lunes, 17 de noviembre de 2014

AZOTES DE NUESTRO TIEMPO: ANIMALISMO




El animalismo es la enfermedad infantil del ecologismo
Massimo Fini, “Il Ribelle”






En una época de pensamiento débil, de vacío profundo en ideas y valores fuertes, proliferan como hongos las causas nobles a buen mercado, los fanatismos a medida de los hijos del bienestar. Si no están disponibles unos ideales de hierro o no se está a la altura de ellos, se buscan de cartón piedra o de plástico.

El animalismo es uno de estos pseudoideales y uno de los Azotes con pleno derecho. La mentalidad animalista se extiende como una mala hierba; como todo buen fanatismo progresista se siente ofendido por muchas cosas y pretende la eliminación de todo lo que le ofende. Puesto que su sensibilidad aborrece la caza, nadie debe cazar y esta noble actividad se debe prohibir. Como les ofenden los toros, la tauromaquia también debe desaparecer.

Su objetivo final es convertir a toda la humanidad en vegetariana, en una regresión al ideal herbívoro, a la hortaliza como concepción del mundo y a la felicidad del ganado bovino como aspiración de vida.

La caída de nivel desde el carnívoro y el depredador – verdadera naturaleza del hombre - al herbívoro resulta evidente comparando la mirada de la vaca con la mirada del lobo. El abandono simbólico de la superioridad evolutiva e intelectual carnívora nos habla con la máxima claridad de los impulsos profundos que hay detrás del animalismo y de su afinidad con el nivel espiritual rumiante.

El animalismo se difunde con la proliferación de grupos anticaza, antitaurinos, vegetarianos, veganos; abunda en grotescos extremos y llega al fanatismo de mentecatos militantes – Frente de Liberación Animal – que llegan a ser violentos y evidentemente creen hacer algo importante. Defiende una grotesca, improponible, igualdad del hombre y el animal, poniéndolos moralmente al mismo nivel y reconociendo derechos a los brutos, o incluso a las langostas. Todavía no a las bacterias y a la flora intestinal; de lo contrario una simple indisposición intestinal o cualquier cura con antibióticos equivaldría a un genocidio.

En esta aberración de querer considerar a los animales como personas se llega a los extremos de un lenguaje y unos conceptos patéticos, expresión de una impresionante melaza mental, como el hablar de especismo como de un mal moral análogo al racismo y –cómo no- al sexismo. Por si no tuviéramos bastante con la plaga penosa y lamentable de los antirracistas y los antisexistas, ahora tenemos también a los antiespecistas en la galería de mentecatos.
 



Melaza mental sí, pero no incoherente ni carente de sentido. Todo lo contrario: es la lógica de la decadencia igualitaria que salta la barrera de la especie.

Para ello se debe negar la diferencia cualitativa, radical, entre el hombre y el animal. En un esfuerzo grotesco por mostrar que tal diferencia en realidad no es sustancial, se nos dice que los monos escriben embriones de poesías, que las barreras entre el hombre y el animal en realidad son cuestiones de grado, se humaniza de manera risible a los animales, hasta el punto de hablar ridículamente de amistad.

Dejando de lado la evidente problemática psicológica de quien tiene amigos animales en vez de humanos  -uno puede evidentemente sentir afecto por un animal pero es absurdo hablar de amistad- y en general la ignorancia de la etología, son evidentes en todos estos fenómenos aberrantes y en toda la mentalidad animalista dos temas de fondo: por un lado la igualdad del hombre y el animal, por otro una idea sensiblera, idealizada y antiecológica de la naturaleza.

Sobre lo primero, la pretendida fuerza moral de animalismo viene, como he apuntado, de ser un derivado del igualitarismo que salta la barrera de la especie. Para quien acepte como criterio ético y visión del mundo la decadencia igualitaria es claro que todo lo que derive de la igualdad, como el animalismo, puede tener fuerza persuasiva, aunque de todos modos encuentra límites claros en la realidad, por muchas anteojeras igualitarias que uno se ponga.

En todo esto me refiero al animalismo occidental, claro está, no de las actitudes hacia  los animales entre los hindúes y ciertos budistas. Este “animalismo oriental” –si así queremos llamarlo- no es para nada un derivado del igualitarismo; todo lo contrario pues se encuadra en doctrinas radicalmente inegualitarias, en prácticas de vida y concepciones del mundo tradicionales (por ejemplo el sistema de castas más rígido y severo en el mundo) que seguramente son inaceptables y odiosas para nuestros animalistas progres que llevan el gato al psicólogo.

Volviendo a la actitud animalista, representa ante todo una negación de la naturaleza humana. Lo que diferencia al ser humano frente al mundo animal son cosas como la inteligencia, el lenguaje, las habilidades manuales, etcétera… pero queriendo ir a la raíz, todos estos son aspectos de un principio general, el que realmente define lo humano: su carácter de ser no programado y polivalente, frente a la especie animal que está adaptada a su entorno con un programa ya dado. Este programa ya dado incorpora conocimiento, pues la especie animal sabe todo de su entorno – su nicho ecológico – pero sólo de éste. El hombre en cambio sabe poco y se debe programar a sí mismo, responder a cualquier tipo de entorno para él habitable, adaptarse a su nicho ecológico para modificarlo o crear uno nuevo. La cultura, la historia, todo lo que ha construido el hombre, es la crónica y el desarrollo, de mil maneras posibles, de este proceso de definición del ser humano y de superación del ideal animal.

Por tanto la tendencia que iguala hombre y animal lo que hace es negar la naturaleza humana; en el fondo esconde una aspiración a volver al ideal animal, a una felicidad de la especie en la cual todo sea estático y el tiempo histórico sea abolido, para que la humanidad vuelva a entrar en el seno del tiempo biológico.

Esta es también, en general, la actitud de fondo del igualitarismo y será mejor discutido en el Azote correspondiente. La afinidad entre el animalismo y las ideologías igualitarias, con las cuales encaja perfectamente, es profunda.

Sin embargo el ideal animal y pretendidamente naturalista del animalismo tiene poco que ver con la auténtica naturaleza, con sus crudezas y su lucha por la vida. Muy al contrario, aquí se trata de una extraña melaza genéricamente buenista, que entre otras cosas incluye, más o menos explícitamente, el proyecto futuro de convertir a la humanidad en vegetariana; una mentalidad a la cual es propia una hostilidad filosófica por la depredación y la lucha por la vida.

El lobo también tiene sus derechos, si queremos expresarnos así, pero los animalistas querrían por razones morales convertir también a los lobos en vegetarianos. Lo cual es peor que exterminarlos.

De hecho, si queremos hablar de maltrato animal, el verdadero maltrato no es el combate de la corrida, sino lo que les hacen muchas féminas urbanitas a perros y gatos: cubrirlos de lacitos rosas y prendas inútiles, haciéndoles la pedicura, llevándolos al peluquero y decorándolos de manera absurda para que parezca que van a un concurso de belleza; en breve, transformarlos en una especie de peluches amariconados vivientes. Hacerle esto a un animal fiero, cazador y depredador, ése es el verdadero maltrato animal.




El animalista se cree en posesión de una sensibilidad especial y una superioridad moral, cuando no pasa de la sensiblería y de una visión pijo-ciudadana de la naturaleza y del mundo animal. La mentalidad animalista, de hecho, creo que le es bastante extraña a quien vive del campo, y tiene por tanto de la naturaleza un concepto más cercano y auténtico. Y es que la naturaleza se puede ver de maneras muy diferentes: una cosa es vivir de ella, otra verla durante los fines de semana desde una casa rural o un spa al gusto de los urbanitas. Pero normalmente los que hacen las leyes son los del spa.

Es importante este punto, pues el amor por la naturaleza y por los animales no implica de ninguna manera caer en la aberración animalista. Se puede amar al toro de lidia y sacrificarlo, se puede amar a los animales y ser cazador. Hay una ingenuidad de fondo en el animalismo y una visión idealizada de la naturaleza propia de películas de Walt Disney. Que son seguramente respetables (al menos las producidas antes de que la casa Disney empezara a hacer basura, lo cual sucedió exactamente cuando Michael Eisner y sus correligionarios tomaron el control) pero no son el mundo de la naturaleza, de la cual dan una idea edulcorada y moralista.

Por lo demás las pocas poblaciones humanas primitivas que aún hoy viven de acuerdo con la naturaleza poco tienen en común con nuestros progres ecológicos, que con toda probabilidad no soportarían una semana viviendo entre ellos. Estas poblaciones primitivas viven, si queremos, en una inocencia que es casi una inocencia animal, y desde luego están integrados perfectamente en el ciclo natural. Pero de una manera que me temo no guste mucho al sentimentalismo barato del Occidente animalista.

En definitiva, lo que nuestros animalistas en realidad quieren decir es que el ser humano debe ser considerado una especie animal entre las demás pero no puede ser depredador, no se le permite integrarse en el ciclo presa-depredador de la naturaleza por razones morales, y precisamente la moral del ideal herbívoro-vegetariano.

Por tanto ya de entrada no se trata del ideal natural de vida, sino de poner al hombre –de todos modos- por encima de la naturaleza pero como regulador según una moral igualitaria y humanista. Lo que –dicho sea francamente- en definitiva degrada la naturaleza y la reduce a una idea cursi y enfermiza de mujeres con carencias afectivas y afeminados espirituales. Los de los perros y gatos acicalados para concursos de belleza, para entendernos.

El hombre inevitablemente perturba y transforma la vida natural. La única manera de no hacerlo es no existiendo como seres humanos. Por tanto no es difícil adivinar que de manera subterránea existe, bajo la ideología de que nos ocupamos y en realidad de toda la tendencia igualitaria, de un complejo de culpabilidad por ser humanos y haber salido de la animalidad.

Esta es la contradicción profunda del animalismo. Se pretende que el hombre es una especie animal como las demás y no tiene derecho a dominar la creación, pero al mismo tiempo se le quiere imponer una moral extraña a la naturaleza, a la misma lógica de la vida y de las especies.

El animalismo no quiere volver a la naturaleza o la vida natural, sino separarse de ella de manera radical y gestionarla según su visión buenista y antinatural. Por tanto en realidad es enemigo de la naturaleza y promueve una cesura neta entre el hombre y la naturaleza, que es reducida a poco más que un parque temático.

Con todo lo comentado resulta claro porqué el animalismo es la enfermedad infantil del ecologismo, como dice la cita con que comenzamos el Azote. Una consecuente perspectiva ecologista, libre del lastre animalista y de las ideologías afines, debe existir y es una necesidad imperiosa para nuestro futuro. Pero aún debe llegar quien sea capaz de formularla.