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miércoles, 25 de noviembre de 2020

EL MONSTRUO CELAÁ, LAS SERPIENTES EN LA SOMBRA Y LA INGENIERÍA SEXUAL DE LOS NIÑOS

 


Que nadie piense mal. Puesto que puede haber malentendidos, me refiero con lo de “monstruo” a la llamada ley Celaá y no a su autora. Enésima ley en la degradación democrática de la educación, enésimo parto monstruoso de una clase política degenerada y despreciable. Los unos por su voluntad de alcantarilla y sectarismo liberticida, los otros por su cobardía irredimible y su servilismo a los poderes internacionales que dictan la agenda a ambos.

Repasando las críticas que se hacen al engendro Celaá vemos que se centran básicamente: en sus concesiones a los separatismos con el arrinconamiento creciente de la lengua española; en la asignatura de religión reducida o eliminada; en el ataque a la escuela concertada, limitando o anulando las opciones de las familias de elegir centros para sus hijos.

El que los medios y la política se centren en estos puntos, sin embargo, ya nos indica que no es aquí donde está la verdadera cuestión. Se lleva muchos años arrinconando a la lengua española, hasta el punto de que en las infelices regiones aquejadas por hechos diferenciales ya hay cada vez más personas que no hablan correctamente español. Lo de la “lengua vehicular” es un pequeño paso más y casi puramente formal, cuando el español está ya arrinconado en la educación. En cuanto a la religión, la verdadera enseñanza religiosa no se imparte en la escuela, sino a través de la práctica religiosa de los padres y con la formación específica en las parroquias: catequesis, primera comunión, etcétera. Sin duda en la ley está presente la bilis anticlerical de la izquierda española, pero nuevamente, no se trata de la cuestión clave.

Más importante es el tema del ataque contra las escuelas concertadas, la obsesión con la educación pública y con restringir la libertad de los padres para elegir el centro educativo para sus hijos. Sin duda hay aquí una voluntad liberticida y de control ideológico, pero lo que realmente importa es para qué van a utilizar este control sobre la educación. En efecto, la razón de esta insistencia es llevar adelante un preciso proyecto.

Para entender esto habrá que pasar en reseña algunos puntos salientes del Monstruo Celaá y las intenciones alevosas que lo inspiran.

Una de las líneas maestras es su fomento de la mediocridad, como corresponde a quien todo quiere nivelar en la igualdad hacia abajo, la única igualdad posible. Menos exigencia, aprobados y títulos para todos o poco menos, desincentivar al diligente, al trabajador y al mejor dotado. Es como si se les dijese a los mejores estudiantes: vosotros que os aplicáis y que tenéis interés por las cosas, sois unos imbéciles y unos pringados, porque los que no dan un palo al agua van a aprobar igual, van a pasar de curso igual y van a tener un título que vale igual que el vuestro.

¿Consecuencias de esta degradación del nivel educativo? Que solamente quien pueda permitirse pagar varios cientos de euros mensuales, lo que cuesta un buen colegio privado, podrá ofrecer a sus hijos una educación de calidad. Los que sean un poco menos ricos, pero puedan permitirse la concertada, lo tendrán cada vez más difícil ante la presión del poder público; en cuanto a los que sólo tengan la opción de la escuela pública, se encontrarán con un sistema educativo degradado en la calidad y el nivel, infectado y envenenado con sus estupideces igualitarias e inclusivas, con sus obsesiones ideológicas, con su odio visceral hacia todo lo que sea mérito, diferencia y excelencia.

Esto es lo que yo llamo la Segunda Paradoja del educador progresista: este educador defensor de las clases populares y contrario al elitismo, con su énfasis en la igualdad y la mediocridad consigue que (de nuevo) la mejor educación esté solamente al alcance de los ricos.

En cuanto a la Primera Paradoja es la siguiente: el educador progresista de la vieja escuela, amante de la cultura y el pensamiento, con una buena formación gracias a la escuela represiva y alienante que ha tenido la desgracia de frecuentar, comienza a aplicar sus ideas progresistas a la educación; pero no le sale una generación capaz de recibir y apreciar lo que él quería transmitir, sino de alérgicos a la cultura y a todo lo que él apreciaba, ávidos no de conocimiento y pensamiento sino de basura televisiva, ansiosos no de elevación sino de degradación, indiferentes al cultivo del espíritu porque prefieren el cultivo de la marihuana.

Volviendo a nuestro tema, además de la general rebaja del nivel educativo, aparecen en primer plano las típicas obsesiones de esta gente. Espeluznantes asignaturas de antivalores que prometen lo peor. Con su énfasis en la estúpida e inmoral igualdad de género; con su obsesión enfermiza de implantar esa perspectiva de género, que se puede resumir en una simple fórmula: enseñar a los varones a sentirse culpables por haber nacido con pito, enseñar a las féminas que tienen todos los derechos y ninguna responsabilidad por haber nacido con vagina.

Hay también aspectos francamente ridículos, de un humorismo naturalmente involuntario (esta gente no tiene sentido del humor) como “fortalecer las capacidades afectivas del alumno en sus relaciones con el planeta” (!!!). Esta frase totalmente alucinante refleja plenamente el resultado de la Primera paradoja y es un indicador de la notable degeneración de las facultades mentales que nos aflige hoy, en la época del pensamiento débil. Supongo que las “capacidades afectivas” se refieren a imitar a esos sujetos que abrazan árboles y simulan copular con la Madre Tierra, aderezando estas acciones con verborrea seudomística.

Que conste que soy un amante de la naturaleza y defensor de un ecologismo con criterio. Pero cuando veo a semejantes majaderos, mi deseo secreto es que les muerda una víbora en los genitales o que les caiga encima un árbol podrido. O si no queremos tales crueldades, por lo menos que les cague encima un pájaro.

Pasada revista a todo lo anterior, que ya es bastante nefasto, llegamos finalmente a lo peor. A lo que no se menciona de manera explícita, y precisamente porque es lo principal; lo que se quiere imponer a escondidas y a traición, lo que se disimula distrayendo a la gente con las cortinas de humo de la lengua y la asignatura de religión. La cabeza principal y más venenosa de la bicha va bajo el epígrafe educación afectivo-sexual desde Primaria y significa la manipulación sexual de la infancia.

 


Ya es muy opinable e innecesaria una educación sexual en edades más avanzadas, porque es algo que se debe dejar a las familias. Sólo se pueden considerar justificables unos contenidos limitados y básicos, impartidos justo antes de la pubertad; para los despistados que no conozcan las realidades biológicas o las conozcan mal, para paliar el nefasto efecto del porno que desgraciadamente está al alcance de todos, por motivos sanitarios, etcétera. Pero más allá de estos temas básicos cualquier educación sexual sobra y es una injerencia en el legítimo derecho de las familias a decidir cuándo, cuánto y de qué manera hablar de sexo con los hijos.

Dicho lo anterior sobre la etapa adolescente y preadolescente, lo que es criticable en la adolescencia se vuelve odioso cuando empiezan a ir a por los niños, porque maldita la falta que les hace una educación sexual a los niños de Primaria. Pero es que esta llamada “educación sexual” en realidad lo que busca es algo muy preciso: fomentar la homosexualidad, la transexualidad y la confusión de identidad sexual; denigrar y desacreditar las figuras, identidades y modos de ser diferenciados de hombre y mujer; borrar o difuminar la polaridad de masculino y femenino que representa la sexualidad normal, crear una humanidad de seres sexualmente fluidos, indiferenciados y confusos. En una palabra, imponer la demencial ideología de género.

Este objetivo abyecto es perseguido por grupos de poder con una influencia inmensa, un alcance internacional y financiación casi ilimitada; auténticos nidos de serpientes en la sombra que están muy por encima de los demopayasos de la clase política.

El objetivo verdadero de las reformas educativas y del control estatal cada vez más estrecho sobre educación es lo que nadie nos dice, el proyecto que están implantando a escondidas y a traición: la ingeniería sexual de los niños.

Que se trate de un proyecto cuya finalidad real sea la destrucción, inversión y confusión de las identidades sexuales, se ve muy claramente en la persecución de las terapias de reversión sexual. Aunque una persona considere sus tendencias homosexuales como un problema psicológico y un desequilibrio, no tiene derecho a tratarse y a restablecer ese equilibrio. Su opinión no cuenta. Muy al contrario, se favorece en todas las maneras el paso a la homosexualidad y la transexualidad; se hace lo posible para convencer a los niños que pueden ser niñas y a las niñas que pueden ser niños; se buscan pretextos para hormonar a la infancia y para castrar legalmente a niños que creen, o les han hecho creer, que en realidad son niñas.

Este es el verdadero montón de basura que hay detrás de esta vuelta de tuerca educativa, por eso hay este afán por controlar la educación pasando por encima de la voluntad de las familias. Durante los últimos años han preparado el terreno y lanzado globos sonda con leyes y proyectos piloto, a nivel local. Ahora lo van a hacer a nivel nacional.

De todo ello no nos hablarán los grandes medios, porque están cooptados por el mismo poder que ha proyectado la ingeniería sexual de los niños. Esta deriva no la revertirá la “derecha” ni el “centro” como no han derogado jamás ninguna de las basuras legislativas de la “izquierda”.

La importancia fundamental de este tema, su centralidad en los proyectos de las élites ocultas de serpientes en la sombra, se ve claramente en las reacciones furiosas contra cualquier intento de frenar la ingeniería sexual de los niños, como el PIN parental que intenta introducir Vox. Aquí tocamos con la mano el afán rabioso, casi histérico, por atar de pies y manos a los padres para que no puedan impedir la manipulación sexual de sus hijos.

En cuanto a las clases dirigentes que están llevando a cabo este proyecto criminal de ingeniería sexual de la infancia, el desprecio que merecen está más allá de lo que pueden expresar las palabras. Espero ver el día en que empiecen a pagar por lo que están haciendo.

MAX ROMANO

viernes, 9 de noviembre de 2018

LA CRUZADA CONTRA LOS CUENTOS TRADICIONALES, LAS PRINCESAS EMANCIPADAS Y LOS REBUZNOS DE LA CORRECCIÓN POLÍTICA






No es de hoy la guerra de la corrección política y el feminismo contra los cuentos de príncipes y princesas, los de toda la vida y que todos conocemos. Desde hace bastante tiempo, en efecto, no están de moda ni los cuentos tradicionales ni las películas Disney rodadas antes de la era de la corrección política, aproximadamente hasta mitad de los años ochenta. Películas con las cuales han crecido muchos niños y que, aunque sea de una manera edulcorada, han transmitido una parte de ese acervo de cuentos populares europeos (en sus versiones originales bastante más duros) muchos de los cuales vienen de tiempos antiquísimos y tienen un simbolismo profundo, que reducido al formato de cuentos para niños, de alguna manera ha logrado llegar hasta nosotros.

Estas historias de hadas y brujas y princesas, de orcos y príncipes, están bajo ataque y específicamente bajo ataque feminista. La mayor parte de estas críticas, en el desconocimiento de las fuentes originales, arremeten contra las películas Disney pero, en cualquier caso, hoy la mayor parte de los niños no leen cuentos y menos aún se los leen los padres. En nuestra generación sólo algunos bichos raros (como el que escribe estas líneas) han “perdido” el tiempo leyéndoles alguna vez cuentos a sus hijos antes de dormir. Lo cual no quiere decir, naturalmente, que la generalidad de padres no pierda mucho más tiempo (esta vez perdido de verdad) de otras mil maneras estúpidas e indecorosas. Pero no salgamos del tema.

Las motivaciones, si es que merecen ser llamadas así, para la caza de brujas (pero aquí son las brujas las que cazan) contra las honestas figuras protagonistas de los cuentos infantiles, son de este tenor: que las niñas aprenden estereotipos sexistas, que crecen con la idea equivocada de que va a llegar el príncipe azul, que las niñas aprenden a ser salvadas por el susodicho príncipe y no a ser empoderadas. O que fomentan el abuso sexual (y ésta se lleva el primer premio a la majadería) porque el príncipe besa a la princesa dormida sin su consentimiento. Además de una larga sarta de otros despropósitos.

Uno se queda con la impresión de que la única figura de los cuentos tradicionales que las feministas no critican es la del orco y la razón es obvia: representa el aspecto brutal y negativo de lo masculino. Cualquiera puede ver hasta qué punto las críticas feministas a los cuentos de hadas son pedestres y zafias, groseramente literales sus percepciones y lecturas, burda y chabacana su visión de las cosas, diría casi de una chabacanería metafísica y que los filósofos me perdonen por semejante expresión. Pero es que la incomprensión radical, el fanatismo y las anteojeras mentales del feminismo no pueden dejar tranquilo ni el más pequeño rincón; es como una invasión de cucarachas que se meten por todas partes.

Las historias infantiles y sus personajes tienen un sentido simbólico-evocativo, sus situaciones y personajes son arquetípicos; de una manera sencilla y comprensible a una mente infantil nos introducen a experiencias y conocimientos que, en parte, son testimonios de otras épocas y en parte son atemporales, siempre válidos. Se nos habla del eterno masculino y del eterno femenino, de aspectos positivos y negativos de ambos polos: el hada, la princesa, la bruja, el príncipe, el orco. Se nos habla de pruebas de iniciación, del lenguaje de la naturaleza y de la realidad, en definitiva de la psique del ser humano y las formas de su experiencia.

También nosotros podemos aprender algo de los cuentos infantiles. Para ello, ante todo, ignoraremos los rebuznos feministas y leeremos por ejemplo a Marie-Louise Von Franz. Esta gran estudiosa fue discípula y colaboradora de Carl Gustav Jung; tras la muerte de éste continuó en el estudio de la psicología del profundo y fue autora de numerosos volúmenes, dedicándose especialmente al tema de los cuentos infantiles que estudió desde el punto de vista de su disciplina.

Naturalmente, todo ello es “territorio comanche” para las empoderadas; para ellas el contenido de estas historias se reduce a que la princesa no está emancipada y que el príncipe la besa sin pedirle permiso. Consecuentemente con este tipo de mentalidad han empezado a producir hediondos cuentos de hadas políticamente correctos, que son probablemente los que será más fácil encontrar en las bibliotecas y los colegios. Hadas peludas, repelentes princesas agresivas y emancipadas, mejor si lesbianas; príncipes calzonazos o maricas, etcétera.

Los padres están avisados para que no permitan la contaminación de la mente de sus hijos con estas gigantescas mierdas pinchadas en enormes palos, y para continuar con los cuentos de toda la vida; que además de ser mucho más entretenidos y poéticos que las historias-bazofia políticamente correctas, no les van a convertir a los hijos ni en ilusos ni en incapaces. Todo lo contrario.

Pero vayamos algo más en profundidad: la mentalidad actual tiene, con todo, válidas y verdaderas razones para rechazar los cuentos tradicionales. No las esgrimidas por las feministas naturalmente: éste es sólo el nivel pedestre-chabacano de las cosas. La verdadera cuestión es que los cuentos nos hablan de masculinidad y feminidad, nos hablan de figuras sexuales diferenciadas, de la profundidad del ser humano y la polaridad entre masculino y femenino como fuente de vida, regeneración y salvación contra el enemigo oscuro, nos hablan de la existencia de figuras y tendencias malignas de ambos sexos. Y esto precisamente es lo inaceptable para la mentalidad decadente y degenerada que hoy impera; éste es el motivo más profundo del rechazo hacia los cuentos infantiles.

En efecto ¿Qué pueden significar la masculinidad y la feminidad, el eterno masculino y el eterno femenino, la polaridad sexual masculino-femenino como fuente de vida, para los tarados espirituales y a menudo físicos que se esfuerzan obsesivamente por igualarlo todo, por confundir las identidades sexuales, por amariconar a los hombres y masculinizar a las mujeres?

¿Qué pueden significar las figuras sexuales positivas y negativas, de ambos sexos, para un fanatismo feminista que se obstina en identificar todo el mal con el varón y todo el bien con la mujer? Evidentemente es un mensaje intolerable: para las feministas los hombres deberían ser todos orcos en los cuentos, las princesas no deberían existir y todas deberían ser brujas como ellas.

Porque es evidente, y es una de las razones profundas de la rabia feminista contra los cuentos de hadas, que las activistas feministas son la encarnación moderna de la figura intemporal de la bruja y, como es de esperar, no les gusta verse retratadas. Ellas son las brujas y por ello mismo, exactamente como sucede en los cuentos infantiles, encarnan el peor enemigo de la feminidad y de la verdadera mujer. De hecho hay grupos feministas que se identifican explícitamente con la figura de la bruja, símbolo del poder femenino.

Como vemos los “inocentes” cuentos de hadas son más actuales de lo que parece a primera vista, y pueden enseñarnos más cosas de las que pensamos.

Con todo, hemos de reconocer, en efecto, que los cuentos tradicionales son poco adecuados para la sociedad actual. De modo que intentaremos adaptarnos a los tiempos: en un esfuerzo creativo hemos ideado finales alternativos para tres de los cuentos clásicos, que están sumamente adaptados a los tiempos; también en esta versión, como se verá, tienen sus implicaciones simbólicas.


La Bella Durmiente en el bosque. En realidad no es un bosque sino un polígono industrial, y además el cuento lo rebautizamos La Bella Durmienta, en nombre de Su Majestad la Ignorancia; pero esto es lo de menos. Lo importante es que antes de dormir se le olvidó, a la bella, firmar el impreso de consentimiento para el beso. Ese despiste selló su destino porque el príncipe, en realidad un pagafantas y calzonazos con el cerebro totalmente podrido por la formación en nuevas masculinidades, ni siquiera se plantea besarla sin el impreso firmado. De manera que Bella Durmiente no logra despertar jamás, a pesar de todos los expertos que lo intentan y los besos de las lesbianas (que sí pueden hacerlo). Con lo cual acaban dejándola allí durmiendo, aunque no para la eternidad, porque mucho antes su cuerpo y su cerebro terminan comidos de gusanos hasta que ya no queda nada que despertar. 

Cenicienta. Humillada sí por sus hermanas y madrastra, pero lo suficientemente empoderada como para encontrar más inaceptable todavía la prueba del zapatito de cristal: cuando llega el príncipe se lo rompe en la cabeza gritando que el pie es suyo, que ella se lo gestiona y que no tiene por qué adaptarse a nada ni a nadie. El príncipe regresa a Palacio con una brecha en la cabeza, pero también inmensamente aliviado por no haber cometido el error de su vida. En cuanto a Cenicienta, unos meses después la encuentran ahorcada en su habitación, no habiendo podido soportar por más tiempo el maltrato y las vejaciones por parte de las otras tres mujeres. Sin embargo éstas le echan la culpa a la estructura heteropatriarcal del reino en general, y al príncipe en particular acusándolo de maltrato psicológico, por no haberse casado con Cenicienta.

Blancanieves y los siete enanitos. Todo va bien (por así decir) hasta que Blancanieves llega asustada a la casa de los enanitos. Pero estos le cierran la puerta en las narices. ¿Por qué? Pues porque Blancanieves es efectivamente dulce y laboriosa, pero les podría salir rana la niña. ¿Y si les acusa de maltrato y, bien asesorada por una abogada-culebra, les quita la casa? Por no decir lo fácil que lo tendría, la muchacha de piel blanca como la nieve, en mostrarse ante una jueza feminista como víctima de explotación doméstica y quizá incluso sexual, haciendo palanca sobre la constelación de sugestiones y sobreentendidos eróticos asociados al enanito que llega sudoroso después de una jornada de trabajo en el bosque (y no digamos siete de ellos).

¿Han trabajado durante años para esto, para eso descienden todos los días a la mina de piedras preciosas? Desde luego que no. De manera que la pobre Blancanieves, culpable de ser inmensamente femenina en el Nuevo Orden instaurado por la Reina Feminista, encuentra cerrada la puerta de los enanitos y ninguna súplica por su parte logra ablandarlos.

En realidad Blancanieves no tiene intenciones aviesas, no les jugaría una mala pasada a los enanitos. En realidad sí que funcionaría la convivencia, al menos el tiempo necesario hasta lo de la manzana envenenada y el beso del príncipe. Porque en algún lugar sí hay un príncipe que quiere besarla, un príncipe de verdad que viene de otro tiempo y de otro lugar, uno que no es gilipollas porque no le han comido el cerebro con la nueva masculinidad.

Si hablaran, ella y los enanitos, se entenderían fácilmente; si lograran comunicarse entre ellos el cuento tendría un final feliz y armonioso, educativo y moralmente impecable: tras despertar Blancanieves del sueño inducido por la manzana, el príncipe atravesaría con su espada a la Reina y tras decirle unas palabras edificantes le cortaría la cabeza, para casarse después con su amada y llenar el palacio de hijos y de alegría. Pero este final posible no lo veremos porque falta el entendimiento; porque no se hablan entre ellos y no pueden comunicarse, la feminidad pura de Blancanieves y la masculinidad agreste de los enanitos. Desde la instauración de la Perspectiva de Género en el reino, la masculinidad y la feminidad no pueden decirse nada fuera del puro intercambio genital.

Por tanto, y es el final de esta historia, Blancanieves es rechazada por los enanitos y el día siguiente es hallada en el bosque, mientras intenta inútilmente esconderse, por el equipo de operaciones especiales que la Reina ha enviado en su busca. Tipos duros, con un corazón menos delicado que el cazador que tenía que matar a Blancanieves y ahora se está pudriendo en una celda, por haber intentado engañar a la reina trayéndole el corazón de un jabalí como prueba. Por cierto que este episodio fue motivo de escándalo para los animalistas que, furibundos, protestaron durante días porque se había matado a un pobre jabalí en vez de a la chica. Volviendo a los sicarios, esta vez hicieron el trabajo a conciencia y dejaron a Blancanieves degollada y atada a un árbol, arrancándole el corazón para llevárselo a su severa ama.

Creo que todos estarán de acuerdo en que estos finales alternativos son mucho más apropiados para los tiempos en que vivimos. Además representan muy veraz y plásticamente, si bien de manera algo cruda e hiperbólica, el destino de la mujer bajo el imperio del feminismo.

MAX ROMANO