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viernes, 16 de octubre de 2020

EL LANCELOT NEGRO, LA MADRE QUE ESTÁ SIEMPRE ENCINTA Y LA CORRECCIÓN POLÍTICA

 



¿Era Beethoven negro? ¿Y Lancelot, el caballero de la leyenda del Rey Arturo? ¿Y Julio César? ¿Es apropiación cultural que un blanco use rastas? ¿Y que unos helicópteros de ataque diseñados por ingenieros blancos se llamen Apache y Comanche? ¿Que un blanco toque blues y jazz? Y suponiendo que Beethoven no sea negro ¿Es apropiación cultural que un negro aprenda a tocar la sonata Appassionata en el piano?

Los lectores se estarán preguntando qué me he fumado esta semana, pero varias de estas cuestiones, si nada lo remedia, probablemente dentro de unos años serán debatidas muy seriamente en las universidades de un Occidente podrido de corrección política y complejos de culpabilidad.


Lo del Beethoven negro de vez en cuando repunta como teoría demencial; supongo que nadie, nunca, se lo ha creído realmente, y lo hacen sólo para tocar las narices. Pero si hay gente que ha sostenido, aunque sea medio en broma, que Beethoven era negro sólo porque no era del tipo nórdico, entendemos cómo para otros personajes históricos se pueden vender las mayores barbaridades que el público se tragará sin pestañear.


Más cuestiones que apasionan a nuestro tiempo: ¿Puede o debe haber un Julio César o un Lancelot negro en el cine? ¿Tal vez un Nelson Mandela blanco, aunque se le pinte de negro para que se meta mejor en su papel?

Los lectores se darán cuenta de que hemos destapado un auténtico avispero. Pero en realidad los complejos problemas planteados tienen una solución muy sencilla en el mundo mental progresista: la línea entre quién tiene siempre razón y quién nunca la tiene está siempre claramente definida: el no blanco y el blanco, la mujer y el varón, etcétera.

Diversidad, Inclusión, Igualdad: palabras mantra que la corrección política ha vuelto sucias y cargadas de significados infectos. En la ciencia ficción o las películas de tema contemporáneo la solución es bastante fácil: se impone la presencia de mujeres, de negros, de homosexuales, etcétera. En las de tema histórico es un poco más complicado; pero si realmente queda feo y baja la taquilla que los mariscales de Napoleón tengan cara de chinos, o que los centuriones romanos sean pakistaníes, aquí también se puede imponer la diversidad: en los equipos de rodaje, en los cámaras, en todos aquellos que no salen efectivamente en la película. Es lo que acaban de hacer en los Óscar norteamericanos con sus nuevas reglas para optar a los premios.

El lector se preguntará, si no está ya mareado, por qué hemos llegado hasta aquí; de dónde sale tanto estúpido y qué enorme descarrilamiento mental aflige nuestra sociedad. Pues bien, el descarrilamiento mental se llama corrección política y en cuanto a la enorme disponibilidad de necios, como reza un dicho italiano que no necesita traducción “la mamma degli imbecilli è sempre incinta”. Pero es que últimamente la susodicha madre no sólo está siempre embarazada, sino que debe de haber recurrido a una clínica de fertilidad, porque su producción es abrumadora.

Algunos pensarán que soy mal pensado y negativo. Que en el fondo de lo que nos quieren convencer es simplemente de que la raza se debe ignorar, que no hay mala intención contra los blancos y todos somos iguales y flores y paz y amor universal.

Creeré que toda esta despreocupación con la raza es inocente cuando vea, por ejemplo, una película donde Nelson Mandela o Malcolm X estén interpretados por actores blancos pintados de negro, y los racistas malísimos que la tienen tomada con ellos los interpreten actores negros pintados de blanco. O cuando los mentecatos de la apropiación cultural disparen sus tonterías en ambas direcciones.

Mientras tanto, seguiré pensando que lo que realmente quieren decir los “antirracistas” es lo siguiente: que las razas no existen, pero los blancos son los malos; que ignoremos el color de la piel cuando veamos una película donde los caballeros del Rey Arturo sean negros, pero que lo tengamos muy en cuenta cuando en otra película haya demasiados blancos.

Este ver y no ver al mismo tiempo, este dos más dos igual a cinco, esta deformación y disfunción mental, es lo que quieren de nosotros la corrección política y el progresismo.

MAX ROMANO

domingo, 20 de septiembre de 2020

LAS HEROÍNAS MAMPORRERAS ABRECABEZAS, NUEVO CLICHÈ DEL CINE

 


 

Aunque uno intente mantenerse alejado, en nombre de la inteligencia y de la salud mental, de las producciones basura de la industria del entretenimiento, no es posible aislarse completamente. Por tanto, creo que casi todos saben de qué hablo.

En efecto, todos nos hemos encontrado no una sino muchas veces con esta figura: la heroína mamporrera abrecabezas, que aparece obligadamente en todos los filmes recientes donde haya mamporros. No es sólo un cliché del cine actual, una moda, sino también algo más: es probablemente un requerimiento que deben cumplir hoy en día todas las grandes producciones. Como todos sabemos, el entretenimiento nunca ha sido sólo entretenimiento: existen códigos ocultos, políticas impuestas desde arriba, preceptos y normas no declaradas pero que se hacen cumplir a rajatabla.

La presencia sí o sí de una o varias de estas heroínas detestables es parte de tales directrices ocultas. Una lástima porque esto convierte la visión de casi cualquier película reciente en un sufrimiento y una agonía: cualquier espectador bien nacido se pasa la película entera deseando que le vuelen la cabeza de una puñetera vez a la insufrible heroína, pero por supuesto no sucede nunca.

Muy al contrario, es la insoportable quien reparte a diestro y siniestro, sobre todo a varones. Y no sólo en películas de acción; fijémonos bien en que casi siempre aparece, en las series y películas de cualquier tipo, alguna mujer que le pega a un hombre.

Y es que precisamente se trata de eso, de mostrar esa imagen porque es una de las imágenes símbolo de esta modernidad enferma. Siempre habrá una justificación para ello, naturalmente: cuando no es una justa venganza, es que ella ha sido agredida o humillada, o el otro la ha mirado mal o es un error o es en broma. Siempre se encontrará un pretexto para justificar la escena, pero lo importante no es el pretexto, sino mostrar una mujer que le pega a un varón. Esto es lo que exige el código no escrito.

Esta propaganda amazónica está casi siempre mezclada con la sugestión sexual: la amazona que le parte la cara a los hombres raramente es un orco de Mordor, o un marimacho a la que uno no tocaría ni con un palo, como suelen ser las que realmente y no en la ficción pueden medirse con los varones a puñetazos; casi siempre la mamporrera es una mujer atractiva, con una fuerte carga sexual que siempre queda bien clara. Esto último es importante y un ingrediente fundamental; probablemente necesario para que un varón no completamente imbécil se trague semejantes producciones, pero la razón principal es manipular la psique masculina, para que ésta se deje trabajar como la harina se deja amasar para hacer pan.

En efecto, se trata de reblandecer y descomponer la mente del varón, crear un cortocircuito en la percepción que éste tiene de sí mismo y de su lugar en el mundo, solicitando su instinto sexual en combinación con la exhibición y la justificación de violencia contra lo masculino. Esto cuando el receptor del infecto mensaje es hombre. Si es mujer el objeto es alimentar la agresividad de las mujeres contra los varones, es decir fomentar y jalear la violencia con perspectiva de género pero manteniendo al mismo tiempo la conciencia tranquila; siempre se encuentra un pretexto, recordémoslo.

Como intención secundaria, se trata también de colar aquí el improponible discurso de igualdad de género: que las diferencias fisiológicas y cerebrales no significan nada, que todas las sociedades humanas, en toda la historia, se han equivocado asignando la tarea de la guerra a los hombres.

Ni siquiera se preocupan en esto, por cierto, de incorporar un mínimo de sutileza; de hacer luchar a la mujer de manera diferente, que ésta supere al varón usando también (por ejemplo) seducción, astucia, agilidad, manipulación psicológica, u otras habilidades que se podrían vender como más específicas de la mujer. Nada de ello: la heroína vence a todos los hombres a base de mamporros puros y duros.

Auténtico material para consumidores de entretenimiento ceporros y compulsivos que, literalmente, se tragan cualquier cosa que les pongan delante. Pero éste es también el espíritu de los tiempos: estamos en una sociedad que se vuelve cada día más tonta, tanto los hombres como las mujeres. Uno de los pocos ámbitos en los que hay de verdad paridad de sexos.

sábado, 20 de julio de 2013

ÓPERA PORNOGRÁFICA Y GUERRA CULTURAL



 


Los “artistas” subvencionados por el Estado que producen basura a repetición abundan en España como bien sabemos, pero no son exclusivos de nuestro país. Como tampoco es casual el tipo de inmundicia que sale de sus mentes; al contrario, sigue siempre líneas bien precisas. Hoy comentaremos un tema aparentemente lejano, pero menos de lo que podríamos pensar porque la Internacional de la Degeneración opera en toda Europa y el mismo tipo de cosas las tenemos aquí. En esta ocasión se trata de un montaje teatral en Berlín, adaptación de un documental con tema operístico:


El director de esto – que poco tiene que ver con la ópera – es el austríaco Johann Kresnik, que a la venerable edad de 73 años ha puesto en escena lindezas como una soprano crucificada con la vagina sangrante, otra que simula amputarse un pie y en su performance llena de salsa de tomate el escenario… parece que en sus montajes es habitual la carnaza; en otras ocasiones ha propinado a sus espectadores hallazgos “artísticos” como sexo – no simulado, nos dicen - sobre la capota de un coche o una hilera de gimnastas con las vaginas bien abiertas ante el público.

Podemos hablar ciertamente aquí de una voluntad de crear escándalo por parte de quien es incapaz hacer arte auténtico; hay que entender que es una búsqueda cada vez más desesperada, pues crear escándalo es algo casi imposible de lograr hoy en día. O se podría liquidar todo como la extravagancia de un viejo degenerado que ha llevado al escenario el estercolero que debe tener en la cabeza.

Todo esto es totalmente cierto y si fuera sólo esto no merecería mayor comentario, pero no explica porqué le financian precisamente a él y a otros como él, para permitirles llevar su espectáculo a prestigiosos teatros en vez de a los antros a los que en buena lógica pertenecen. Pues en efecto, por una parte no se trata de un caso aislado, por otra estas basuras no se sostienen cas i nunca por sí solas; el público en general las rechaza - a un auténtico aficionado a la música o a la ópera esto no le da más que asco – y sobreviven con dinero público.

Insuficiente por tanto, aunque verdadera, la explicación del vejete pervertido. Aquí tenemos sin duda, a nivel general, una degradación profunda de la cultura y del gusto, una subida de nivel de las cloacas que lo han inundado todo. En una sociedad sana, en Alemania o en España hasta ayer, esta porquería nunca habría aparecido en un teatro decente y mucho menos recibido ayuda pública; si por casualidad hubiera sucedido algo así el público se habría rebelado en masa y los responsables habrían sido cesados inmediatamente.

Pero es difícil enviar de vuelta a los habitantes de las cloacas por donde han venido, cuando las cloacas lo han anegado todo, han pervertido el gusto, la sensibilidad y el criterio de la sociedad. Cuando se ha condicionado al público, con una sibilina propaganda, para que considere antiguo, carca, facha – por usar algunas de las palabras favoritas de los babosos y los pervertidores de la sociedad – cualquier sano instinto y criterio.

Degeneración y decadencia como ambiente general, por tanto, en una sociedad ya acostumbrada a chapotear con una sonrisa idiota en las aguas fecales de la degradación, creyéndose por ello muy evolucionada y de vuelta de todo.

Pero hay algo más que una caída de nivel espontánea. Hay quien contribuye activamente al proceso con un objetivo preciso, demoliendo los diques que mantenían la basura en su lugar, bombeando el agua de las alcantarillas para que lleguen a todas partes.

Y la lógica que hay detrás de todo ello es cortar la transmisión de nuestras tradiciones culturales, falsificar las creaciones y el legado de los hombres de genio que nos precedieron, impedir que las nuevas generaciones los reciban y se formen en los valores y la sensibilidad que nos transmiten.

Este es el motivo por el que se subvencionan las basuras del viejo degenerado y, por todas partes, otros cientos o miles de producciones y “operaciones culturales” que sin llegar a tales extremos tienen el mismo significado de guerra contra la tradición europea. Guerra a todos los niveles, en una campaña de ocultamiento y tergiversación que se extiende no sólo a autores más o menos recientes, sino también a los clásicos de la literatura e incluso hasta los cuentos infantiles.

Es importante comprender que todo ello no es casual, sino parte de una grandiosa campaña, cuyo objeto es destruir nuestra identidad y nuestra herencia cultural. Cuando es posible censurándola directamente, cuando no dejándola secar y morir, tergiversándola para que no se pueda comprender su mensaje, lobotomizando a las nuevas generaciones desde la escuela para anular su capacidad de asimilarla y transmitirla.

En breve, se quiere asesinar nuestra cultura y nuestra tradición para sustituirla con una miserable cultura de masas hecha de plástico, vacía, políticamente correcta, instrumento de control y manipulación sobre una humanidad consumista, masificada y sin raíces, donde todos son iguales, políticamente correctos y con la cabeza hueca.

Esta es la verdadera razón del porqué a los contribuyentes alemanes, pueblo con una grande y gloriosa tradición, se les obliga a subvencionar los espectáculos del vejestorio degenerado y su soprano crucificada con la vagina sangrante.