genuss). Y es pertinente esta observacion porque, si bien la psicoanálisis freudiana está bastante desacreditada en el plano científico (“Declive y caída del imperio freudiano”, de Hans Jürgen Eysenck; psicólogo por cierto maldito por sus resultados sobre genética, educabilidad e inteligencia), el freudismo como ideología está bien vivo y es uno de los pilares de la infracultura decadente, crepuscular, que domina hoy en día. Nuestra sociedad actual es en gran medida freudista, en el sentido de un freudismo reelaborado, divulgado en forma asimilable a través de los epígonos de Freud; los más importantes entre ellos, Wilhelm Reich y Erich Fromm, que forman el brazo psicológico del marxismo cultural, defensores incansables del pansexualismo y la eliminación de tabúes y represiones.

Nuestra sociedad está basada como todos sabemos en el goce, en el consumo, en el sexo y en el dinero que nos puede procurar aún más goces, en la abolición – es una idea fija - de los dichosos tabúes y las represiones que impiden gozar. Sociedad, en definitiva, en la cual abundan todos los goces pero donde no hay alegría.

Y donde, dicho sea de paso, nos ahogamos en un vaso de agua y necesitamos asistencia psicológica en cuanto nos pasa algo, y cuando hay que volver al trabajo nos entra la depresión postvacacional, temas que tienen relación con lo tratado aquí y de los cuales me ocupé en su momento:



Es oportuno reproducir un pasaje del libro de Lorenz “Los ocho pecados capitales de la civilizacion occidental” que nos ayuda a enfocar la cuestión.

“La incapacidad de soportar cualquier dolor vuelve inalcanzable la alegría […] Quizá sea posible le goce sin tener que pagarlo a caro precio, pero desde luego así se nos escapa la divina chispa de la alegría. La intolerancia al dolor, fenómeno tan difundido en nuestros días, transforma los naturales altibajos de la vida humana en una llanura artificial, las olas grandiosas del mar tempestoso en vibraciones apenas perceptibles, las luces y las sombras en un gris apenas perceptible…”

Esta es precisamente la sociedad en que vivimos, una sociedad gobernada por el nivelamento igualitario y la mediocridad de sentimientos, valores, ideas. Donde se gastan grandes sumas y se realizan esfuerzos ímprobos para buscar frenéticamente la felicidad y el goce, se nos entretiene y se cuida de nuestro bienestar, gente titulada - e incluso con máster - nos ilumina sobre cómo vivir mejor, expertos cuidan de nuestro bienestar y hay una pastilla para cada molestia física o psíquica.

Todo esto, el lector lo habrá comprendido ya, es precisamente lo que nos roba la felicidad, es la capa de plomo que pesa sobre nosotros y nos ha robado la alegría y las ganas de reír. Aparentemente la felicidad se comporta como un pájaro que nos alegra - a veces - con  su canto, pero en cuanto oye todo este ruido y ve toda esta gente impertinente que viene a incordiar, a tomarle fotos, a medirle las plumas y a manosearlo, se va con la música a otra parte.

Claro que ante la pregunta de mi hija, en aquel momento intenté dar una repuesta lo más sencilla posible y comprensible para su edad. Si le hubiera soltado el ladrillo que acabo de escribir, incluso a ella se le habrían pasado las ganas de reír.

Saludos del Oso

sábado, 9 de marzo de 2013

LA MONSANTO Y EL GRANJERO DE INDIANA


 

Muchos lectores conocerán la Monsanto, la principal multinacional de la biotecnología, cuya especialidad son los OGM, las semillas genéticamente modificadas para los llamados cultivos transgénicos. También vende herbicidas, pesticidas y otros productos químicos para la agricultura, hechos a medida para sus semillas OGM.

La Monsanto tiene muy mala fama, bastante merecida en cuanto hace una constante acción de lobby para introducir los cultivos transgénicos por todas partes; convence a gobiernos y políticos para meterlos con calzador aun donde existe una fuerte opinión pública en contra; donde ya ha conseguido hacerlo en gran escala, persigue implacablemente a quienes infringen el sistema de patentes que ha impuesto a golpe de lobby, con la intención oculta o menos de copar el mercado y hacer a los agricultores dependientes de sus productos.

No es mi intención aquí entrar a discutir sobre la bondad o menos de los OGM. Como mínimo tienen el problema de que reducen la biodiversidad, la variedad de semillas y especies utilizadas en la alimentación, pues tienden a desplazar a las variedades “naturales” esto es las seleccionadas durante milenios por el hombre y a favorecer los monocultivos. Esto es un fenómeno general que no es culpa sólo de los OGM. En primer lugar es responsable el sistema actual dominado por la búsqueda del beneficio como único criterio; por multinacionales que tienen fácil juego para imponer sus intereses frente a gobiernos débiles o corruptos; por el imperio mundial y globalizado de la finanza que impone la lógica del dinero, favoreciendo monocultivos y grandes intercambios internacionales de productos, en vez de una lógica superior desde el punto de vista político, de autarquía alimentaria e intercambios limitados.

Este empobrecimiento es un mal porque la base alimentaria, agrícola, se vuelve más frágil frente a enfermedades, crisis, se acaba dependiendo de unas pocas variedades y los productos químicos son cada vez más indispensables. Todo ello trae como es lógico problemas y peligros para la salud, consecuencias a largo plazo poco previsibles y poco estudiadas. Pero al dios mercado no le interesa el futuro, le interesa el beneficio ahora o en un breve plazo Los daños producidos en el mundo donde vivirán nuestros hijos y nuestros nietos no entran en las cuentas, o si lo hacen su valor descontado en el lejano futuro es insignificante frente el beneficio de hoy. Tener esto en cuenta es precisamente la tarea de la política, de líderes que miren hacia el futuro. Un líder, a diferencia de los payasos y los contables que padecemos como políticos, es capaz de dar al futuro de su nación el mismo valor -o más- que el que da al presente, no un valor descontado o incluso ningún valor, como hace nuestra clase dirigente europea con su actitud infame de Después de nosotros el Diluvio.

Por todo ello el mercado, la economía, no debe dominar sobre la política porque ello significa robar el futuro a nuestros hijos. Pero volvamos a la Monsanto. Uno de los múltiples litigios legales lo tiene con el granjero Vernon Hugh Bowman


El problema es que el granjero compró semillas a la Monsanto y utilizó parte de la cosecha para sembrar. Esto lo han hecho todos los agricultores desde siempre, pero hoy no es ya tan común porque las semillas se suelen comprar ya preparadas.

En el caso de semillas patentadas OGM, la Monsanto desarrolló la tecnología terminator que hacía que las plantas dieran semillas estériles, aunque luego fue abandonada por varios motivos, entre ellos la pésima reacción encontrada. En efecto, era demasiado este afán por controlar totalmente a los agricultores y hacer depender la agricultura de semillas producidas únicamente en laboratorio. De todos modos el objetivo sigue siendo el mismo, a través del sistema de patentes que han conseguido imponer con su acción de lobby, con el que pueden perseguir a los agricultores que en vez de comprarles las semillas utilizan una porción de la cosecha. Algo que desde su punto de vista es necesario para proteger su inversión y sus beneficios, habiendo abandonado la tecnología terminator.

Normalmente la Monsanto se sale con la suya en estos juicios, lo cual no es de extrañar pues –muy banalmente- la ley la escribe quien domina en un cierto momento. Hoy, como es evidente y repetidamente he comentado también en este blog –la serie El Reino del Dinero- quien domina es el poder financiero y las multinacionales, que han fagocitado totalmente la política.

Por tanto, a lo que voy es que no se trata de si el señor Bowman tiene razón o no legal o moralmente –puede ser simplemente un listillo- y tampoco si son buenos o no los OGM, asunto éste que requiere una discusión en profundidad. Los OGM podrían ser la cosa mas maravillosa del mundo, sin efectos colaterales, sin problemas, superiores a las variedades tradicionales en todo, orientadas al interés general en vez de –como lo son en realidad- al beneficio y el oligopolio de pocas multinacionales. Admitamos por absurdo y como hipótesis todo esto.

Aunque así fuera, permanece el problema político y existe una razón implacable, definitiva, por la cual se les debe parar los pies a estas multinacionales; aunque investiguen menos y se perjudique el desarrollo en este campo. Lo que por otra parte no tiene porqué ser un mal; maldita la falta que nos hace llenar el mundo de cultivos OGM.

La razón política para pararles los pies es que no podemos permitir que la agricultura y la alimentación esté en manos de pocas multinacionales. Un sistema así sofoca cualquier libertad, no deja nada ni nadie fuera; pretendiendo controlar la producción agrícola, impidiendo que nadie sea capaz de cultivar de manera independiente, se pretende dar otra vuelta de tuerca, feroz, en la construcción de una tiranía de la que ya vemos demasiados signos, una situación que tiende por su propia lógica a la creación de un entramado de pocas grandes empresas, grupos financieros, que en  último análisis todo poseen y todo controlan.

Es evidente que cualquier veleidad de libertades políticas, públicas, reales, se convierte llegados a este punto en papel mojado. El poder del sistema comunista dependía no sólo de sus aparatos represivos, sino sobre todo de que la única empresa era el Estado, el monopolio absoluto fuera del cual no era posible actividad económica, no era posible trabajar ni ganarse la vida.

Esto ya es bastante malo, pero además es intolerable que pocas multinacionales controlen la agricultura, desde el punto de vista de la soberanía de una nación o de un espacio geopolítico, en nuestro caso de España y Europa. Cuando no tenemos en mano ni siquiera nuestra propia alimentación evidentemente nos tienen cogidos por las pelotas, como se suele decir.

Estas dos consideraciones, independientemente de si los OGM son buenos o malos en sí, me parece que deberían ser decisivas, para un gobierno y unas clases dirigentes dignas de este nombre.

En resumen, por la conservación de la riqueza biológica, por la soberanía alimentaria, porque hay que evitar que unos pocos –en último análisis quien controla la finanza y el dinero, porque todos los caminos terminan allí- tengan el dominio total de la agricultura, por todo ello se impone poner freno a esta gran hidra, que quiere extender sus tentáculos a toda la agricultura mundial y controlar la alimentación de todos los habitantes del planeta.

domingo, 15 de julio de 2012

NOMOFOBIA






Esta palabreja era desconocida para mí hasta hace poco. Uno podría pensar que es el odio hacia los nomosexuales, cualquiera que sea el significado de la palabra, pero un artículo en el ABC nos informa de que se trata de un nuevo trastorno psicológico que nos aflige: no-mo(bile)-pho(ne-pho)bia. En este caso se trata del miedo y la ansiedad experimentados por muchas personas cuando se separan del teléfono móvil:


Una nueva aportación que se añade a la rica colección de trastornos psicológicos que nos agobia constantemente y no hace más que crecer. Trastornos de todo tipo: desde reales a inventados a simples ñoñerías y chorradas con nombre altisonante como, por citar otro ejemplo, la depresión post-vacacional que nos acecha cuando se terminan las vacaciones y sobre la que escribí hace tiempo en la entrada Felicidad y depresiones surrealistas. Es que no hay derecho a que las vacaciones se acaben…

Un poco se trata de que nuestra sociedad produce una serie de trastornos reales y de malestar disfrazado de bienestar por la propaganda con la cual se glorifica a sí misma; un poco es que la gente sin trastornos no es un mercado y en cambio la gente trastornada sí lo es, para todo el negocio de la asistencia psicológica que –uno lo entiende- cuando le faltan trastornos y gente trastornada se los tiene que inventar, porque el business no está en curar a la gente y mucho menos en que viva sana, sino en asistirla; un poco es esa manía idiota en ponerle nombre a todo y patologizar –que me perdonen los académicos de la RAE- la vida y sus tensiones, en una absurda e imposible búsqueda de un estado de equilibrio ideal y felicidad.

Todo esto es cierto, pero también hay un fondo de verdad en la nomofobia: mucha gente depende hasta extremos patológicos de sus juguetitos electrónicos y en efecto siente ansiedad si se separa de ellos. Así lo declaran y no hay motivo especial para no creerlo. Realmente se sienten perdidos si no están conectados en todo momento para ver las últimas noticias, enviar o recibir mensajes o qué se yo…

Esta dependencia frente a la tecnología la podemos ver cada día si cogemos por ejemplo los transportes públicos. Podemos observar que una buena proporción de las personas presentes están ensimismadas jugando con sus aparatitos; caminando por la calle podemos observar algo parecido.

No me extraña, viendo esto, que la gente se sienta perdida y ansiosa cuando ese cordón umbilical les falla, porque se olvidan el móvil en casa o descuidan la carga de la batería o por cualquier otro motivo. Por otra parte muchas personas ni siquiera se dan cuenta ya del aspecto siniestro de esta dependencia. Me bastará mencionar un episodio reciente: en una ocasión un conocido me decía satisfecho que después de haberle comprado la playstation a su hijo éste no se separaba de ella, estaba enganchado todo el día y ya no le interesaba nada más…sonriente y con una cara de felicidad como mostrando su orgullo por el éxito del regalo.

"¡Bravo! ¡Cretino! Tu hijo se ha convertido en esclavo de una máquina que le ha dominado la voluntad y además estás tan contento por ello”...pero como es lógico uno no puede ir por ahí diciendo todo lo que piensa y menos aún de esa manera.

El común denominador en todos estos casos –y el lector sabrá añadir muchos otros- es la falta de libertad de las personas, la dependencia respecto a la máquina y la tecnología que las condiciona y las domina, una dependencia no sólo a nivel práctico sino sobre todo psicológica, mental. Lo que debiera ser sólo instrumento y fue creado como tal se convierte en dominador, impone su lógica y su ley a las personas.

La naturaleza del juego electrónico, la lógica con que fue creado, es tener enganchado al jugador permanentemente, como la lógica de la bolsa de patatas fritas es ser engullida compulsivamente hasta que no quede ninguna. La lógica de una red social es la conexión continua, la ocupación total del tiempo y la atención por parte del usuario. Pero si de un lado está la máquina y lo artificial, del otro lado está la persona que lo utiliza según su criterio y para sus propios fines.

Todo sucede como si las máquinas y la tecnología tuvieran su propia personalidad y su propia voluntad, que sin embargo está dominada por la personalidad y la voluntad superiores y más fuertes del ser humano.

Pero si el lado humano flaquea, si hay falta de personalidad y la voluntad es débil -como sucede en las relaciones entre las personas- la personalidad más fuerte es la que domina e impone su ley a la otra. Hemos debido caer muy bajo si hasta nuestras máquinas tienen una personalidad más fuerte que nosotros.

Por otra parte esto no es sorprendente: todo el ambiente en que vivimos fomenta la disolución de los valores de la voluntad y del carácter, comenzando desde la infancia con una pedagogía destructiva y promoviendo todo lo que nos hace dependientes y por tanto menos libres interiormente.

Es entonces inevitable que nos volvamos nomófobos, nos entre el ansia si nos olvidamos en casa el móvil y nos volvamos también un poco más gilipollas cada día que pasa.

domingo, 23 de enero de 2011

LEY ANTITABACO

Llevamos dos semanas de la nueva ley que regula dónde se puede fumar y dónde no. Es una de las leyes más restrictivas en el mundo, en la línea del moralismo salutista y de la campaña prohibicionista dominante. Esta campaña, aunque no carece de razones como comentaré, me parece evidente que hace mucho se ha pasado de la raya y tiene mucho de fanatismo y de afán persecutorio, en el cual no es difícil adivinar la influencia de un cierto moralismo puritano.

No voy desde luego a defender las multinacionales del tabaco, que atiborran sus productos de sustancias para aumentar la adicción de los fumadores  y han mentido siempre como bellacos, ni voy a negar que fumar perjudica la salud. Además a menudo los fumadores tienen poca educación y respeto por los no fumadores. Entre paréntesis, quien escribe no es fumador.

Efectivamente hacía falta una revisión de la normativa porque aunque en los locales públicos antes el propietario tenía la opción de dejar o no fumar, en la práctica en casi todas partes se podía, y para el no fumador era bastante difícil encontrar un lugar libre de humos. El humo puede molestar bastante a quien no fuma y esto a menudo no lo entienden los fumadores o les importa un pito.

Pero es que hemos pasado al extremo opuesto, negando al fumador la posibilidad de tener locales donde poder practicar su hábito -o vicio- tranquilamente, llegando al fanatismo de prohibir fumar al aire libre en ciertas zonas. Porque fanatismo es la única palabra que cuadra aquí, pretender que en ciudades llenas de contaminación el problema sea el humo de los cigarrillos de diez o quince fumadores que están en un punto dado de la calle.

Algunos propietarios están buscando la manera de reconvertirse en clubes de fumadores pero la cosa es problemática porque la ley pone muchas trabas para esto. Se podría haber intentado una distinta regulación para garantizar la coexistencia de locales con y sin humo, por ejemplo penalizando en cierta medida los locales para fumadores, de tal manera que ambas elecciones fueran económicamente viables y existiera una oferta suficiente para ambos grupos.

Pero no han ido por ahí los tiros ni ha existido tal procupación. Se ha insistido en la línea del moralismo y la actitud persecutoria típica de las campañas antihumo, que cada vez van a más.

Por ejemplo la demencial propuesta de prohibir fumar en el propio coche que he oído más de una vez, con el risible argumento de que distrae y provoca accidentes. Risible porque el encendedor y el cenicero en el coche, como todo el mundo sabe, están diseñados para que la distracción sea la menor posible, ciertamente no superior a la de mirar el GPS o poner música. ¿Vamos a prohibir los GPS y los equipos de música en los vehículos? Los inquisidores antihumo no parecen haber pensado tampoco que no poder fumar en al coche pondría más nerviosos a muchos con el consiguiente aumento de los accidentes.

Otro ejemplo son las advertencias terroristas en los paquetes de tabaco sobre los peligros del humo con la intención de amargarle la vida al fumador la mientras enciende su cigarrillo.

¿Nos gustaría que cada vez que compramos un alimento grasiento, un dulce o chocolatina, o cada vez que pedimos un plato o una ración nos estropearan la comida obligándonos a leer advertencias sobre el colesterol o a mirar desagradables fotos de grasa corporal? Todos conocemos a alguien que cuando probamos un bocado se siente en la obligación de sermonear sobre los riesgos para la salud de comer en exceso, y creo que la mayoría de nosotros les retorcería el pescuezo con gusto a tales personajes. ¿Nos gustaría que cada vez que bebemos alcohol en la copa haya grabada una imagen de un hígado destrozado por la cirrosis?

Admito que en ciertos casos advertencias de este tipo serían oportunas. Por ejemplo cada vez que uno compra una televisión debería estar escrito con enormes tipos: “Ver mucha televisión vuelve gilipollas”. Sin embargo por alguna razón no parece haber campañas moralizadoras en esta dirección.

En definitiva me parece clara la existencia de una persecución y un moralismo salutista que quiere hacer del fumador un apestado. Que se cuide la salud pública está bien y es un deber del Estado, pero al final cada uno debe ser responsable por su salud y pagar las consecuencias si no lo hace.

Esto nos lleva a un argumento esgrimido a menudo por los prohibicionistas: los gastos sanitarios. ¿Por qué quien no fuma debe pagar los gastos derivados del vicio de fumar?

Perfectamente. Pero no se comprende por qué esto debe valer sólo para el tabaco. ¿Por qué quien cuida su alimentación debe pagar los costes sanitarios generados por gordos y sebosos que son tales porque incapaces de controlarse o simplemente por propia elección? ¿Por qué quien se mantiene en forma debe pagar la asistencia de quien es demasiado perezoso y carente de voluntad como para hacer ejercicio físico o de quien elige no practicarlo?

¿Por qué quien vive en el campo debe pagar el coste generado por quien vive insanamente en una ciudad con el aire envenenado?

Podríamos seguir al infinito: quien escribe por principio no recurre a medicinas o a asistencia médica excepto en casos muy particulares. ¿Por qué tengo que pagar los gastos médicos generados por quejicas que atestan los consultorios por cualquier estupidez o blandengues que son incapaces de soportar la menor molestia y abusan de las medicinas?

Está claro cuál es la cuestión. Y existen dos respuestas posibles para ella.

Una posibilidad es que cada uno se haga cargo de los gastos sanitarios generados por sí mismo y sea totalmente responsable por su salud. Asistencia de base para todos reducida al mínimo como urgencias y pediatría, y para los adultos contribuciones diferenciadas o sanidad privada voluntaria. Si mi estilo de vida es desastroso desde el punto de vista de la salud, pago para cubrir los gastos derivados o previsibles del riesgo adicional o bien renuncio a ello. Es mi elección y en todo caso no tengo por qué soportar campañas salutistas ni moralismos de ningún tipo.

Esta es una opción y no se puede tachar de injusta. Es de un individualismo extremo y puede ser discutible, pero si queremos llevar hasta sus consecuencias el principio de responsabilidad personal es la única posible. Aunque no se adopte esta visión extrema un sistema equitativo debería incorporar al menos en parte este principio, y seguramente contribuiría a limitar los hábitos nocivos bastante más que las campañas salutistas.

La otra posibilidad es que los costes sanitarios se distribuyan entre todos al menos en parte. En este caso la sociedad es lógico que se ocupe activamente de los hábitos de vida del ciudadano e intente limitar aquellos que son más perniciosos, pero siempre conservando un sentido del límite. De lo contrario nos encontraremos en una sofocante tiranía salutista en la que un Estado metomentodo se inmiscuye de manera impertinente en nuestra vida privada y en definitiva acaba amargándonos la vida.

Porque como sabemos todos lo bueno o engorda, o hace daño, o es pecado.

Una vida perfectamente ordenada, saludable, organizada y equilibrada, regulada por gráficos y tablas, totalmente racional, sin vicios, manías o hábitos censurables, es insoportable para cualquier persona normal. No es más que el sueño enfermizo del moralista puritano.

Como nota final, he observado que mucha gente se ha acalorado bastante con motivo de esta ley…riñas, disputas e insumisiones, conatos de resistencia organizada. Todo ello es bastante deprimente si consideramos que en otros temas más importantes no nos ha salido esta vena peleona, cuando habría sobradas razones no sólo para conatos de resistencia, sino para una rebelión organizada y masiva contra quien nos gobierna. Pero parece que nos acaloramos sólo cuando nos quitan el cigarrillo en el bar.

Eso es lo deprimente.

domingo, 19 de septiembre de 2010

FELICIDAD Y DEPRESIONES SURREALISTAS

La entrada de hoy no parte de una noticia en particular, pero quería abordar cierto tema, visto que el verano está terminando y muchas personas acaban de concluir sus vacaciones. A nadie se le escapará el gran problema de salud pública que supone la depresión post-vacacional...uno podría pensar que se trata de chirigotas de temporada, pero hay gente sesuda que lo dice muy en serio. Por ejemplo psicólogos que no saben dónde rascar para llevar agua a su molino, vendedores de felicidad química que desean convertirnos a todos en adictos a sus productos... 

La palabra "depresión" es una de las que ha sufrido más abusos y manipulaciones; existe un continuo desde un simple estado de melancolía pasajera hasta formas crónicas y graves. Ello da pie a que todo el mundo pueda meter mano ahí...se inventó o fabricó en épocas pasadas la depresión post-coito, expresión de un odio teológico por el sexo. Se ha popularizado en Occidente la depresión post-parto, concebible sólo en una sociedad cuyas mujeres consideran la maternidad un obstáculo para su vida en lugar de una misión, en suma allá donde las feministas han conseguido envenenar a la mujer con su odio por la maternidad.

Pero hoy vamos a bajar un peldaño más y considerar la "depresión post vacaciones". Es tema ridículo ciertamente, que haya nacido esta expresión indica que

1. La gente en general considera como un  derecho vivir en Disneylandia.
2. Cualquier emoción negativa que nos saque de Disneylandia es inaceptable y necesita tratamiento.

¿Exagero? En absoluto. Es la consecuencia lógica de ciertas premisas sobre las que se basa nuestro modelo de sociedad y de ciertos mecanismos. Es materia de observación común que hoy en día los considerados “expertos”, con obstinación y método ponen nombres, clasifican como enfermedades y transtornos los más vulgares hechos de la vida y cualquier estado de ánimo que se desvíe de una presunta “normalidad emotiva”.

¿No nos gusta volver a trabajar tras las vacaciones? “depresión post-vacaciones” con su diagnosis y tratamiento en manos de expertos.

 ¿Nuestros hijos tienen demasiada energía? AHDH (Attention Deficit Hyperactivity Disorder), pero aquí la cuestión ya no es simplemente ligera, semi-seria y ridícula. Se vuelve siniestra porque se trata de clasificar a nuestros hijos como hiperactivos cuando su vitalidad se sale de los parámetros impuestos por una sociedad senil que está basada en valores seniles y antivitales; se trata también, a nivel más mundano y concreto, de una deliberada campaña para extender el mercado de los fármacos psicoactivos, drogando a los niños para que estén más tranquilos. En efecto la infancia es un terreno hasta ahora casi virgen en este campo particular, un mercado a conquistar. Un nuevo “target”; el lenguaje del marketing, si no otra cosa, es por lo menos honesto. “Conquista” de un mercado. “Target” o sea blanco de tiro. En las campañas de marketing el enemigo somos nosotros.

Pero no salgamos del tema. Volviendo a la increíble proliferación de enfermedades y dolencias cada vez más grotescas y demenciales, los ejemplos son legión y habría material para libros enteros.

Hoy en día en cualquier situación traumática aparece un enjambre de figuras inútiles que realizan “asistencia psicológica” y nos enseñan a superarla, nos ayudan con impertinencia a elaborar nuestros lutos, las situaciones difíciles, los “traumas”. Nuestos progenitores no percibieron nunca la necesidad de tales parásitos; al contrario, sabían vivir con un pudor y una dignidad hoy desconocidos los momentos difíciles y trágicos de la vida. De hecho cuanto más proliferan estas figuras, más somos débiles y necesitados de asistencia. Todos frágiles, infantilizados. Esto es lo que quiere de nosotros la sociedad en que vivimos.

Y sin embargo, si lo que se quiere es la “felicidad” –hasta el punto de que se habla del demencial “derecho a la felicidad”- este modelo es un fracaso estrepitoso. Cuanto más buscamos la felicidad siguiendo la vía del autodenominado “mejor de los mundos posibles” más se nos escapa de las manos, come el arco iris que se aleja apenas intentamos alcanzarlo. 

¿Largas vacaciones para ser felices? Estupendo, las tenemos…pero luego la infelicidad entra por la ventana: somos gordos y sebosos, nos avergonzamos de ponernos el bañador y enseñar la chicha a los demás. ¿Comer hasta reventar? La miseria y el hambre han desaparecido de nuestro mundo –por lo menos del mundo en el que nos movemos- y podemos ser felices comiendo como cerdos. Pero luego mirándonos al espejo somos infelices. O lo somos porque para mantener la línea comemos porquerías dietéticas, “light”, comida sana y todo el resto de la galería de  horrores alimentarios tan de moda. Sigamos con las recetas para la búsqueda de la felicidad…¿Vacaciones de ensueño, relajantes para “recargar las pilas”? Sí, nos hacen felices, pero cuando terminan nos acecha el “estrés de vuelta al trabajo” o la "depresión" de marras. ¿Cirugía estética, tejido grasiento y celulítico extraído bajo la piel, monstruosos labios y tetonas de silicona, cabellos transplantados? Así seremos finalmente felices porque “gustamos y nos gustamos”…pero aquí también se cuela por la chimenea el diablillo: siempre encontraremos algo que atenta a nuestro derecho a la felicidad, como alguna pequeña arruga, un pliegue de carne en demasía redondo, por no hablar del “estrés de pagar la factura”. 

En fin, parece bastante claro que el problema no está en el cuerpo sino en el cerebro. Inútil es transplantar material encima del cuero cabelludo cuando lo que hay debajo está vacío, inútil rebajar grasas cuando los verdaderos michelines y papadas están en la mente. Cuanto más buscamos la felicidad, cuanto más dedicamos a ello tiempo, dinero, investigación, laboratorios, investigación científica aplicada a generar imágenes supercomputerizadas de bolitas de grasa subcutáneas, más motivos nos inventamos para ser infelices. Por esto se nos escapará siempre, porque somos como niños –retrasados- que corren tras el arco iris o la línea del horizonte hasta reventar.

Y no nos damos cuenta porque detrás de todo ello, a la raíz, está el siniestro mito del “Estado de Felicidad”, sin dolor, sin tensiones, traumas, ni luchas. El paraíso terrestre del “mejor de los mundos posibles” que una cierta visión del mundo propone y promete. Mito siniestro ya a nivel teórico, haciendo abstracción de las posibilidades efectivas de realizar lo prometido. Porque como es evidente la eliminación de lo negativo lleva consigo la eliminación de lo positivo. Lleva al estado de nivelación en la mediocridad que se propone como felicidad, promesa, sueño y utopía de una ideología y una concepción del mundo que, a sabiendas o no, en el fondo apunta a convertirnos en seres asistidos, necesitados, dependientes. Que poco a poco define como patológica y merecedora de tratamiento cualquier realidad humana que conlleve una tensión, una dificultad, una prueba que haya que superar. Hay que abolir los suspensos en el colegio, los exámenes difíciles, cualquier situación en que el hombre deba medirse consigo mismo. Para evitar “traumas”. Todos nosotros conocemos esta penosa jerga de la cual se llenan la boca personajes de la política, del poder y de la “cultura”.

Enjambres impertinentes de profesionales de la asistencia psicológica, búsqueda química de la felicidad, dogmatismo del ideal hueco de la persona perfectamente equilibrada y racional. Todo esto son expresiones, declinaciones de la Nada, del Vacío, del Desierto que crece en nuestra sociedad.

jueves, 27 de noviembre de 2008

EL GRAN HERMANO ELECTRÓNICO PARA NIÑOS SEBOSOS

Leo acerca de e-TIOBE, una "terapia inteligente" para combatir la obesidad infantil, que quiere poner en marcha el Hospital General de Valencia. El problema es la legión de niños que hoy en día son gordos y sebosos, porque se mueven poco, comen mucho, mal y sobre todo pasan horas interminables solos en casa, atiborrándose de comida basura mientras se queman el cerebro con videojuegos y televisión. El artículo original es el siguiente:

http://www.elmundo.es/accesible/elmundosalud/2008/11/26/tecnologiamedica/1227704876.html


Bueno, pues la idea grotesca que alguien ha conseguido parir es simplemente monitorizar a los niños electrónicamente: cuánto caminan, cuántas calorías consumen, el ejercicio que realizan...el pobre niño no va a poder ni siquiera ir al retrete sin que el médico se entere. Por no hablar de cuando asome la pubertad y el chavalito se empiece a hacer pajas...

Vamos, que el chivato electrónico va a controlar si el niño camina mucho o poco, cuántas horas pasa tumbado delante de la televisión...hace falta tener mentes realmente perversas para crear este engendro y hace falta ser tontos del culo para pensar que servirá de algo. Desde luego no para corregir la obesidad: para saber que el niño no se mueve basta mirarle las chichas, sin tanta gilipollez electrónica; y si sus padres no son capaces de educarle, desde luego no van a hacerlo los ridículos juegos y realidades virtuales con consejos para una vida sana, que es otro aspecto del proyecto.

¿Entonces? ¿Para qué sirve esta estupidez? Para lo que sirven todas las estupideces costosas: hacer ganar dinero a alguien. En este caso a una alianza de universidad, empresa y política que se va a poner las botas con el dinero de todos. Nada nuevo, por supuesto: en general el despilfarro de recursos en cosas inútiles es directamente proporcional a la cantidad de parásitos anidados en las administraciones públicas. Hasta debe existir algún modelo matemático sobre el asunto.

Pero se puede sacar más punta a la cosa y atisbar el futuro que esta gente está preparando para nosotros. Cito palabras textuales: "Sacar el hospital a la vida cotidiana de la gente". O sea que quieren transformar la vida en un tratamiento. Más claro agua: en sus sueños húmedos esta gente ve un mundo donde todos somos pacientes, controlados, monitorizados por un enjambre sofocante e impertinente de médicos, psicólogos y expertos que miden cada cosa que hacemos, aconsejan, regulan y nos administran tratamiento.

Pues si odian tanto la vida como para considerarla una enfermedad que necesita tratamiento, que se autoadministren el tratamiento definitivo, que se tiren por la ventana y nos dejen vivir en paz de una vez, porque no es la vida la patología, son ellos la patología.

Más inquietantes palabras textuales: "Todo lo necesario para que el niño cumpla con las pautas marcadas de la manera más natural".

Pautas Marcadas. El niño tiene que seguir pautas marcadas, organizadas, estudiadas y medidas ya desde pequeño, animándolo, felicitándolo y premiándolo. Como el perro de Pavlov. Y naturalmente sin castigos (vade retro...). Esta gente piccola piccola debe de pensar que el arte de vivir es algo así como los procedimientos de un manual de calidad.

Consejo para niños monitorizados: atad el cacharrito electrónico al gato y luego dadle de comer una pequeña albóndiga con cinco guindillas picadas, escondidas dentro.