jueves, 17 de abril de 2014

CRIMEA Y KOSOVO



Y en el futuro Cataluña, Provincias Vascongadas, Al-Andalus, Eurabia…




Me he ocupado en una entrada reciente de  los sucesos en Ucrania, el golpe de Estado patrocinado por Occidente y la reacción rusa que ha separado la región de Crimea de Ucrania y la ha incorporado a Rusia.


El tema sigue siendo de la máxima actualidad porque en las regiones orientales de Ucrania los movimientos prorrusos ganan terreno y no reconocen al gobierno surgido de la revolución del Maidan. La posibilidad de que el país se fracture es real y quizá se llegue a una guerra civil. O a una intervención directa de Rusia que seguramente está apoyando a los movimientos separatistas, como por otra parte Occidente ha apoyado las revueltas que han depuesto al presidente anterior y apoya al gobierno interino. Que no se comporta como interino pues ha firmado los acuerdos económicos con la UE y está ya negociando la bajada de pantalones del país frente a las instituciones financieras internacionales. Todo ello con mucha prisa y antes de celebrar el rito de las elecciones que, según los democráticos, dan legitimidad a un gobierno y a sus decisiones.

También me ocupé hace bastante tiempo del Kosovo y la guerra de la OTAN contra Yugoslavia para separar esta región y transformarla en un narcoestado mafioso gobernado por criminales, que es prácticamente un protectorado americano donde ha sido construida la base militar más grande de Europa, Camp Bondsteel.


Comento esto porque estas semanas abundan las comparaciones entre el caso de Kosovo y el de Crimea. El tono general de estas comparaciones, siguiendo la línea de los dirigentes de la UE y Estados Unidos, es rechazar que los casos sean comparables; se sostiene que la intervención en Kosovo fue moral y legítima, mientras que la anexión rusa de Crimea es un acto de prepotencia y agresividad por parte de Rusia.

Defendiendo estas posiciones los propagandistas de Occidente se ven obligados a autenticas acrobacias que caen en lo grotesco. Como por lo demás son hilarantes los momentos de involuntaria comicidad y esquizofrenia por parte de los dirigentes occidentales, como cuando apelan al respeto de la ley internacional y condenan invadir un país con pretextos completamente inventados (!).

Efectivamente los casos de Kosovo y Crimea tienen cosas en común, pero son muy distintos en los aspectos político, histórico y moral. Repasemos brevemente los aspectos más relevantes en ambos casos, lo que de paso permitirá hacer alguna anotación sobre el caso de los separatismos en la España actual, y sobre las posibilidades – desde mi punto de vista amenazas - de un nuevo Al-Andalus en España o de una futura Eurabia.

Para separar Kosovo de la aún existente Yugoslavia, Occidente fomentó el conflicto entre serbios y albaneses. Este conflicto ya existía pero se hizo mucho más áspero tras la intervención occidental y el apoyo explícito de Occidente a la guerrilla separatista albanesa del UCK. Este grupo era considerado una organización terrorista por los mismos Estados Unidos, pero de la noche a la mañana dejaron de ser terroristas, se convirtieron en luchadores por la libertad, recibieron apoyo político y material. Con la intensificación de las acciones del UCK intervino el Ejército, lo cual fue presentado por los medios-prostituta de Occidente como un intento de genocidio y de limpieza étnica. Fue el pretexto para agredir a Yugoslavia y obligarla a ceder Kosovo.

Seguramente hubo abusos por parte de los serbios – sobre todo durante la agresión occidental y en gran medida a causa de ésta – pero en general iban a por los guerrilleros del UCK y no hacían ataques indiscriminados. Ni tampoco hubo limpieza étnica alguna por parte serbia. La limpieza étnica vino después, tras la retirada de los serbios y la ocupación militar de la OTAN: la gran mayoría de los serbios fue expulsada del Kosovo, además de las otras comunidades no albanesas. Los símbolos de la cultura y la historia serbia – iglesias, monasterios, monumentos - fueron sistemáticamente devastados, y con la bendición de Occidente el nuevo gobierno narcomafioso se dedicaba a lo suyo: tráfico de drogas, armas y mujeres, tráfico de órganos de prisioneros serbios capturados.

Pasemos al caso de Crimea. A diferencia de la OTAN, Rusia no ha bombardeado Ucrania ni ha destruido sus infraestructuras para obligarla a mendigar su ayuda, ni ha fomentado acciones terroristas contra la población ucraniana en Crimea o las regiones cercanas a Rusia. Tampoco está habiendo ninguna limpieza étnica de ucranianos o tártaros en Crimea, ni la habrá en las regiones orientales si finalmente el país se rompe. Tampoco se ha instaurado un gobierno formado por auténtica carne de presidio como en Kosovo; al contrario se trabaja para integrar Crimea en el Estado ruso en igualdad de condiciones con el resto del país. Ni se persigue la cultura ucraniana ni se destruyen sus símbolos, por no hablar del tráfico de órganos de prisioneros asesinados.

Considerando todo esto, las pretensiones de superioridad moral de Occidente y sus chillidos histéricos sobre la prepotencia rusa se revelan por tanto como discursos penosos e hipócritas en grado superlativo. Se trata del enésimo ejemplo de la paja en el ojo ajeno y las vigas gigantescas en el propio.

Naturalmente la anexión de Crimea ha sido incruenta no sólo porque la población en su mayoría la apoyaba, sino también porque Ucrania no estaba en condiciones de resistir militarmente. Puede que la recuperación de Ucrania estuviera en la agenda de Rusia pero las acciones de subversión por parte de Occidente se lo han puesto en bandeja. Recordemos que en primer lugar han sido los países occidentales los que han desestabilizado Ucrania realizando una jugada que Rusia no puede dejar de ver como una agresión.

Pasando a lo que tienen en común los episodios de Crimea y el Kosovo, en ambos casos una gran potencia apoya una región secesionista, con la oposición de otra potencia que no es capaz de impedirlo. Lo cual nos lleva a la legitimidad histórica y política del secesionismo, de los cambios de fronteras, de la modificación pacífica o violenta del status quo.

Esta es una cuestión que evidentemente no puede ser resuelta objetivamente, como si fuera un problema científico. La legitimidad no es el resultado de una fórmula o una demostración, sino una toma de posición humana; es algo que reside en la mente y los corazones de las personas y no en principios abstractos o en la estructura del mundo. En pocas palabras una opinión respaldada por una fuerza política suficiente para imponerla. Un sistema o un poder son legítimos si las personas lo consideran como tal.

La legitimidad de un poder, una tendencia política, una nación, es algo que se renueva generación tras generación. Y cuando no existe acuerdo la cuestión se resuelve con el conflicto como siempre ha sucedido: lucha política cuando se puede resolver de este modo, conflicto militar cuando las diferencias son tales que los medios de la política no son suficientes.

Las naciones cambian, prosperan, decaen y ninguna realidad está fijada por toda la eternidad. La justificación o no de un separatismo depende de las fuerzas en campo y la voluntad de las generaciones presentes. Sin embargo esto no quiere decir que las consideraciones históricas sobre la nación y la identidad estén privadas de valor.

Al contrario son fundamentales, pero no porque la historia pasada deba dejar escrita y legitimar (o no) la política de hoy, sino porque el pasado se proyecta en las mentes de la generación presente, forma parte del soporte de una tradición y una identidad que son una fuerza moral y política tan relevante como la fuerza militar o económica.

Por ejemplo, la justificación de la posición serbia sobre el Kosovo no está en que haya sido la cuna de la nación serbia hace cientos de años y deba seguir así porque está escrito en la historia. Este pasado es relevante porque se proyecta sobre las generaciones actuales y la identidad de la nación serbia sigue viviendo en la mejor parte de aquel pueblo.

En el caso de Crimea, la región ha sido rusa desde que el poder de los zares hizo retroceder a los mongoles al interior de Asia, cuando ni siquiera existía una nación llamada Ucrania. Que este territorio fuera asignado a Ucrania hace setenta años es un episodio soviético, como también lo fue la inclusión en Ucrania de las regiones orientales en los años convulsos de la revolución rusa y la guerra civil.

Pero esto en sí mismo es historia, ya sea antigua o reciente. Ni da ni quita legitimidad por sí mismo; la da o la quita el significado de esta historia para las generaciones de hoy. Crimea ha vuelto a Rusia porque sus habitantes se sienten rusos y porque la relación de fuerzas en campo y los avatares políticos lo han permitido; en realidad y en la sustancia nunca dejó de ser rusa.

La batalla por el Kosovo, en cambio, los serbios la perdieron cuando permitieron que, durante el siglo XX, la minoría albanesa se convirtiera en una mayoría del 90%. El que en un cierto momento una potencia extranjera se lo haya arrebatado con la fuerza – de manera irreversible – ha sido solamente la fase conclusiva y el punto final que ha certificado esta pérdida.

A nadie se le escapará la relevancia de todo esto para nosotros, españoles y europeos. En lo relativo a nuestro país y a propósito del separatismo catalán y vasco, ciertamente ninguno de los dos tiene espesor ni justificación histórica, por mucho que los nacionalistas vascos y catalanes lo intenten manipulando la historia.

Pero como he comentado antes lo que cuenta es la voluntad de las generaciones y la situación de las fuerzas en juego hoy en día, y la historia es relevante en la medida en que tiene un significado en la mente y la voluntad de las personas.

Si España desaparece de las mentes y los corazones la perderemos, e importa poco que legalmente y desde un punto de vista militar se pueda mantener la unidad del país. Aunque también aquí un escenario del tipo Kosovo es siempre posible en un futuro hipotético, si un gobierno antimundialista español se encontrara aislado.

Pero dejando de lado la fantapolítica, la batalla por España hemos empezado a perderla cuando gobiernos centrales débiles, cobardes e indignos han permitido que los nacionalistas vascos y catalanes se les subieran a la chepa (metáfora excelente por cierto, para una clase política de jorobados mentales y morales), controlaran la educación y contaminaran las mentes de las nuevas generaciones, con el único objetivo de destruir la idea de España y fomentar el rechazo a todo lo español.

Esto ya es bastante malo pero a largo plazo la auténtica y definitiva línea del frente es la demográfica. Como los serbios han perdido la verdadera batalla del Kosovo durante las décadas del siglo XX, la batalla por España y por Europa la perderemos si permitimos que las poblaciones de origen no europeo se conviertan en mayoría, en regiones o en países enteros.

Los serbios a principios del siglo XX no podían imaginar que su minoría albanesa se convertiría en mayoría en unas pocas décadas, que en el Kosovo, cuna de su cultura, los albaneses se rebelarían y terminarían perdiendo ese territorio. De la misma manera, el día de mañana podemos tener mayorías de origen árabe en el sur de España o en otras regiones. Si esto sucede  - no dentro de siglos sino en vida de nuestros hijos o nietos – muy bien podrá haber rebeliones armadas de barbudos, limpieza étnica de españoles, destrucción de catedrales y eliminación de los símbolos de la historia española. Las imágenes de monasterios ortodoxos serbios del Kosovo incendiados y con sus frescos devastados a golpes de pico pueden repetirse en nuestra propia tierra.




Sólo alguien en mala fe, un imbécil o un ciego puede pensar que esto es imposible. Es posible y ha sucedido en la historia, una y otra vez. Si alguien con voz y palabras tranquilizantes, untuosas, nos asegura que esto no será nunca posible y no debemos preocuparnos, debemos saber reconocer al instante su verdadero rostro: el de una serpiente que quiere engañarnos para mejor destruirnos.

Y lo mismo puede suceder en Europa en su conjunto. El lector me permitirá repetir una vez más que cuando los no europeos sean mayoría, en España y Europa, habremos perdido la batalla. Antes o después se deberán ceder regiones o países enteros, e incluso la continuidad de nuestra civilización estará en entredicho.

Esta es la verdadera cuestión, la sustitución de los europeos por los no europeos. Y no importa quién tenga mayores y mejores ejércitos porque la demografía es más fuerte que la fuerza militar.

viernes, 4 de abril de 2014

AZOTES DE NUESTRO TIEMPO: DISCRIMINACION POSITIVA






Todos hemos oído hablar de la discriminación positiva, o affermative action como es llamada en el mundo angloparlante. En efecto es en aquellos países y especialmente en EEUU donde todo comienza y la mala hierba de la corrección política consigue enraizar en primer lugar, para luego extenderse y envenenar el resto del mundo.

Las políticas de discriminación positiva consisten en favorecer a determinados colectivos en el acceso al empleo, a puestos de responsabilidad, a los estudios donde éstos son selectivos. Dar un tratamiento privilegiado, en estos y otros ámbitos, a ciertas personas en virtud no de sus méritos sino de su pertenencia a un cierto grupo.

Reconociendo por tanto, evidentemente, que son carentes en cuanto a méritos.

Políticas de discriminación positiva son los sistemas de cuotas en los cuales se impone una cierta proporción de mujeres, o negros, o miembros de cualquier colectivo con el certificado de minoría discriminada; lo son las repugnantes leyes de igualdad que imponen una presencia paritaria por sexos en las listas de candidatos. Pueden ser también ayudas encubiertas, ventajas fiscales, trato de favor en pruebas y exámenes, y un sinfín de otras prácticas de las cuales a menudo ni siquiera somos conscientes porque se ocultan sistemáticamente o se disfrazan. Y cuando esto no es posible se acompañan con una avalancha de propaganda para hacer comulgar a todos con ruedas de molino.

Discriminación positiva encubierta es también, en realidad, cualquier acción que busque hacernos a todos iguales; puesto que igualdad significa perjudicar a los mejores al mismo tiempo que favorecer a los peores.

En la Unión Europea avanzan estas prácticas odiosas, de la mano de esas otras lacras que son el feminismo y el creciente racismo antiblanco por parte de los poderes públicos. Recuerdo las palabras lamentables de cierta comisaria europea: esta señora, emperrada en imponer las cuotas femeninas, declaraba que “no le gustaba el método pero sí el resultado”. Edificado por esta enseñanza yo también puedo decir que si salgo a la calle, le doy un guantazo a una abuelita que lleva una bolsa llena de dinero y se la quito, no me gusta el método pero desde luego sí que me gusta el resultado.

Este último ejemplo describe a la perfección el carácter de la discriminación positiva como robo e iniquidad.

Por mencionar un caso relativo a nuestro país – uno entre tantos – recordemos el de unas pruebas para acceder al cuerpo de bomberos en cierta ciudad; en estas pruebas los requisitos físicos eran muy exigentes y ninguna mujer, creo recordar, logró entrar tras la primera selección. Como era de esperar las de siempre pusieron el grito en el cielo en nombre de la Igualdad – que han convertido en la palabra más sucia del diccionario – y tras unos días de berridos feministas fueron repetidas estas pruebas de acceso, dándoles puntos suplementarios a las féminas para obtener el resultado deseado.

No se trata de un caso aislado. Se ha vuelto práctica habitual – aunque a menudo silenciada para tenernos engañados  - favorecer a las mujeres, en este y en cualquier otro campo en que descubran un ambiente masculino. En su insoportable arrogancia la mujer de hoy no soporta que haya ambientes masculinos y las feministas, con constancia y fanatismo incansable, rastrean olfateando hasta el último rincón de la sociedad para eliminarlos. Y donde no se pueden eliminar – como en el fútbol masculino, el único que interesa a nivel de masas porque el fútbol de marimachos le importa un bledo a todo el mundo – se meten con calzador mujeres donde no pintan nada.

Recuerdo el episodio de una cierta playa italiana que era sólo para mujeres, como en algunas playas de los Emiratos Árabes, sólo que en aquél caso los motivos tienen que ver con el pudor – desaparecido en nuestra sociedad - mientras que en la playa italiana tenía más que ver con la bilis feminista. De cualquier manera, en la playa feminista todas eran mujeres excepto un único varón.

¿Quién era? No es difícil de adivinar. El socorrista.

Esto es lo que piensan las mujeres de la discriminación positiva. No querían ver varones en su playa, pero si las cosas se ponían feas las emancipadas preferían que fuera un hombre a sacarlas del agua. Por si acaso.

Siendo la discriminación positiva intrínsecamente perversa e injusta, su misma sustancia y pan cotidiano son este tipo de estas incoherencias e hipocresías.

Si de verdad los partidarios de las cuotas, los rebuznadores de la igualdad que pontifican sobre injusticias estadísticas, creyeran en sus ideas, deberían exigir – por ejemplo - ser atendidos sólo por médicos favorecidos por los sistemas de cuotas. Si hay – pongamos - pocos cirujanos negros o mujeres, quienes piensen que esto es una injusticia y estén tan convencidos de que se les deban facilitar las cosas por a su color de piel o por poseer vagina, no tendrán nada en contra de ser atendidos exclusivamente por éstos, porque de acuerdo con sus propias ideas no se corre ningún riesgo.

Como deberían antes de escoger un pediatra, consultar estadísticas y confiar la salud y el bienestar de sus hijitos sólo a un minoría discriminada, a alguien que haya podido desarrollar su potencial y superar los prejuicios sólo gracias a las cuotas.

Diré aún más: moralmente están obligados a ello para dar ejemplo, y para practicar de manera eficaz, en primera persona y en su propia vida, la discriminación positiva y la lucha contra prejuicios y estereotipos. Siguiendo sus propias ideas, los políticamente correctos deberán admitir que con esto no les deseo ningún mal; al contrario deberían agradecerme el consejo que les doy para mejor cuidar de su salud, y además vivir en la práctica y no sólo en teoría sus ideales.

Naturalmente cae de su propio peso que discriminando positivamente lo primero que se reconoce y certifica oficialmente es que el discriminado no es capaz de hacerse valer por con sus propios medios. La insistencia en la discriminación positiva y su necesidad es la mejor prueba de la inferioridad de los positivamente discriminados, así como de la rabia implícita ante su fracaso, y la mala sangre por salir perdiendo en cada comparación honesta y no trucada.

Es el reconocimiento oficial de la incapacidad de los favorecidos, a quienes pone en pie de igualdad con los deficientes mentales y los incapaces, cuya inferioridad intelectual y de desarrollo hacen necesario que sean tutelados y protegidos.

Todo ello en nombre de un acercamiento a la igualdad estadística, es decir una igualdad en la línea de llegada impuesta a la fuerza a seres profundamente desiguales. Pero la igualdad estadística, numérica, equivale rigurosamente a injusticia; ésta es la gran verdad eterna y la más censurada de nuestro tiempo.

Claro, los defensores de la discriminación positiva no lo pintan así. Para ellos no hay diferencias de nacimiento, genéticas, culturales, que condicionan la vida y las realizaciones que cada uno es capaz de lograr. Para ellos somos todos iguales cuando nacemos; si hay más hombres que mujeres en un cierto ámbito, si hay más o menos blancos, negros, amarillos o maricas o transexuales – que también llega a estas cuestiones la ola incontenible de estupidez que nos aflige -  se trata de una injusticia, fruto del prejuicio que debe ser combatida con las políticas de cuotas y de affirmative action.

Aquí emergen ya las dos cabezas de la serpiente: La Gran Mentira Igualitaria y El Perverso Ideal Igualitario.

La Gran Mentira es la igualdad en la línea de salida de la aventura humana, la delirante idea de que somos todos iguales cuando venimos al mundo, que somos una tabula rasa sobre la cual se puede imprimir cualquier cosa, sin distinción de sexos, de razas, de individuos.

Sin embargo es innegable la existencia de diferencias innatas de carácter genético, que se despliegan en cada ámbito de la vida y de la actividad humana. Estudiadas y observadas una y otra vez, hasta el punto de que se puede fingir ignorarlas sólo mediante un trabajo sistemático de censura y persecución, de supresión de la verdad que llega a la aprobación de leyes basura para imponer la mentira por decreto y encarcelar a quienes afirman verdades incómodas.

El Perverso Ideal es el complemento de lo anterior, es decir la igualdad en la línea de llegada. Para comprender el significado de este ideal igualitario, imaginemos una carrera en la cual participen todos, no solo atletas preparados sino también gordos, jorobados, contrahechos, descoyuntados, asmáticos y miembros de la clase política. Cuando empieza la carrera y los mejores van tomando ventaja, los comisarios políticos de la Igualdad van golpeando con una azada en los pies a los que van primero, además de traer carritos eléctricos para los más lentos, para conseguir su objetivo de que todos lleguen al mismo tiempo.

Esto es la Igualdad en el mundo real y el aspecto más impresentable de la discriminación positiva que a menudo no se expresa abiertamente: la pulsión miserable de hacernos a todos iguales aun sabiendo que no lo somos. Un ideal que parece salido de la cabeza de un demonio trastornado que odie la vida.

Ante estas y otras bestialidades igualitarias debemos afirmar con fuerza que todos somos desiguales y debemos serlo, y según cualquier criterio lo normal es que haya quien esté más favorecido o menos. Qué criterios se deben usar y para qué, es otra cuestión, y a aquí verdaderamente no existe una medida universal ni puede existir. Lo que no quiere decir que no debamos elegir nuestros criterios y valorar en consecuencia.

Al contrario de un odioso slogan que se ve con una cierta frecuencia, hay que afirmar que no ha justicia sin desigualdad. La cuestión entonces no es imponer la iniquidad igualitaria, sino de establecer cuáles desigualdades son conformes a justicia y cuáles no.

Mencionando aún ejemplo prácticos de discriminación positiva, un caso particularmente brutal lo hemos visto en Zimbabue durante las últimas dos décadas. Los granjeros blancos que cultivaban la tierra y daban de comer al país han sufrido discriminación positiva de la manera más expeditiva; a miles han sido asesinados y expulsados de sus granjas para dárselas a negros fieles al presidente Mugabe, con el brillante resultado de que un país que antes era autosuficiente ahora no produce suficientes alimentos.

Sudáfrica va por el mismo camino, y hay países como Brasil o las repúblicas neoindigenistas sudamericanas, que empiezan a aplicar políticas de discriminación positiva y por tanto han tomado el camino del declive. Como dice un amigo mío con sorna, son países eternamente emergentes. Y no sólo, sino que se empezarán a sumergir otra vez a medida que la élite – racial y cultural – que tenía en sus manos la nación pierde poder político.

Son muy limitados casos en que las cuotas son justificables o defendibles: por ejemplo lo serían cuotas masculinas en la enseñanza, afligida hoy en día por una feminización creciente; sería oportuno garantizar un adecuado número de maestros varones para que los niños tengan figuras de referencia de su sexo. Posiblemente el lector pueda pensar en algún otro ejemplo en que esto sería justificable, pero de ninguna manera en el campo técnico y funcional.

La verdadera naturaleza de la discriminación positiva es el interés de casta, defendido con el engaño y la mentira, utilizando complejos de culpabilidad que son un arma de guerra psicológica y control mental. Con estos medios se convence a los perjudicados, reducidos a borregos, para que acepten políticas que van contra ellos, para que coman mierda mientras les dicen que es mermelada y ellos además lo repiten convencidos.

La corrección política es junto con el feminismo y el racismo antiblanco la principal fuerza que hay detrás de la affermative action. Nada de extraño pues estos tres Azotes proceden de la misma camada monstruosa y deforme del marxismo cultural; son parte del fermento de descomposición y podredumbre que marca la decadencia profunda y el hundimiento de nuestra civilización.

Y por eso hay que luchar contra esta lacra, sin dejarse engañar por la propaganda y el lavado de cerebro. El único discurso éticamente correcto es hablar de desigualdades justificadas o no, conformes o no a justicia. Admito que es un problema espinoso y para el que posiblemente no pueda existir nunca una solución completa.

En efecto incluso un ideal mínimo, como tener las mismas oportunidades en la línea de salida, es imposible e injusto salvo al precio de una injusticia todavía mayor. Por ejemplo no puede existir tal igualdad de condiciones para un niño malcriado, (mal)educado a base de indulgencia, televisión y videojuegos, y otro educado en los valores del carácter y del esfuerzo, que recibe estímulos de nivel superior.

La escuela puede paliar esto pero nunca eliminarlo, excepto quitando los hijos a sus familias para educarlos a todos igual, o penalizando a los niños cuyas familias los educan mejor. Lo aberrante de estas soluciones, coherentemente igualitarias, salta a la vista.

La única discriminación que merece ser llamada positiva es la que se basa en la meritocracia, que conlleva una jerarquía, una sociedad diferenciada y no igualitaria.

Lo que no quiere decir en modo alguno que la vida deba ser una competición feroz, en que si uno cae o tiene un traspiés deba ser abandonado a su destino. Existe una diferencia entre la discriminación positiva  y la solidaridad o la ayuda mutua al interno de una comunidad. Pero para eso en primer lugar hay que ver quién es parte de la comunidad, y luego tener clara la diferencia entre ayudar en caso de necesidad y regalar privilegios.

Lo máximo que se puede hacer es intentar que un accidente en el nacimiento no corte las posibilidades de quien tiene cualidades, que todos tengan su oportunidad para demostrar su valía y forjar su camino, también quienes nacen o viven en un entorno desfavorable. Este es el único ideal de justicia que se puede formular, conforme a equidad y posible en el mundo real.

Es una formulación que puede parecer limitada, pero la única que no produce injusticias superiores a las que pretende remediar.