domingo, 6 de julio de 2014

AZOTES DE NUESTRO TIEMPO: CENTROS DE OCIO







Seguramente todos conocemos esos horribles lugares llamados centros de ocio que surgen por todas partes. Reconocibles fácilmente porque están cortados por el mismo patrón, inconfundibles en su irredimible mal gusto, en su ambiente y su estética – valga la palabra – kitsch, hortera, en el más puro estilo de Las Vegas, capital mundial del juego y de la estética del dinero. No es un parecido casual, al contrario: lo exterior se corresponde siempre con lo interior y cualquier cosa, hasta lo más superficial, nos habla de lo profundo, de lo que hay debajo. Este tipo de especial vulgaridad, por tanto, no se queda en lo superficial; al contrario nos que habla bien claramente del ínfimo nivel de una sociedad donde el dinero es el valor clave y el dios supremo.

Al fin y al cabo al centro de ocio se va a consumir, es decir a comprar, qué cosa en concreto importa poco. Su función es la de una fábrica de dinero como cualquier otra; en este caso se ordeña el mercado del tiempo libre. Es en los grandes espacios vacíos donde estos lugares pueden expresar mejor su auténtica alma; en pocos meses surgen grandes construcciones de plástico y materiales baratos, imitaciones de mármol y piedra, especialmente horrorosos cuando los diseñadores pretenden ser creativos y darle valores estéticos.

Todo con un inconfundible aire artificial, postizo, porque efectivamente se trata de un no-lugar, un simple decorado para enmarcar el flujo de dinero en una dirección y el de productos de consumo en la otra.

De consumo cultural se trata en efecto – feísima expresión donde las haya – pero no cualquier hecho cultural es apto o igualmente bueno para el mercado del tiempo libre. Es necesario que se trate de una pseudo-cultura de masas, superficial, que pueda entrar y ser aceptada en todas partes; sólo así es adecuada a una concepción del mundo en que todo es mercado y nada hay fuera del mercado. Oferta prefabricada y de ínfimo nivel, homologada al mínimo común denominador del ciudadano global.

Qué diferencia, a pesar de la etimología, con el otium en el sentido romano antiguo, que era el cultivo del espíritu y del carácter. En cambio el ocio  en sentido actual no es más que rellenar el tiempo, o incluso matarlo, según otra expresión horrible pero no por ello menos certera. Estas tres palabras,  matar el tiempo, resumen la cultura del ocio y el vacío profundo que esconde. Existe sólo la lógica comercial y el mercado del entretenimiento, el gran protagonista de la vida interior del ciudadano moderno.

No se sabe qué hacer con el propio tiempo y especialmente con los niños. De aquí la actitud tan difundida entre los padres y madres de hoy, que ocupan el tiempo de los hijos con estupideces o incluso, muchos de ellos, los llevan al centro comercial o al centro de ocio; sólo para matar el tiempo que aún estaba vivo y que no estén todo el día en casa enganchados a la telebasura, otra gran matadora de tiempo.

Se necesita ocupar cada hora y cada minuto a cualquier precio, casi desesperadamente porque existe una difundida incapacidad de estar solos con uno mismo, clarísimo índice que revela una sociedad neurótica y desequilibrada. Una ocupación del tiempo en mil seufoactividades que en definitiva son algo externo al hombre, que no le pertenece verdaderamente, lo hace descentrarse, girar en el vacío de una órbita inestable y sin sentido.

La gente ha siempre necesitado momentos de ocio y esparcimiento, no sólo porque vivir es también esto, sino porque es algo necesario para el equilibrio interior y psíquico, como lo es el juego para los niños.

Pero sin incomodar a los antiguos romanos y su otium, existe una diferencia abismal, macroscópica, entre un tipo de ocio tradicional, ligado a una pertenencia y a una identidad precisas, que delimita el espacio al cual uno pertenece y contribuye a darle un lugar en el mundo y en la vida, y ese conjunto de actividades semicompulsivas que consumimos en el tiempo libre.

El ocio de hoy en día, pura lógica comercial y consumo como todo el resto, es una potente herramienta de obtusidad interior, en su carácter uniforme, mecánico y sin alma; así como es un importante medio de propaganda encubierta y de manipulación, a través del cual se va separando a las personas de sus raíces culturales, se van introduciendo en las mentes modas, comportamientos y actitudes, que entran en nuestra cabeza tan suavemente como un gigantesco supositorio; metáfora cuyas vulgares implicaciones describen a la perfección lo que el sistema actual está haciendo con el ser humano, con la diferencia de que este supositorio no es precisamente curativo.

De este sistema el mercado del ocio es una parte fundamental, con todo su potencial de aturdimiento y manipulación, científicamente estudiados en un afán que podríamos llamar diabólico, para cerrar la vida y la mente del hombre a cualquier valor superior; para hacerlas tan insípidas, banales y superficiales como sea posible.

Este es el nuevo hombre que se prepara, el hombre hiperactivo y al mismo tiempo ocioso, el que cuando trabaja es un recurso y cuando no trabaja es un consumidor – y por tanto sigue trabajando para el sistema aunque manera diferente –, el que reducido a un terminal de entrada y salida de dinero vemos deambular tristemente por centros comerciales y centros de ocio. En definitiva el último hombre que Nietzsche supo anticipar hace más de un siglo.