viernes, 20 de junio de 2014

EL LABERINTO DEL FAUNO






Esta producción hispano-mejicana del año 2006 fue todo un éxito mundial. Ganadora de tres Oscar y 68 galardones más, entre ellos siete premios Goya en España y nueve premios Ariel en Méjico. Ha sido la película rodada en español más taquillera de la historia y entusiasmó a todo el mundo: el público, la crítica y los intelectuales.

Con estas credenciales, aun antes de verla estaba claro que iba a encontrarme ante una inmundicia de alto nivel y una indecencia absoluta. No tanto en su factura sino en su contenido simbólico y en los mensajes que transmite.

La visión de la cinta confirmó estas expectativas. Como producto comercial es una película técnicamente bien hecha y entretenida, con buenos efectos especiales y un guion aceptable, varias ocurrencias ingeniosas y un elemento fantástico que le da su carácter particular. No es que sea una película memorable (comparada con cualquier auténtico clásico es bastante insignificante) pero sí tiene los ingredientes correctos, dosificados con maestría, que dan el tipo de vulgaridad inteligente que llena las salas de cine, porque así han educado el gusto del público actual.

El secreto de la película, sin embargo, va más allá de ser un buen producto comercial y está en su significado, en la ideología implícita, las sugestiones y las imágenes que transmite, con un mensaje claro e inequívoco. Es una producción que simboliza perfectamente las ideas y actitudes espirituales dominantes hoy en día. Naturalmente esto es lo que ha entusiasmado a los intelectuales y a los críticos, extasiados ante esta representación que educa en los antivalores que para ellos son sagrados.

El trasfondo histórico es la inmediata posguerra española y la lucha de los maquis, las partidas guerrilleras que continuaron combatiendo al régimen de Franco durante algunos años. Como en muchas otras películas españolas de los últimos años, los franquistas son los malos malísimos y la carga de propaganda política es notable, además de bastante pueril. Pero esto es sólo la ambientación y no el mensaje principal.

El contenido esencial de la película es un ataque furioso, bilioso y abyecto contra la figura del padre. Totalmente en línea con la ideología hoy dominante en Occidente y particularmente insidioso, porque es transmitido a través de sugestiones e imágenes para que sean mejor absorbidas, especialmente por niños y chavales.

Mensaje que entra muy bien en la España actual. Pero aunque nuestro país es seguramente uno de los que tiene mayor densidad por metro cuadrado de babosos berreando contra el machismo, el patriarcado y toda autoridad, la hostilidad contra la figura del padre evidentemente no es algo exclusivo de España sino de todo Occidente.

Completa el cuadro otro nivel de mensajes, más sutil, que resume la intención profunda de la película y expresa una tendencia de fondo muy típica de los tiempos actuales. Se trata simbólicamente de rehuir la luz y la elevación interior, para buscar el sentido de la vida en la oscuridad, las profundidades de la tierra y el descenso a un nivel infrahumano.

La narración se articula en dos niveles: el mundo normal de todos los días y el mundo de la realidad fantástica, mágica, al cual tiene acceso sólo el personaje de la Niña, hilo conductor de la película y personaje principal. Los otros son:

El Padre Opresor, un capitán del ejército franquista al mando de una compañía de soldados, enviada a las montañas para combatir a los guerrilleros.

La Heroína Guerrillera, mujer que trabaja en el caserío donde están instalados los soldados, pero en realidad ayuda a los maquis.

La Madre Víctima, esposa del capitán y, como no podía ser de otra manera, víctima del Padre Opresor. La Niña es hija suya pero no del capitán.

Comienza la película. La Madre Víctima viaja con la Niña en un convoy militar hacia el acuartelamiento de los soldados en las montañas. Está en avanzado estado de gestación y no debería hacer ese viaje, pero va allí porque el Padre Opresor la obliga a ello, cometiendo seguramente violencia de género ante litteram. Tanta obcecación es debida a que, para el capitán, “un hijo debe nacer donde está el padre”. Por tanto queda claro que la paternidad y sus razones representan el mal.

Por lo demás el capitán deja claro su carácter despótico y autoritario desde el principio. La Niña, como corresponde al personaje símbolo de una espiritualidad y sensibilidad superior, en contacto con el mundo invisible, comprende instintivamente la maldad del Padre Opresor y siente rechazo por él desde el primer momento.

Por su parte, la Niña no es una simple niña sino la hija del rey del inframundo. Ésta abandonó su reino subiendo a la superficie y salió a la luz del sol. Pero la luminosidad, lejos de tener un significado positivo como para toda niña bien nacida, no le hizo mucho bien porque le hizo perder la memoria. Desde entonces vaga perdida y en pena por el mundo.

Nótese de pasada la perversa inversión del conocido simbolismo de las almas que habitan en el cielo y caen a la tierra olvidando quienes son, cuya aspiración es retornar a la luminosidad y al mundo espiritual. Aquí tenemos, al contrario, a la hija díscola del inframundo cuya tragedia es haber olvidado quién es porque ha subido hacia la luz, y el final feliz que se nos propone es el retorno a las profundidades bajo la tierra. Por sí sola este simbolismo invertido nos deja bien claro lo que estamos viendo.

Mientras el capitán psicópata hace de las suyas asesinando a dos inocentes paisanos que iban a cazar conejos, un insecto repugnante sigue a la niña, que a un cierto punto comprende que no es un simple insecto repugnante. En efecto es un hada (!) que para comunicarse con la Niña recupera su forma, por cierto no mucho más agradable que la del insecto porque parece una especie de criatura infernal. Imagino que esto es deconstrucción de estereotipos, o simplemente es apropiado para las criaturas del inframundo.

El hada la lleva hasta un antiguo laberinto donde al fondo de una escalera descendente hay un fauno, un bicho también bastante feo que bien pudiera haber sido el camarero de un aquelarre. Éste la informa de que hay una puerta abierta para regresar al reino subterráneo, pero debe superar unas pruebas. La primera es salvar un árbol con forma de útero que está muriendo porque hay un gigantesco sapo dentro que lo sofoca. El repugnante sapo debe ser un símbolo masculino secundario, o quizás del óvulo fecundado y la maternidad (recordemos que estamos dentro de un árbol con forma de útero). De cualquier manera la niña sigue las instrucciones del fauno y el sapo muere. La primera prueba así queda superada.

Mientras tanto la Madre Víctima sufre hemorragias y está mal, evidentemente porque el Padre Opresor la ha obligado a afrontar el duro viaje. El fauno le da a la niña una raíz de mandrágora para curar a la madre y ésta mejora. Mientras tanto el Padre Opresor, en un nuevo acto de violencia de género, da instrucciones al doctor para que salve al niño y no se preocupe de la vida de la madre, pues lo que le interesa es perpetuar el linaje y su esposa es un mero instrumento.

La niña afronta su segunda prueba, pero desobedece las instrucciones del fauno y despierta a una especie de engendro monstruoso que se come a los niños. Ella escapa por los pelos pero el engendro se come a dos de las tres hadas que la acompañan. El fauno se enfada con la Niña, le dice que ha fallado y que las puertas del inframundo están cerradas para ella.

Mientras tanto los maquis están cada vez más activos y combaten a los soldados. El capitán psicópata sigue demostrando lo malo que es de todas las maneras posibles, torturando a un prisionero y cargándose con un tiro por la espalda al doctor, cuando descubre que éste daba medicinas a los guerrilleros.

Luego nace finalmente el niño con la ayuda del paramédico, pero la madre muere porque el capitán ha descubierto la raíz de mandrágora y la ha arrojado al fuego. Mujer, por tanto, víctima de la maternidad impuesta por el Padre Opresor para perpetuar su descendencia. Dos pájaros de un tiro: tan malo como el padre es la maternidad, esclavitud de la mujer.

En cambio buena es naturalmente la heroína guerrillera, de la cual el capitán psicópata ha empezado a sospechar. Ésta intenta escapar con la Niña pero es capturada en el bosque. El Padre Opresor se queda a solas con ella para torturarla y quizás violarla a gusto, sin tomar excesivas precauciones porque, machista hasta la médula, no la considera una amenaza pues “es sólo una mujer”. Como estaba cantado, nuestra heroína se libera con un cuchillo que tenía escondido y le hace un par de feas heridas al capitán, además de un corte en la boca mientras le dice palabras edificantes y fieras, dignas de una auténtica amazona y no de una madre de familia esclavizada.

Escapa y poco después sale el capitán malherido que ordena cogerla viva. Los soldados la persiguen y la rodean, pero cuando esperamos fervientemente que la heroína guerrillera reciba finalmente su merecido llegan nuestros héroes los maquis, que se cargan a casi todos los perseguidores.

Mientras tanto las cosas se ponen feas para los soldados, que han tenido muchas pérdidas en varias escaramuzas y están ya en franca inferioridad. Los guerrilleros dan el asalto final y en medio de la refriega la Niña escapa con el recién nacido hasta el laberinto, donde la espera el fauno que ha decidido darle otra oportunidad. Deberá verter la sangre inocente del bebé y así entrará en el reino subterráneo. Pero ella se niega. Mientras tanto el capitán psicópata la ha seguido y la ve hablar sola (no puede ver al fauno). Le quita el niño y, malo hasta el final, le pega un tiro a la niña.

A la salida del laberinto le esperan los guerrilleros y nuestra heroína. El Padre Opresor pide que le digan a su hijo la hora a la que murió su padre. Pero la heroína emancipada se niega y le comunica que el niño “ni siquiera sabrá quién era su padre”, enunciando así el primer mandamiento de la sociedad matriarcal.

El capitán es liquidado y el alma de la niña muerta retorna al inframundo, pues resulta que en realidad ha superado la prueba, prefiriendo verter su sangre antes que la de un inocente.

Como vemos, es todo muy edificante en este catecismo antifascista, feminista y antipaterno.

Acerca de la ambientación histórica y la propaganda política, es como muchas otras películas cometidas en España en los últimos años, totalmente maniquea con los malos malísimos franquistas y los buenos republicanos.

Es curioso que esta misma gente critique a los americanos por intentar ganar la guerra de Vietnam en el cine, cuando ellos hacen lo mismo con las películas ambientadas en el Guerra Civil. Con la salvedad de que hay películas americanas decentes sobre ese tema, mientras que las españolas son bodrios infumables que destacan por ramplonería y zafiedad. Si las peores películas americanas sobre el Vietnam son un poco infantiles, las españolas en general y esta en particular se acercan ya al nivel del retraso mental.

Pero esto es sólo lo secundario y la ambientación histórica. Lo más importante y el tema central de la película es, naturalmente, la demolición de la figura del padre. Tal es el contenido que transmite, el corazón infecto y venenoso de su mensaje: la destrucción y la anulación de la paternidad, la presentación de la maternidad como una explotación de la mujer, la exaltación de la mujer guerrera vengadora que destruye al padre por partida doble: primero lo asesina eliminándolo físicamente y luego lo asesina en la memoria del hijo, dejando bien claro que “el hijo ni siquiera sabrá el nombre de su padre”.

Como vemos esta nauseabunda película es la misma encarnación de la ideología antipaterna que domina la sociedad actual del matriarcado histérico, que es el verdadero nombre del Occidente moderno.

Mensaje que se complementa y potencia, de manera natural, con una explícita proyección de la espiritualidad en el mundo inferior y subterráneo. La preferencia por la oscuridad sobre la luz, el carácter vagamente infernal de las criaturas que pueblan el submundo, la aspiración a descender en la que el alma perdida encuentra su más auténtica realización.

Ya desde antes del cristianismo se ha advertido el carácter inferior, regresivo y disolutivo de tales símbolos, de este tipo de sugestiones e imágenes, señales inequívocas de una pseudoespiritualidad decadente y una naturaleza interna que aspira a la degradación y a la oscuridad interior.

El fomento y la difusión de tales tendencias, la acción activa y el trabajo sobre las mentes, es en verdad la intención principal que hay detrás de esta y muchas otras manifestaciones de la cultura actual, más allá del discurso meramente comercial.

En efecto no se trata sólo de simple entretenimiento sino de transmitir un mensaje, y de una manera particularmente insidiosa. Los catequismos de la degeneración se pueden comparar con dulces bien confeccionados y atractivos pero rellenos de veneno. La doctrina no se imparte literalmente, sino a través de imágenes, sugestiones, atmósferas y símbolos, que son infinitamente más penetrantes; se incrustan en la mente, se filtran en profundidad y de manera particular en las mentes en formación, más receptivas, que casi sin darse cuenta absorben el mensaje y cuando han crecido ya lo tienen incorporado.

Con las observaciones anteriores creo que ha quedado clara la clase de basura ante la que nos encontramos, el nivel espiritual y el carácter de los contenidos que se promueven. Los hemos ilustrado en este caso particular pero se encuentran en mil otros ejemplos y en toda la cultura contemporánea. Ni siquiera hace falta buscar significados ocultos, hacer cábalas o hilar muy fino, sino que todo está ahí, visible para quien lo quiera ver.

El contenido principal de la película es, concluyendo, la destrucción de la figura del padre y la apología del parricidio. Tema central que, de una u otra forma, está en las raíces mismas de la ideología hoy dominante. Casi diría que representa la esencia de la sociedad en que vivimos: el Occidente moderno es, ante todo, la sociedad que ha matado al Padre.

Ahora bien, para el mundo clásico que está en el las raíces de nuestra cultura, y en realidad para cualquier civilización que merezca tal nombre, el crimen capital ha sido siempre el parricidio, el asesinato del padre.

La sociedad basura que ha tomado forma en el Occidente moderno ha matado al Padre, está ella misma fundada, ideológica y espiritualmente, sobre el crimen capital del parricidio, y por tanto es una sociedad que merece morir.

viernes, 6 de junio de 2014

AZOTES DE NUESTRO TIEMPO: CALIDAD DE VIDA





La calidad de vida es sin duda uno de los fetiches de nuestro tiempo. Por otro lado, no es que quede mucho donde elegir una vez deconstruidos los grandes ideales, vaciados de contenido y de profundidad los valores, las aspiraciones y motivaciones fuertes, cargadas de intensidad y de significado. Cuando patria, religión, familia, estirpe e identidad no significan ya nada. Cuando todo es un producto de consumo y se reprime sistemáticamente desde la infancia cualquier aspiración superior, cuando nos han explicado que sólo existe lo material y que somos animales económicos que maximizan su utilidad.

En pocas palabras, cuando los ideales y los dioses están muertos en las mentes y los corazones, la asamblea de asnos que se declara a sí misma cima de la evolución humana proclama su aspiración y su nuevo dios. Aspiración en verdad raquítica, diosecillo en verdad miserable, pero es lo único que queda: la calidad de vida.

Es el mínimo común denominador de los anhelos humanos, el residuo de la voluntad y las pulsiones vitales, el poso que queda en el fondo de las personas y los pueblos cuando se les han quitado su identidad y sus valores. Es el único ideal concebible en la igualdad, lo cual muestra una vez más la íntima relación de los Azotes entre sí.

Se supone que calidad de vida es vivir bien. Pero esto dice poco; lo importante es el modelo concreto, las aspiraciones que se condensan en la expresión calidad de vida. No se trata ciertamente de ideales por el que a alguien se le ocurra hacer algún sacrificio o pasar incomodidades, ni son imaginables masas que se rebelan enfervorizadas para exigir calidad de vida. Pero de eso se trata, de no movilizar masas y menos aún pueblos o comunidades, sino de gestionar reflejos pavlovianos en agregados de individuos.

Muy al contrario, aquí se trata de perseguir la pequeña felicidad solipsista, el alejamiento de los grandes temas y del compromiso, el vivir bien y confortablemente, la ausencia de sobresaltos. Se entiende que el bienestar económico y la riqueza tienen una importancia fundamental, pero también otros aspectos menos materiales que de todos modos, al final van a recaer siempre en los valores típicos hoy dominantes.

Como corresponde a nuestro tiempo, que valora sólo lo que se puede medir y reducir a un número - mejor aún si es un precio - se han establecido índices de calidad de vida, que se supone definen quién vive bien y quién no. El más difundido es el índice de desarrollo humano, que tiene en cuenta tres aspectos: riqueza per cápita del país, esperanza de vida y nivel de escolarización. Es naturalmente ya una posición ideológica definir el desarrollo humano como algo que se pueda cuantificar, y más aún establecer que los parámetros de medida sean la riqueza, la duracion de la vida y la escolarización. Seguramente hay una mejora respecto al burdo criterio que se usaba antes de tener en cuenta sólo la riqueza, pero siguen siendo criterios cortados a medida de quien los define.

Es decir del modelo de sociedad occidental consumista, materialista y del bienestar que se nos propone, explícitamente, como el mejor de los mundos posibles y el ideal futuro para toda la humanidad. Los índices de desarrollo humano, y en general todo el discurso de la calidad de vida, giran alrededor de esto, y lo que dicen en realidad es en qué medida un país o una comunidad se aproxima a este modelo. La calidad de vida es entonces la manera que tiene la sociedad occidental moderna de decirse a sí misma que es la mejor posible; con la temeraria afirmación adicional de que la gente es más feliz, está más satisfecha y vive una vida más plena y equilibrada cuando su calidad de vida es alta.

Que la felicidad humana esté en la posesión de bienes materiales, en la duración de la vida y en otros criterios cuantitativos es un gran rebuzno, que ninguno de los grandes pensadores o maestros en la historia de la humanidad – y tampoco medianos que yo sepa - ha soltado nunca. Pero sin entrar a fondo en este terreno espinoso y opinable, como mínimo es evidente la arbitrariedad de esta manera de medir la felicidad humana y su inconsistencia, incluso desde criterios puramente cuantitativos y definibles rigurosamente.

Los países con más calidad de vida son las naciones guía y ejemplo de la sociedad del bienestar: Noruega, Australia, Estados Unidos, Holanda, Alemania, Nueva Zelanda, irlanda, Suecia, Suiza, Japón.

¿Es en estas naciones donde la gente vive mejor, donde satisface sus aspiraciones vitales, donde podría decir, en una imaginaria recapitulación post mortem, que su paso por este mundo ha sido más pleno y ha merecido la pena?

Cabe dudarlo pues hay parámetros y criterios que si fueran incluidos en el dichoso desarrollo humano, darían una “clasificación de la felicidad” bastante distinta. Por ejemplo el índice de suicidios. Aunque aquí entran en juego también factores culturales y es un argumento con una limitada validez, en líneas generales donde la gente se suicida más es porque vive peor, y los países con mayor calidad de vida, sin estar entre los primeros en suicidios, sí están todos en la mitad superior de la tabla. En cambio los países donde la gente se suicida menos sí que son, en su mayor parte, naciones con poco desarrollo humano.

Es lo que tiene la sociedad del bienestar, que cuanto más bienestar hay más gente se quita la vida. Parece que para muchas personas el precio que han de pagar por la calidad de vida es la vida misma. Esto se ve claramente considerando las cosas en perspectiva histórica: las tasas de suicidio aumentan siempre con el desarrollo económico y la introducción del modelo de sociedad moderna actualmente dominante; una tendencia verificada desde el fin de la Edad Media y en la actualidad demostrada - una vez más - con el incremento espectacular de los suicidios en China, paralelamente a un crecimiento económico que evidentemente conlleva tensiones individuales y sociales crecientes.

El discurso de los suicidios no es totalmente concluyente por varias razones, pero seguramente sería correcto introducir este aspecto en el cálculo de la calidad de vida. Claro que entonces las sociedades desarrolladas no saldrían automáticamente como las más felices, con lo cual los índices dejarían de servir para el fin con que fueron creados.

Pero donde realmente brillan los países con más desarrollo humano es en otros índices de infelicidad como el consumo de drogas y psicofármacos, la necesidad de tratamiento psicológico y la incidencia de trastornos mentales; como asimismo en las tasas de gilipollez e hijoputez, de cabreo general, ñoñería y retorcimiento mental.

El lector pensará que es difícil dar una definición científica rigurosa y más aún medir estas variables, especialmente las últimas cinco, pero es evidente que son indicadores clarísimos de cómo la gente vive su existencia y lo que obtiene de ella. Y en los países con más calidad de vida estas tasas se disparan, como se disparan cuando la calidad de vida aumenta. Seguramente lectores con más edad que yo recuerdan como la vida era más serena, menos amargada, más centrada y con menos preocupaciones estúpidas, hasta que llegó la calidad de vida.

La incidencia de la depresión es más del 25% en países como Estados Unidos, Alemania, Noruega – países que están en el top 5 del índice de desarrollo humano – y también es notable en países como Francia o España que están en  la parte superior de ese ranking. UN discurso análogo vale para la incidencia de trastornos psicológicos en general, el consumo de drogas y psicofármacos. En todos estos evidentísimos indicadores de malestar los países con más calidad de vida ocupan las primeras posiciones.

En Estados Unidos, paradigma del bienestar bovino, más de la mitad de la población toma antidepresivos y otros medicamentos psicoactivos. Lo cual quiere decir que más de la mitad de la población no soporta la sociedad en que vive y la existencia que lleva; este es evidentemente el significado del dato. En las naciones desarrolladas líderes en calidad de vida, el uso de antidepresivos aumenta continuamente y estamos en algo menos de una dosis diaria prescrita por cada diez habitantes.

Evidentemente donde hay más calidad de vida, más gente hay que no soporta esa vida feliz y llena de calidad.

Parece claro que el hombre necesita sentir que su existencia tiene significado, necesita algo más o algo distinto de lo que propone la sociedad del bienestar y el modelo de vida occidental. Necesita algo más que estos ideales pequeños y estas aspiraciones mediocres, encarnados en la calidad de vida. Ideales que expresan un individualismo total en una sociedad desarticulada, donde el objetivo es maximizar una pequeña felicidad. Aspiraciones que evitan cuidadosamente todo horizonte superior que pudiera disturbar esta contabilidad miserable de placeres y dolores, felicidad e infelicidad. Todo ello termina por mutilar cualquier anhelo superior; elimina la tragedia como la alegría, todo lo que pueda ser profundo y temible, todo lo que pueda amenazar con remover las aguas humanas.

Naturalmente el afán de definir y perseguir científicamente, racionalmente la felicidad, es exactamente la fuente de la infelicidad, es lo que impide que se alcance esta felicidad, lo que hace que el precio de mejorar las estadísticas de calidad de la vida sea la pérdida de sentido de esa vida, el malestar extraordinario que sólo un autoengaño continuo llama bienestar.

Es una paradoja sólo en apariencia, o mejor dicho es una paradoja sólo para estupidez inteligente del racionalista que piensa poder pesar y atrapar con la razón la vida. Aquí opera una especie de principio de indeterminación que hace imposible acotar y atrapar lo que se busca, pues escapa y cambia su naturaleza en cuanto hacemos ese movimiento. Una vez atrapado y aferrado con fuerza, nos damos cuenta de que una vez más hemos dejado fuera, se nos ha escapado, lo más importante. No es por tanto paradoja sino expresion de ese quid incognoscible que será siempre inaferrable, no porque esté oculto sino porque está en su naturaleza no dejarse nunca definir y comprender en su totalidad.  

La calidad de vida, explícitamente o no, busca una existencia hipergarantizada, protegida, quiere expulsar el riesgo y la muerte. Se trata de un ideal de la vida domesticado, mediocre y cualitativamente inferior. En definitiva de la vida del “último hombre” que Nietzsche supo describir con pocas, magistrales pinceladas.

Es la vida del burgués metafísico, en el cual convergen idealmente el capitalismo y el marxismo, ambos vivitos y coleando hoy en día, aunque no lo parezca. Ambos alineados en su limitación de la existencia y el anhelo humanos al horizonte material y económico.

No se quiere la molestia del conocimiento, del compromiso, de la entrega y del ponerse en juego a sí mismo totalmente, sin reservas. Se solicita únicamente la distracción, de ahí el anormal desarrollo de la industria del entretenimiento. Triunfa el ideal de la vida privada y se difunden múltiples rasgos de personalidad de carácter degenerativo, seniles, antivitales. Se quiere la seguridad a toda costa y el riesgo cero, horrible expresion que implica – lo comprendan o no sus defensores – vivir en una cárcel y reducir la vida a un recorrido sobre raíles fijados una vez para siempre, eternamente iguales. Se desarrolla una mentalidad profundamente conservadora y estática, desmovilizante; se aspira a un equilibrio que es la ciénaga de la muerte del espíritu, a una existencia plana y sin sobresaltos.

Como podemos ver, se trata de valores, aspiraciones, horizontes mentales y espirituales en verdad adecuados para quien no tenga un lugar para ideales fuertes y profundos, ni motivos para comprometerse y actuar, ninguna tarea a la cual sacrificar algo importante.

En resumen y quitándonos una piedra más del estómago, concluiremos que la calidad de vida es la filosofía de quien no tiene nada más importante que hacer en la vida que pasar por ella.