lunes, 17 de noviembre de 2014

AZOTES DE NUESTRO TIEMPO: ANIMALISMO


Esta entrada del blog fue la primera versión para el capítulo correspondiente del libro "Azotes de Nuestro Tiempo" publicado en 2017. Se dejan algunos párrafos como muestra. 






En una época de pensamiento débil, de vacío profundo en ideas y valores fuertes, proliferan como hongos las causas nobles a buen mercado, los fanatismos a medida de los hijos del bienestar. Si no están disponibles unos ideales de hierro o no se está a la altura de ellos, se buscan de cartón piedra o de plástico.

Y el animalismo es uno de estos pseudoideales.
Su objetivo final es convertir a toda la humanidad en vegetariana, en una regresión al ideal herbívoro, a la hortaliza como concepción del mundo y a la felicidad del ganado bovino como aspiración de vida.

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En esta aberración de querer considerar a los animales como personas se llega a los extremos de un lenguaje y unos conceptos patéticos, expresión de una impresionante melaza mental, como el hablar de especismo como de un mal moral análogo al racismo y –cómo no- al sexismo. Por si no tuviéramos bastante con la plaga penosa y lamentable de los antirracistas y los antisexistas, ahora tenemos también a los antiespecistas en la galería de mentecatos.
 



Melaza mental sí, pero no incoherente ni carente de sentido. Todo lo contrario: es la lógica de la decadencia igualitaria que salta la barrera de la especie.

Para ello se debe negar la diferencia cualitativa, radical, entre el hombre y el animal. En un esfuerzo grotesco por mostrar que tal diferencia en realidad no es sustancial, se nos dice que los monos escriben embriones de poesías, que las barreras entre el hombre y el animal en realidad son cuestiones de grado, se humaniza de manera risible a los animales, hasta el punto de hablar ridículamente de amistad.

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Volviendo a la actitud animalista, representa ante todo una negación de la naturaleza humana. Lo que diferencia al ser humano frente al mundo animal son cosas como la inteligencia, el lenguaje, las habilidades manuales, etcétera… pero queriendo ir a la raíz, todos estos son aspectos de un principio general, el que realmente define lo humano: su carácter de ser no programado y polivalente, frente a la especie animal que está adaptada a su entorno con un programa ya dado.

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Por tanto la tendencia que iguala hombre y animal lo que hace es negar la naturaleza humana; en el fondo esconde una aspiración a volver al ideal animal, a una felicidad de la especie en la cual todo sea estático y el tiempo histórico sea abolido, para que la humanidad vuelva a entrar en el seno del tiempo biológico.

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Por lo demás las pocas poblaciones humanas primitivas que aún hoy viven de acuerdo con la naturaleza poco tienen en común con nuestros progres ecológicos, que con toda probabilidad no soportarían una semana viviendo entre ellos. Estas poblaciones primitivas viven, si queremos, en una inocencia que es casi una inocencia animal, y desde luego están integrados perfectamente en el ciclo natural. Pero de una manera que me temo no guste mucho al sentimentalismo barato del Occidente animalista.

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El hombre inevitablemente perturba y transforma la vida natural. La única manera de no hacerlo es no existiendo como seres humanos. Por tanto no es difícil adivinar que de manera subterránea existe, bajo la ideología de que nos ocupamos y en realidad de toda la tendencia igualitaria, de un complejo de culpabilidad por ser humanos y haber salido de la animalidad.

Esta es la contradicción profunda del animalismo. Se pretende que el hombre es una especie animal como las demás y no tiene derecho a dominar la creación, pero al mismo tiempo se le quiere imponer una moral extraña a la naturaleza, a la misma lógica de la vida y de las especies.

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Una consecuente perspectiva ecologista, libre del lastre animalista y de las ideologías afines, debe existir y es una necesidad imperiosa para nuestro futuro. Pero aún debe llegar quien sea capaz de formularla.